Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.
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Capitulo 4
El jueves por la tarde se sentía eterno, y el zumbido del aire acondicionado era lo único que llenaba la oficina vacía. Cecilia estaba sentada con la espalda recta, revisando mecánicamente una lista de proveedores, pero su mente seguía atrapada en la tensión del día anterior. El sutil roce de los dedos de Víctor en su brazo todavía le causaba escalofríos. Llevaba un vestido negro liso que se ajustaba a su cintura y unos tacones altos que resonaban con un eco seco cada vez que caminaba por el piso de madera.
A las cuatro en punto, la puerta del despacho se abrió y Víctor salió cargando su laptop y su saco oscuro en el brazo. Su expresión seria de siempre estaba ahí, pero sus ojos delataban un cansancio profundo.
—Cecilia, voy a salir a buscar a Angélica al colegio —dijo, deteniéndose frente a su escritorio. Su voz profunda e imponente la hizo reaccionar al instante—. No pienso llegar tarde a su presentación. Quédate a cargo del teléfono y, si llama Ángela, no le des detalles de mi horario.
—Entendido, señor Moreira. No se preocupe, yo me encargo de todo —respondió ella, forzando su habitual tono suave y dócil mientras cruzaba las manos sobre el escritorio.
Víctor la miró fijo por un segundo, deteniéndose en sus labios antes de asentir con la cabeza y caminar hacia el ascensor.
Las horas pasaron volando entre llamadas de clientes y correos electrónicos. Para cuando Cecilia terminó de archivar el último contrato de la jornada, el reloj ya marcaba las siete de la noche. El resto del personal ya se había marchado, dejando el piso en una penumbra total, iluminado solo por las luces de la ciudad que entraban por los ventanales corporativos. Se estiró en su silla, soltando un suspiro, dispuesta a apagar la computadora para irse a casa.
En ese momento, el sonido de la puerta principal abriéndose la sobresaltó.
Víctor entró al piso a paso lento, con la corbata un poco floja y el primer botón de la camisa desabrochado. Se veía cansado, pero extrañamente imponente bajo las luces bajas de la recepción. Al ver que Cecilia seguía ahí, se detuvo, sorprendido.
—¿Todavía aquí, señorita Morales? Pensé que ya se había ido —dijo, caminando despacio hacia ella, arrastrando una vibra pesada y magnética que llenó el espacio de inmediato.
—Estaba terminando de organizar los archivos de la auditoría, señor Moreira. Quería dejar todo listo para mañana —respondió Cecilia, poniéndose de pie con parsimonia. Al hacerlo, el movimiento de su cuerpo bajo el vestido negro capturó la atención de Víctor por completo.
—Eres muy eficiente, Cecilia —comento él, deteniéndose a solo un par de pasos de su escritorio. Su voz sonaba más ronca de lo normal—. Angélica me preguntó por ti hoy. Me dijo que le agradaste el otro día. Dice que pareces alguien... interesante.
Cecilia sintió un vuelco en el estómago. Mantuvo la cabeza ligeramente baja en su clásica postura de sumisión, pero clavó sus ojos oscuros directamente en los de él con un atrevimiento salvaje.
—Me alegra saberlo, señor. Me gusta causar una buena impresión en las personas que le importan. Especialmente en usted.
El aire entre los dos se volvió denso en un segundo. La distancia que los separaba parecía desaparecer con la pura intensidad de sus miradas. Víctor dio un paso más, acortando el espacio hasta que Cecilia pudo sentir el calor de su cuerpo. El autocontrol que él tanto se esmeraba en mantener como padre divorciado y jefe respetable parecía estar colgando de un hilo muy delgado.
—Cecilia, juegas un juego muy peligroso —advirtió Víctor, con un tono bajo, casi un susurro autoritario que pretendía ser una advertencia, pero que sonó como una confesión de su propia debilidad.
—No sé de qué habla, señor Moreira —fingió ella, dando un paso muy sutil hacia adelante, quedando casi a milímetros de su pecho—. Solo soy su secretaria, cumpliendo con sus órdenes. Me gusta ser obediente.
Esa última palabra fue el detonante. Víctor apretó la mandíbula y, enviando toda su estricta moral al demonio por primera vez, levantó la mano y la tomó firmemente del mentón, obligándola a mirarlo hacia arriba. El contacto físico directo fue como una descarga de electricidad pura para ambos. Cecilia contuvo el aliento, sintiendo cómo el corazón le golpeaba con fuerza el pecho, extasiada por la fuerza y la autoridad con la que él la sostenía.
—Si de verdad fueras tan obediente, no me mirarías de la forma en que lo haces desde el primer día —soltó Víctor, con la voz cargada de un deseo posesivo que había reprimido por meses—. No tienes idea de lo difícil que es concentrarme cuando estás cerca.
Cecilia sonrió levemente, saboreando el triunfo de haber roto por completo su armadura de hielo. Con un movimiento lento, deslizó sus manos por el pecho de Víctor, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela de la camisa.
—Entonces deje de concentrarse en el trabajo, señor —le susurró al oído, rozando sus labios con su mejilla—. Muéstreme qué es lo que realmente quiere hacer conmigo cuando nos quedamos solos.
Víctor no aguantó más. Su mano bajó de su mentón a su nuca, enredando los dedos en su cabello rubio, y la atrajo hacia él con brusquedad, sellando sus labios en un beso apasionado, caótico y hambriento. Cecilia soltó un pequeño gemido de sorpresa que se ahogó en la boca de Víctor mientras correspondía el beso con la misma intensidad. Él la arrastró un par de pasos hacia atrás hasta que la espalda de Cecilia chocó suavemente contra la pared del pasillo.
Las manos de Víctor bajaron por su cintura, apretándola contra su cuerpo con una posesividad dominante que encendía cada uno de los fetiches de Cecilia. Ya no era el jefe correcto ni el padre abrumado por su exesposa; en la oscuridad de esa oficina vacía, Víctor era un hombre reclamando lo que tanto había deseado en secreto. El juego de miradas discretas en el escritorio había terminado, y ahora, debajo de las sombras de la noche, las reglas las ponía la pasión.