Valentina creyó haberlo dado todo. Años de amor, de entrega, de familia y de sostener una vida que sin darse cuenta ya estaba quebrada.
Hasta que una noche, sin aviso, todo termino. Lo que siguió no fue una separación... fue un descenso al vacío. Entre el dolor, soledad y la reconstrucción de si misma, aparece Santiago... Un encuentro inesperado que despierta en ella emociones que creia muertas. Pero no todo lo que se enciende... sana, no todo lo que llega... permanece.
Esta es la historia de una mujer que tuvo que perdió a si misma, para finalmente reencontrarse.
"A veces, para volver a vivir... hay que aprender a soltarse"
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capítulo 16
Caminé hasta la habitación con la tarjeta apretada en la mano.
Cada paso me pesaba.
No por el cuerpo…
por todo lo que ya sabía.
Abrí la puerta sin golpear.
Lucas estaba ahí.
Como si nada.
Como siempre.
Levantó la mirada cuando me vio.
—¿Qué te pasa ahora?
No respondí enseguida.
Cerré la puerta detrás de mí.
Y recién ahí…
lo miré.
De verdad.
—Esto me pasa —dije, levantando la tarjeta.
Su expresión cambió apenas.
Un segundo.
Nada más.
Después…
volvió a lo mismo.
—¿Y?
Esa respuesta…
me terminó de helar.
—¿Y? —repetí, incrédula—. ¿Eso tenés para decir?
Se encogió de hombros.
—No sé qué querés que diga.
Sentí cómo algo me subía por el pecho.
Rabia.
Dolor.
Todo junto.
—¿Para quién era, Lucas?
Silencio.
—Contestame.
Su mirada se endureció.
—Estás loca.
Ahí estaba.
Otra vez.
La misma estrategia.
El mismo lugar.
—No me cambies las cosas —dije, firme—. Decime la verdad.
Se levantó de golpe.
—¡La verdad es que vos sos la que anda en cualquiera!
Parpadeé.
—¿Qué?
—Sí —siguió—. ¿O te pensás que no sé nada?
Sentí que el piso se movía.
—¿De qué estás hablando?
Se rió.
Pero no era risa.
Era otra cosa.
—No te hagas la santa conmigo —dijo—. Tengo pruebas.
Mi corazón empezó a latir fuerte.
Pero no de culpa.
De impotencia.
—¿Qué pruebas?
Sacó el teléfono.
Empezó a mostrarme cosas.
Cuentas.
Mensajes.
Nombres que no conocía.
Historias inventadas.
—¿Ves? —insistía—. No sos ninguna inocente.
Lo miré.
Y por primera vez…
no dudé de mí.
—Esto es mentira.
Mi voz salió baja.
Pero firme.
—Vos armaste esto.
Su cara cambió.
—Ah, claro… ahora resulta que yo invento todo.
—Sí —dije—. Lo inventás.
El silencio se tensó.
—Porque necesitás tapar lo que hacés vos.
Y ahí explotó.
—¡Cerrá la boca! —gritó.
Se acercó.
Demasiado.
—Siempre igual vos… siempre haciendo problemas donde no hay nada.
Negué con la cabeza.
Las lágrimas ya estaban ahí.
—El problema sos vos, Lucas.
No gritaba.
No hacía falta.
—Sos vos el que miente.
—¡Basta! —volvió a gritar—. Me tenés cansado.
Y entonces empezó.
Las palabras.
Una tras otra.
Más duras.
Más bajas.
Más hirientes.
Me dijo cosas…
que todavía me duelen.
Que no se olvidan.
Que se quedan.
Ahí.
Marcadas.
Yo lo miraba.
Sin entender cómo alguien que decía amarme…
podía tratarme así.
Cómo podía romperme de esa manera…
y después hacerme sentir que la culpable era yo.
Y en ese momento…
lo sentí.
Ese quiebre.
Ese dolor profundo.
No por él.
Por mí.
Por haberme quedado tantas veces.
Por haber dudado de mí.
Por haber permitido tanto.
Apreté la tarjeta en mi mano.
Y lo miré.
—No soy lo que vos decís.
Mi voz tembló.
Pero no se rompió.
—Nunca lo fui.
Él se rió.
Pero ya no me importó.
Porque por primera vez…
no le creí.
Los días seguían pasando y yo seguía allí...
No me fui.
Y muchas veces me pregunté por qué.
Por qué no fue ahí.
Por qué, después de ver todo, de escuchar todo, de sentirme así…
me quedé.
Pero la verdad…
es que no era tan simple.
No era solo irse.
Era soltar una vida.
Era aceptar que todo lo que había creído…
no era real.
Y yo no estaba lista.
Lucas se fue esa noche.
Sin decir nada.
Sin mirar atrás.
Como si la discusión no hubiera existido.
Como si yo no importara.
Al día siguiente dijo que se iba a trabajar.
Que tenía un viaje.
Que tenía cosas que resolver.
Mentía.
Yo lo sabía.
Ya no necesitaba pruebas.
Lo sentía.
Y aun así…
seguía ahí.
Los días empezaron a hacerse más pesados.
Mi cuerpo…
ya no respondía igual.
Me costaba respirar.
Me cansaba por todo.
Había algo que no estaba bien.
Pero seguía.
Como podía.
Hasta que un día…
simplemente no pude más.
El aire no me alcanzaba.
El pecho me dolía.
La debilidad era tanta…
que no podía ni sostenerme.
Terminé internada.
Con oxígeno.
Con sueros.
Con el cuerpo apagándose de a poco.
Y en medio de todo eso…
él no estaba.
Nunca estuvo.
Ni un mensaje.
Ni una llamada.
Nada.
Como si yo…
no existiera.
Como si todo lo que habíamos sido…
no significara nada.
Me operaron.
No entendía ni cómo había llegado a ese punto.
Solo sabía que estaba mal.
Muy mal.
Dos días con oxígeno.
Sintiendo que cada respiración era un esfuerzo.
Que el cuerpo no daba más.
Y ahí…
en ese lugar donde una se siente tan frágil…
tan sola…
entendí algo.
No era solo el dolor.
No era solo la traición.
Era todo lo que había sostenido en silencio.
Todo lo que había guardado.
Todo lo que había callado.
Mi cuerpo…
lo estaba diciendo por mí.
Y en medio de todo eso…
ella estaba.
Meli.
Sin moverse.
Sin irse.
Cuidándome.
Sosteniéndome.
Como nadie más lo hizo.
—Tranquila —me decía—. Ya va a pasar.
Y yo la miraba…
con los ojos llenos de lágrimas.
Porque en ese momento…
entendí la diferencia.
Entre quien dice que te ama…
y quien se queda cuando te estás rompiendo.
Y ahí…
en esa cama…
sin fuerzas…
sin aire…
sin él…
empecé a ver.
De verdad.
Mis bellas se viene algo que da un giro a la historia ♡
siento que eso es lo peor que una mujer le puede pasar pensar que es hasta que lleguemos a viejitos los dos..y resulta que nada es para siempre sin saber que duele excelente inicio