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El héroe y el villano comparten un único amor dulce y posesivo hacia la extra de una historia.
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Capitulo 9
Seis años pasaron sin que nadie los sintiera, simplemente las voces se volvieron más graves, los uniformes quedaron pequeños, los pasillos de la academia dejaron de parecer enormes, y Bonnie dejó de ser esa niña callada que caminaba detrás de todos para convertirse en una joven que avanzaba con seguridad, que hablaba mirando a los ojos y que ya no necesitaba que nadie la protegiera.
El cabello nunca volvió a crecer largo como antes.
Intentó dejarlo crecer un tiempo, pero le estorbaba, le recordaba cosas que no quería recordar, así que terminó cortándolo otra vez, recto a la altura de la mandíbula; corto, limpio, fácil de peinar, le daba una imagen más firme.
A ella le gustaba así.
No necesitaba verse delicada para ser aceptada.
La mañana de su debut empezó temprano; las sirvientas entraron y salieron de su habitación con cajas, telas, perfumes suaves, agujas, cintas, todo ordenado sobre la cama.
Su padre supervisaba desde la puerta con los brazos cruzados, intentando no parecer nervioso.
— ¿Dormiste algo? —preguntó.
— Lo suficiente.
— Si estás cansada podemos retrasar la entrada.
— Papá, es un baile, no una batalla.
— Para mí es peor que una batalla. Van a pedir tu mano y tendré que aceptar en contra de mi juicio.
Bonnie soltó una risa baja.
— Estás exagerando.
— No exagero. Eres mi única hija. El tesoro que tu madre me dió. No puedo aceptarlo.
Ella se acercó y le acomodó el cuello de la chaqueta.
— No quería decirlo pero... Es tiempo de que consigas a una compañera.
El hombre suspiró.
— No. Me siento bien como estoy. Respetando la memoria de tu madre.— hizo un puchero.
Bonnie suspiró y su padre se marchó.
El vestido estaba extendido sobre la cama. Morado con un tono lila rosado claro, elegante sin ser pesado, la tela principal era satén fino que reflejaba la luz con discreción; el corsé tenía bordados pequeños en hilo plateado formando líneas limpias, con flores diminutas, solo detalles que marcaban la cintura, las mangas eran semitransparentes hasta los codos con encaje suave, la falda amplia caía en capas ligeras que se movían al caminar sin arrastrar demasiado, por dentro llevaba una enagua liviana que le daba forma sin incomodarla.
Cuando terminó de vestirse y se miró al espejo, no vio a la niña que llegó asustada a ese mundo.
Vio a una joven firme, de mirada tranquila.
— Te queda perfecto —dijo su padre que se volvió asomar.
— ¿Seguro que no parezco un pastel enorme?
— Si alguien se atreve a decir eso, lo saco de mi casa.
— Papá.
— Lo digo en serio.
Bonnie sonrió.
— Gracias por estar conmigo.
— Soy tu padre. Así será siempre.
La casa estaba llena desde temprano; carruajes entrando uno tras otro, luces encendidas, música afinando en el salón principal, nobles conversando con copas en la mano, risas, saludos formales, todo siguiendo el protocolo.
Los jóvenes debutantes se reunían en la entrada esperando ser anunciados.
Cuando dijeron su nombre, Bonnie respiró hondo y caminó.
Entró con calma. Algunas conversaciones se cortaron. Varios la reconocieron.
La hija del noble influyente, la chica del incidente de la academia, la que ahora casi siempre estaba acompañada por los príncipes.
Las miradas se notaban.
Un joven se acercó primero.
— Señorita Bonnie, ¿me concedería el primer baile?
— Claro.
Bailó con él con cortesía.
— Es un honor, mi familia habla mucho de usted.
— Espero que nada malo.
— Todo lo contrario.
Cuando terminó, otro se acercó.
Luego otro. Y otro. Había sonrisas, cumplidos e invitaciones.
Todo normal.
Hasta que empezaron a desaparecer los pretendientes. El tercero no regresó después de acompañarla a la mesa.
El cuarto dijo que iría por bebida y no volvió.
El quinto salió al jardín y nunca regresó.
Bonnie frunció el ceño.
— Qué raro.
Miró alrededor.
Entonces entendió. Los gemelos no estaban a la vista.
Suspiró.
— No puede ser.
Se levantó de la mesa y caminó hacia el pasillo lateral, luego al jardín trasero donde había menos guardias; escuchó voces bajas, forcejeo, un quejido.
Doblando la esquina los vio.
Calister sostenía a un joven por los brazos mientras Bastian le ataba las muñecas con una cuerda de cortina.
— ¡Suéltenme!, ¿están locos?, ¡soy hijo del conde!
— Cállate —gruñó Calister.
— ¡Esto es ilegal!
— No si somos la ley.
Bonnie se llevó la mano a la frente.
— Ustedes dos… ¿qué creen que están haciendo?
Los tres la miraron.
Bastian se quedó congelado.
— Bonnie, yo puedo explicar.
— Explícame entonces por qué están atando a un invitado como si fuera un ladrón.
Calister respondió primero.
— Porque lo es.
— ¿Perdón?
— Vino a pedir tu mano, eso lo hace sospechoso.
— Eso es el propósito del debut.
— No me gusta.
— A mí tampoco —añadió Bastian.
Bonnie cruzó los brazos.
— ¿Y su solución es secuestrarlos?
— No es secuestro —dijo Calister—. Es prevención.
— Eso suena peor.
El joven atado gritó.
— ¡Dígale algo!, ¡Sus amigos están locos!
Bonnie suspiró.
— Bastian, suéltalo.
— Pero…
— Ahora.
Bastian obedeció.
El chico salió corriendo sin mirar atrás.
— ¿Cuántos más?
Calister evitó su mirada.
— Tres.
— ¿Tres?
— Tal vez cuatro.
— Calister.
— Cinco, pero uno se escapó solo.
Ella cerró los ojos un segundo.
— Ustedes son un problema.
— No somos un problema —replicó él—. Ellos sí.
— ¿En qué sentido?
— No los conoces, vienen con sonrisas falsas, con intenciones hipócritas, quieren casarse contigo por tu apellido, por tu posición, no por ti.
Bastian asintió.
— He escuchado conversaciones, planes, alianzas, te ven como un movimiento político.
— Eso siempre ha sido así —respondió Bonnie—. Somos nobles.
— No me importa —dijo Calister—. No voy a dejar que cualquiera te toque.
— No soy algo que se toca.
— Sabes a qué me refiero.
— Lo sé, y por eso mismo están actuando mal.
Bastian habló más suave.
— Bonnie, cuando te vi bailar con ellos sentí… que te ibas a ir lejos, como si mañana ya no estuvieras.
— Eso no justifica atarlos.
— No queremos competencia.
Ella soltó una risa seca.
— ¿Competencia?, ¿Qué soy, un premio?
Los dos guardaron silencio.
— Escúchenme bien —continuó—. Proteger no es controlar, si siguen haciendo esto van a ganarse enemigos, van a manchar sus nombres y el mío.
Calister apretó los dientes.
— Prefiero eso a perderte.
La frase salió directa. Bonnie lo miró fijo.
— Calister, eso no es perder, es dejarme decidir.
Bastian bajó la cabeza.
— Tienes razón… pero es difícil.
— Claro que es difícil, crecer lo es, aceptar que no pueden decidir por mí lo es, igual que para mí aceptar que no siempre podré cuidarlos.
Los dos levantaron la mirada al mismo tiempo.
— ¿Cuidarnos? —preguntó Bastian.
— Sí, creen que solo ustedes me protegen, pero yo también los he estado protegiendo desde hace años.
Calister soltó una risa corta. Se acercó a ellos.
— Ustedes dicen que esos hombres son una amenaza, pero ahora mismo la amenaza son ustedes, atando nobles en un jardín, ¿se imaginan el escándalo si alguien los ve?
Los gemelos se miraron.
Tenía sentido.
— Somos idiotas —murmuró Bastian.
— Bastante —añadió Bonnie.
Calister resopló.
— Odio cuando tienes razón.
El ambiente se aflojó un poco.
— Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Bastian.
— Volver al salón, comportarse como príncipes normales y, si quieren hablar conmigo, pidan un baile como cualquier persona.
Bastian y Calister extendió la mano al mismo tiempo.
— ¿Nos concedes el siguiente baile, señorita Bonnie?
Ella tomó ambas.
— Solo si prometen no secuestrar a nadie más.
— Lo prometo.
Calister añadió.
— Pero si alguien te molesta, lo lanzo por la ventana.
— Calister.
— Es broma… pero si quieres no puede ser broma.
Bonnie negó con la cabeza, pero sonrió.
Los tres regresaron juntos al salón, caminando lado a lado, discutiendo en voz baja como siempre, como si esos seis años no los hubieran separado sino unido más.
Y mientras la música volvía a sonar, Bonnie pensó que, con todos sus defectos, esos dos seguían siendo los mismos chicos que conoció en la academia.
Torpes, protectores, imposibles. Pero suyos.
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Es que debieron de buscarla mucho ante de que todo se volviera una locura 🤭🤭🤭🤭😭😭
Siempre de los digo a mis hijos 🤣🤣🤣