En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 9
Narrado por: Elian
El vínculo mental se rompió con un chasquido que sonó como un hueso partiéndose detrás de mis ojos.
Me tambaleé hacia atrás en el centro de mi tienda de mando, llevándome una mano al rostro. Un hilo de sangre caliente y espesa, mezclada con savia verde, me bajó por la fosa nasal. Me limpié con el dorso del guante de cuero negro, manchando el emblema dorado de la Primavera.
Lejos, a cientos de kilómetros en el corazón de la Niebla Blanca, el Dios del Invierno acababa de hacer pedazos a mi explorador.
Sonreí. Mostró los dientes.
—Señor... ¿Está herido?
La voz grave del General Varek resonó desde la entrada de la tienda. Apartó la pesada lona de piel de mamut que nos aislaba de la tormenta exterior. Detrás de él entraron la Comandante Lyra y el Capitán Kaelen. Los tres iban envueltos en gruesas capas de lana y cota de malla, temblando visiblemente a pesar de los braseros de carbón que ardían en las cuatro esquinas del habitáculo.
—Caelum ha mordido el anzuelo —dije, acercándome a la mesa táctica de roble macizo que dominaba el centro del lugar—. Sabe que vamos hacia allá. Sabe la fecha. Y sabe que tengo la Espada.
Varek se quitó el yelmo forrado de piel, revelando un rostro curtido por cicatrices de viejas batallas. Su aliento formaba nubes blancas.
—Con todo el respeto, Alteza —gruñó el viejo general, acercándose a la mesa y apoyando sus manos enguantadas sobre el mapa de Aethelgard—. Avisar al enemigo de nuestro asedio no es una táctica que yo enseñe a mis cadetes. Tenemos cincuenta mil hombres acampados en el Paso de Cristal. El frío nos está matando a un ritmo de doscientos soldados por noche. La leña está húmeda. Las bestias de carga se congelan de pie. Deberíamos atacar por sorpresa, no enviar pájaros de madera para charlar.
Miré a Varek, borrando la sonrisa de mi rostro.
—La sorpresa es para los ladrones de poca monta, General. Yo soy el heredero del Sol y la Primavera. Quiero que Caelum pase los próximos diez días mirando por la ventana de su palacio, sabiendo exactamente qué es lo que va a matarlo.
La Comandante Lyra, una mujer de facciones afiladas y ojos como dagas, dio un paso al frente.
—Alteza, las tropas de infantería están al borde del motín —informó con frialdad, sin dejarse intimidar por mi tono—. Les dijimos que marcharíamos para liberar Aethelgard del invierno eterno. Pero el frío aquí en el Paso es antinatural. Si no usamos la reliquia pronto para abrir un camino cálido, no quedará ejército que liderar cuando lleguemos a la Fortaleza.
—El ejército es abono, Lyra —respondí, caminando lentamente alrededor de la mesa—. Son carne para distraer a las Sombras del palacio. No necesito que luchen; necesito que sangren en la nieve para que mis raíces mágicas tengan de qué alimentarse.
El Capitán Kaelen ahogó un jadeo de indignación, pero Varek le lanzó una mirada fulminante para que se callara.
—Si el ejército es abono, mi Príncipe —dijo Varek, tensando la mandíbula—, ¿cuál es el verdadero objetivo de esta guerra? Hemos mantenido la farsa durante siglos. Aethelgard nos envía sus diezmos y sus hijas cada ciclo bisiesto, y a cambio nosotros dejamos que Caelum mantenga el escudo de hielo. ¿Por qué romper el equilibrio ahora? ¿Por qué marchar contra un Dios si nuestro linaje ya posee el Ámbar del Verano en el sur?
Me detuve frente a él. El anciano era leal, pero su ignorancia empezaba a fastidiarme.
Llevé mi mano a la empuñadura de la espada que colgaba de mi cinto. No era acero común. La guarda estaba forjada en plata con forma de enredaderas espinosas, y la hoja... la hoja estaba envainada en piedra oscura, pero la luz esmeralda que latía a través de las grietas de la vaina iluminó la tienda entera.
Desenvainé la Espada Verde apenas un palmo.
Una ola de calor asfixiante, con olor a selva quemada y ozono, inundó la tienda. Los braseros parecieron apagarse en comparación. Varek, Lyra y Kaelen retrocedieron instintivamente, sudando bajo sus gruesas pieles.
—¿Equilibrio, Varek? —susurré, dejando que el poder del arma me llenara los pulmones—. Tú crees que el Ámbar es un tesoro. Pero es una condena.
Solté la empuñadura y, con un movimiento rápido, me desabroché el jubón de cuero hasta el pecho.
Los tres oficiales se quedaron de una pieza.
Debajo de mi piel, no había venas azules ni músculos normales. Desde mi clavícula hasta mi estómago, una red de líneas rojas y doradas brillaba intensamente, como lava atrapada bajo un cristal frágil. La carne alrededor de esas líneas estaba negra, necrosada y humeante.
—El Ámbar del Verano Eterno no puede ser dominado por mortales para siempre —dije, volviendo a abrocharme la túnica rápidamente para ocultar mi debilidad—. Mis ancestros robaron la chispa, sí. Y la usamos para forjar la Primavera en el sur. Pero el fuego exige combustible. Durante siglos, consumió a mis bisabuelos, a mis abuelos, a mi padre. Todos murieron gritando, quemados vivos desde adentro antes de cumplir los cuarenta años.
—Por los dioses... —murmuró Kaelen, con los ojos muy abiertos.
—La magia que usamos para crear este imperio es un veneno —continué, apoyando las dos manos sobre el mapa—. Yo tengo veinticinco años, y el fuego ya me está devorando los pulmones. No vine al norte a liberar a Aethelgard del hielo. Vine porque Caelum tiene la única cosa en este mundo capaz de estabilizar el Ámbar.
—El corazón del Dios del Invierno —comprendió Lyra, su voz carente de emoción, evaluando la táctica—. Su núcleo de hielo absoluto.
—Exactamente, Comandante —le concedí una inclinación de cabeza—. Si mato a Caelum y arranco su núcleo, podré tragarlo. El hielo perpetuo apagará la fiebre del Ámbar en mi sangre. Seré inmortal. Y cuando lo logre, marcharé sobre las cenizas del norte.
Varek cruzó los brazos sobre su pecho acorazado.
—Si el Dios del Invierno sabe que venimos, fortificará el palacio. Usted mismo dijo que Caelum es impredecible. ¿Qué pasa si usa a la chica de Aethelgard, la Sacrificada, para desatar un contraataque? Las crónicas dicen que el palacio la usa como batería. Si él la drena por completo, la energía que liberará la Fortaleza podría aniquilar a nuestra infantería antes de tocar los muros.
—Caelum no la drenará —dije con absoluta seguridad—. Es un romántico patético, y ella es la primera chica en siglos que tiene la chispa pura del solsticio. No la usará como arma. Y además... no le daremos tiempo.
Me alejé de la mesa y caminé hacia la zona más oscura de la tienda, donde la lona se unía con el hielo del suelo.
—¡Corvus! ¡Seraphina! —llamé en voz alta.
La nieve del suelo comenzó a burbujear. Dos montículos de escarcha y tierra se elevaron, tomando forma humana. De la tierra nacieron raíces negras que se entrelazaron rápidamente hasta formar los cuerpos de dos figuras esbeltas, envueltas en capas de hojas muertas y cuero teñido de gris. Llevaban máscaras de madera tallada que ocultaban la mitad de sus rostros, dejando al descubierto solo ojos completamente blancos, sin pupilas.
Eran mis Caminantes de Zarzas. Los asesinos mágicos más letales del sur.
Los generales retrocedieron, llevando las manos a sus espadas por inercia.
—Mis señores no soportan la luz —susurró Corvus. Su voz sonaba como el viento cruzando un bosque marchito—. La orden, Alteza.
—Partirán ahora mismo —les ordené, deteniéndome frente a ellos—. El ejército principal tardará diez días en cruzar el paso. Ustedes viajarán por las venas geotérmicas bajo la nieve. Entrarán a la Fortaleza de Escarcha por los túneles inferiores antes de que Caelum levante el cerco total.
Seraphina inclinó la cabeza. Dos dagas curvas, que parecían hechas de colmillos de bestia, brillaron en su cintura.
—¿Nuestro objetivo es el Dios de Hielo? —preguntó ella.
—No sean estúpidos —escupí—. Si se acercan a Caelum, los congelará antes de que puedan parpadear. Su objetivo es la humana. La Sacrificada. Se llama Aura.
Varek frunció el ceño.
—¿Asesinar a la chica? Pero, Alteza, si ella muere prematuramente, la Fortaleza...
—La Fortaleza se quedará sin combustible —lo interrumpí—. Los muros de Caelum requieren el calor de la chica para no colapsar bajo el peso del Ámbar contenido y de sus propias defensas. Si Aura muere en sus camas, la red de escarcha que protege el palacio caerá en cuestión de días. Cuando lleguemos con el ejército, las puertas estarán abiertas y el Dios del Invierno estará agotado intentando mantener el techo sobre su cabeza.
—Corten su garganta —les dije a los asesinos, mirándolos directamente a sus ojos blancos—. No usen fuego. No llamen la atención. Entren, encuentren la habitación de la chica, córtenle el cuello y dejen que se desangre sobre el hielo. Cuando su corazón se detenga, mi camino hacia Caelum estará despejado.
Corvus y Seraphina hicieron una reverencia simultánea. Sin emitir un solo sonido, se dejaron caer hacia atrás. Sus cuerpos se deshicieron en un montón de tierra negra y raíces espinosas, que perforaron el hielo del suelo y desaparecieron en las profundidades, dejando solo dos pequeños agujeros humeantes en la nieve.
Me giré hacia mis generales.
—Varek, Lyra, Kaelen. Tienen sus órdenes. Despierten al campamento. Usen los látigos si es necesario. A partir de mañana, avanzaremos a marcha forzada. Cualquier hombre que se detenga a descansar en la nieve, se quedará en la nieve.
Los tres oficiales golpearon su pecho con el puño cerrado.
—¡Por la Primavera! —dijeron al unísono, y salieron apresuradamente de la tienda.
Me quedé solo. El dolor en mi pecho volvió a punzar, una quemadura sorda y persistente que me recordaba que mi tiempo se agotaba. Saqué la Espada Verde de su vaina por completo. La luz esmeralda bañó las paredes de lona.
—Pronto, Dios de Hielo —susurré al vacío, sintiendo cómo el fuego negro serpenteaba por mi cuello—. Pronto mi fuego beberá de tus venas, y tu pequeña batería mortal no estará allí para salvarte.