Miranda lo tenía todo: un esposo que la amaba y una vida perfecta. Pero un "accidente" le arrebató el aliento. Ahora, ha despertado en el cuerpo de Ámbar Valer, la chica señalada como su asesina. Atrapada en una casa llena de enemigos y perseguida por el odio implacable de su propio esposo, Damián Villegas, Miranda deberá jugar un juego peligroso. ¿Podrá convencer al hombre que ama de que ella sigue viva, o morirá de nuevo a manos de su propia venganza?
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Frente a frente con el amor y el odio
El aire en la mansión Valer se sentía denso, cargado de una electricidad que presagiaba una tormenta. Arturo había pasado la mañana encerrado en su despacho, hablando en tonos bajos y tensos. Gracias a mi audición agudizada por el estado de alerta constante, logré captar lo esencial: Damián Villegas aceptaría una reunión. No era un acto de perdón, sino una emboscada legal coordinada por sus abogados para aceptar una "compensación económica" que, en realidad, era el primer paso para desmantelar el imperio de mi padre.
—No quiero que Ámbar esté cerca —había ordenado Arturo a Vanessa—. Ese hombre la odia, y no voy a permitir que la humille más. Que se quede en su habitación bajo llave si es necesario.
Pero Arturo no entendía que yo ya no era la niña que aceptaba el encierro.
Cuando llegó la hora acordada, escuché el rugido de un motor familiar en la entrada. Mi corazón dio un vuelco. Era el auto de Damián. Me vestí con lo más sobrio que encontré en el armario de Ámbar: un vestido negro, sencillo, que contrastaba con mi piel pálida y mi cabello rubio ceniza. Me miré al espejo una última vez. La mirada de terror había sido reemplazada por una determinación fría.
Bajé las escaleras con pasos silenciosos, evitando a los empleados. Me detuve frente a las pesadas puertas dobles de la biblioteca. Desde el interior, la voz de Damián resonaba como un trueno frío.
—No me interesa su dinero, Valer. Quiero ver a su hija tras las rejas. Vine aquí porque mis abogados dicen que es el procedimiento, pero no se equivoque: no hay cifra que compre la vida de Miranda.
Escuchar mi nombre en sus labios, cargado de tanto dolor y odio, fue como recibir un golpe físico. Respiré hondo y, sin llamar, empujé las puertas.
El silencio que siguió fue absoluto. Arturo se puso de pie, escandalizado, y Vanessa, que estaba sentada a un costado fingiendo pesar, dejó escapar un suspiro de indignación. Pero yo solo tenía ojos para él.
Damián estaba de pie frente al ventanal. Se veía más delgado, con ojeras profundas que marcaban su rostro antes perfecto. Al verme, sus facciones se endurecieron tanto que parecieron de piedra.
—¡Ámbar! Te dije que subieras a tu cuarto —exclamó Arturo, tratando de interponerse entre nosotros.
—Déjala, Arturo —intervino Damián, y su voz era un susurro peligroso—. Déjala que dé la cara. Es lo mínimo que puede hacer después de esconderse tres meses en un coma cobarde.
Caminé hacia el centro de la habitación, ignorando la mano de mi padre que intentaba detenerme. Me detuve a escasos dos metros de Damián. El aroma de su perfume, ese sándalo que yo misma le había regalado en nuestro último aniversario, me inundó los sentidos, haciéndome desear gritar y lanzarme a sus brazos.
—No vine a esconderme, Damián —dije, y por primera vez, usé el tono pausado y seguro que Miranda empleaba en las negociaciones difíciles.
Él arqueó una ceja, sorprendido por mi falta de sumisión, pero el odio volvió a ganar terreno de inmediato.
—¿"Damián"? ¿Desde cuándo una chiquilla como tú tiene el derecho de llamarme por mi nombre? —se mofó él, dando un paso hacia mí—. Para ti soy el señor Villegas. El hombre al que le arrebataste todo.
—Sé que nada de lo que diga devolverá a Miranda —continué, manteniendo el contacto visual a pesar de que el alma se me partía—. Pero estoy aquí para decirte que aceptaré cualquier investigación. No quiero el dinero de mi padre para protegerme. Si soy culpable, pagaré. Pero no lo soy de la forma en que tú crees.
Arturo palideció.
—¡Ámbar, cállate! ¡No sabes lo que dices!
Damián soltó una carcajada amarga, una que no llegaba a sus ojos muertos.
—Mírenla. La pequeña heredera está jugando a ser mártir. ¿Qué pasa, Ámbar? ¿Te sientes mal porque el mundo finalmente sabe lo que eres? ¿O es que tu padre ya no puede comprar tu conciencia?
—Lo que me pasa, Damián, es que no voy a dejar que destruyas a mi padre por un error que no fue mío —mentí a medias, protegiendo a Arturo mientras intentaba acercarme a la verdad—. Hubo algo más en ese accidente. Alguien quería que yo saliera de esta casa a toda velocidad.
Vanessa se tensó en su asiento, pero Damián no lo notó. Él solo veía el rostro de la mujer que odiaba.
—Eres patética —escupió él—. Inventando conspiraciones para salvar tu pellejo. Miranda era pura, era inteligente, era... —su voz se quebró por un milisegundo antes de recuperarse—. Ella era real. Tú no eres más que un envoltorio bonito y vacío que no merece ni el suelo que pisa.
Me acerqué un paso más, quedando tan cerca que podía ver el latido de la vena en su cuello.
—Mírame a los ojos, Damián —susurré, con una intensidad que lo hizo dudar por primera vez—. Realmente mírame. ¿Crees que una niña caprichosa tendría el valor de sostenerte la mirada después de lo que me dijiste en el hospital?
Damián se quedó inmóvil. Por un instante, solo un instante, vi una chispa de confusión en sus pupilas. Vio algo en mi mirada, un eco de la mujer que amaba, una sombra de Miranda que no debería estar ahí. Pero el odio era un muro demasiado alto. Me tomó bruscamente del brazo, apretando con una fuerza que me hizo jadear.
—Lo que veo —siseó él al oído— es a una asesina que intenta manipularme. No te tengo lástima. No me importa cuánto llores o cuántas historias inventes. Voy a quitarte todo, Ámbar. Y cuando termines en una celda fría, recordarás este momento y sabrás que yo mismo cerré la puerta.
Me soltó con desprecio, como si mi piel lo quemara. Arturo intervino finalmente, poniéndose entre nosotros.
—Suficiente, Villegas. Sal de mi casa. Los abogados se encargarán del resto.
Damián ajustó su saco, recuperando su máscara de frialdad absoluta. No volvió a mirarme. Caminó hacia la salida con esa elegancia letal que antes me enamoraba y ahora me aterraba.
—Nos vemos en la corte, Valer —dijo antes de salir—. Y tú, Ámbar... reza para que la muerte te encuentre antes que yo.
Cuando la puerta se cerró, me desplomé en una silla, temblando. Arturo se arrodilló a mi lado, preocupado, pero yo solo podía pensar en una cosa: Damián me había tocado, y aunque era para lastimarme, su contacto había sido lo único real en este cuerpo extraño.
Había visto la duda en sus ojos. Muy en el fondo, su instinto sabía que algo no cuadraba. Ahora tenía un nuevo objetivo: no solo sobrevivir a Vanessa y Esteban, sino quebrar el odio de Damián hasta que no tuviera más remedio que reconocer que su Miranda nunca lo había dejado.
Ámbar dile que eres Miranda aunque piense que estas loca 🤭