Del dolor al amor
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12
El regreso a la mansión Von Hardenberg después de nuestro encuentro en la pastelería fue, por decir lo menos, un despliegue de drama digno de una tragedia griega en miniatura. Gitta, que normalmente era una niña de una disciplina impecable bajo la mirada de mi padre, experimentó su primer berrinche monumental. Se negaba rotundamente a soltar la mano de Elara. Para mi pequeña, dejar ir al "hada de cabellos de nube" era como ver desaparecer la magia justo cuando acababa de encontrarla.
Elara, con una paciencia que me dejó mudo, se arrodilló sobre el pavimento mojado, ignorando que su abrigo se manchaba, y entabló una negociación diplomática de alto nivel. Tuvo que prometer, jurando por los unicornios, los dragones y todos los seres mágicos existentes, que mañana a primera hora estaría en la puerta de la mansión. Explicó que necesitaba ir a su casa por sus cosas y, lo más importante, avisarle a su madre que finalmente había encontrado trabajo. Fue curioso verla así; ella no buscaba ser niñera —sus sueños estaban en los lienzos y los óleos—, pero el destino, con su sentido del humor retorcido, la había puesto en nuestro camino para cumplir una función que ningún currículum de 200 páginas pudo llenar.
Finalmente, tras un último abrazo esponjoso de Gitta, Elara se marchó, dejando un vacío de color en la acera. Al entrar en el imponente vestíbulo de la mansión, el silencio sepulcral de los techos altos nos recibió como un balde de agua fría. Otto, que hasta ese momento venía celebrando su "victoria" como cazatalentos impulsivo, de pronto palideció. Se detuvo en seco cerca de la gran escalera y empezó a caminar hacia atrás, buscando la salida de servicio.
—¿A dónde crees que vas? —le pregunté, interceptándolo con una mirada gélida mientras sostenía a una Gitta todavía sollozante en mis brazos.
—A mi casa, obviamente. Tengo... cosas de personas normales que hacer —respondió Otto, tratando de sonar casual mientras evitaba mirar hacia el pasillo que conducía a la habitación de mi madre.
—No seas chistoso, Otto. Tenemos que decírselo a mi madre. Y tenemos que prepararla para lo que viene.
Otto se señaló el pecho con una expresión de horror fingido, aunque sus ojos delataban un miedo real.
—¿Decirle? ¿Y por qué "tenemos"? Me suena a mucha gente. Tú eres el dueño de la casa, tú eres el padre de la criatura, tú eres el que tiene que explicarle a la Gran Matriarca Von Hardenberg que una intrusa de aspecto pequeño, adorable y con el cabello de todos los colores del arcoíris va a cuidar a su tesoro más preciado.
—Tú le ofreciste el trabajo, Otto. Tú dijiste que era "perfecta" —le recordé, sintiendo que el pánico también empezaba a asomar en mí—. Además, no solo es el cabello. Es el hecho de que a Elara le gusta disfrazarse todos los días de algo diferente. Imagínate a mi padre, el hombre que cree que el color gris es demasiado atrevido, encontrándose en el desayuno con una niñera vestida de pirata o de astronauta de color rosa. No vamos a morir en el intento, vamos a ser desheredados antes de la cena.
Otto hizo un gesto de desdén con la mano, aunque no dejó de retroceder hacia la puerta.
—Tu madre te ama, Bruno. A mí solo me tolera porque le divierto. Si le digo que contratamos a una artista de pelo pastel sin experiencia, me lanzará un jarrón de la dinastía Ming a la cabeza. En cambio, si se lo dices tú, con esa cara de "estoy sufriendo pero es por el bien de Gitta", se le ablandará el corazón.
—Eres un cobarde —mascullé, aunque en el fondo sabía que el enfrentamiento era inevitable.
La realidad era que teníamos que explicar que la estructura rígida que mi madre había construido para proteger a Gitta estaba a punto de ser invadida por un torbellino de creatividad y desorden. Tenía que decirle a una mujer que exigía protocolos que ahora habría alguien en casa que hablaba con los unicornios.
Miré a Gitta, que se había quedado dormida en mi hombro, con el rostro aún sucio de lágrimas y purpurina. Por ella, valía la pena enfrentar el huracán que se desataría en la habitación de mis padres. Suspiré, ajusté el peso de mi hija y miré a Otto, que ya tenía una mano en el pomo de la puerta.
—Te quedas, Otto. Si yo caigo, tú caes conmigo. Después de todo, eres "mi hermano", ¿no?
Otto suspiró dramáticamente, soltó el pomo y se ajustó la chaqueta.
—Está bien, pero si tu padre saca el testamento para borrarnos, yo me pido la cubertería de plata. Vamos, Bruno. Veamos si la mansión Von Hardenberg sobrevive a la verdad.