Novela +18.
Vivir en un matrimonio político no es tan maravilloso cuando tu marido te desprecia. pero Rosaline tomará las riendas de su vida y al duque también. Porque ella es la duquesa.
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6 — Lo que empieza a cambiar
No tardé en notar que Erick comenzó a buscarme, no de una forma evidente ni cómoda, no con gestos suaves ni palabras fáciles, lo hacía como hacía todo, directo, sin adornos, apareciendo en los momentos menos esperados, interrumpiendo mis actividades como si no existiera otra forma de acercarse que no fuera enfrentando; la primera vez fue en la biblioteca, yo estaba revisando cuentas, intentando entender el desorden que sostenía ese ducado, hojas dispersas, números que no coincidían, gastos sin justificación clara, y una sensación incómoda de que aquello no era descuido, era mala administración.
—No esperaba encontrarte aquí —dijo desde la puerta.
No levanté la vista de inmediato.
—Tampoco yo esperaba que este lugar estuviera tan mal organizado.
Entró sin pedir permiso, caminó despacio hasta el escritorio y se apoyó frente a mí, cruzando los brazos.
—¿Ya estás juzgando mi casa?
—Estoy entendiendo en qué me metieron.
Eso lo hizo mirarme con más atención. Hubo un silencio breve, no incómodo, más bien cargado de algo que ninguno dijo en voz alta, Erick tomó una de las hojas y la observó.
—¿Qué ves?
—Deudas mal distribuidas, pagos atrasados, acuerdos que parecen firmados sin estrategia, gastos que no generan retorno, ¿quieres que continúe?
Su expresión no cambió, pero su mirada sí.
—Continúa.
—El problema no es solo dinero, es control, alguien está tomando decisiones sin pensar en el futuro del ducado.
Dejó la hoja en la mesa.
—Eso lo sé.
—Entonces ¿por qué no lo arreglas?
No lo dije con reproche, lo dije directo, y él no lo tomó mal, tampoco lo ignoró.
—Porque no confío en nadie para hacerlo.
—Entonces empieza conmigo.
El silencio que siguió fue más largo, más pesado, Erick inclinó un poco la cabeza, como si analizara cada palabra que había dicho.
—¿Te estás ofreciendo?
—Estoy haciendo lo que nadie más ha hecho.
—¿Que es?
—Decir la verdad sin miedo a incomodarte.
Eso lo hizo sonreír apenas, una de esas sonrisas que no duran pero que cambian el ambiente.
Se quedó mirándome unos segundos más, luego tomó otra hoja.
—Explícame esto.
Me acerqué un poco, señalé las cifras.
—Aquí hay un desbalance, estás pagando más en mantenimiento de tierras improductivas que en inversión de producción, eso no tiene sentido.
—Son tierras antiguas.
—Entonces véndelas o hazlas producir.
—No es tan simple. Es de la familia.
—Dejas de aferrarte a lo que ya no funciona.
No apartó la mirada de mí mientras hablaba, y eso empezó a afectarme más de lo que quería admitir, no era una conversación cualquiera, había algo más, una tensión que no venía del conflicto, sino del interés.
—Hablas como si hubieras manejado un ducado.
—He vivido toda mi vida viendo cómo se negocia el poder.
—¿Tu madre?
—Mi madre no negocia, impone. Pero mi padre me enseñó todo sobre la administración.
Hubo otro silencio, más corto esta vez, pero suficiente para que algo cambiara, Erick dejó los papeles a un lado.
—Ven conmigo.
No pregunté a dónde, lo seguí.
Caminamos por los pasillos hasta llegar a una sala más pequeña, cerrada, privada, donde había más documentos, mapas, registros de propiedades.
—Aquí está todo lo que no muestro a nadie.
Lo miré.
—¿Por qué a mí sí?
—Dijiste que confiara en tí. Te daré esa prioridad. No me decepciones.
Eso me detuvo un segundo, no era un halago, pero lo sentí como uno.
Me acerqué a la mesa, revisé los mapas, señalé algunas zonas.
—Estas tierras tienen potencial, pero están mal gestionadas, necesitas gente nueva, gente que no esté acostumbrada a obedecer sin pensar.
—¿Y quién los va a manejar?
—Yo puedo empezar a organizarlos.
—¿Estás segura?
Lo miré directo.
—Estoy cansada de sentir que no tengo lugar aquí, si voy a quedarme, voy a hacerlo bien y como la duquesa.
Su expresión cambió apenas, algo más serio, más profundo.
Se acercó un poco más.
—Te voy a cuestionar cada decisión.
—Hazlo.
—Te voy a llevar la contraria.
—Estoy acostumbrada.
Hubo una pausa, y luego dijo, más bajo:
—Quiero ver hasta dónde llegas.
Sentí algo en el pecho, no era incomodidad, era otra cosa, algo que me empujaba a sostenerle la mirada.
—Hazlo. Si quieres ver cómo trabajo bajo presión tienes que esforzarte más.
Esa vez la sonrisa fue más clara.
—Eso suena a orden.
—Tal vez lo es. Y empiezo a sospechar que mi esposo no sabe escuchar.
Se quedó mirándome, sin moverse.
—Cuidado con eso.
—¿Con qué?
—Podrías gustarme demasiado cuando hablas así.
Sentí el calor subir, pero no bajé la mirada.
—Aprender a soportarlo.
El silencio se sostuvo entre nosotros, finalmente él se apartó.
—Mañana empezamos.
—Hoy.
—Eres insistente.
Salí de esa sala con una sensación distinta, no había ganado nada aún, pero algo se había movido, no solo en la casa, también entre nosotros.
Los días siguientes cambiaron el ritmo de todo, Erick aparecía en momentos inesperados, no para supervisar, sino para discutir, cuestionar, provocar; yo ya no evitaba esos choques, los buscaba, porque en ellos encontraba algo que no había tenido antes, un espacio donde no tenía que ser cuidadosa, donde podía hablar sin medir cada palabra.
—Estás cambiando demasiado rápido las decisiones —dijo una tarde mientras revisábamos cuentas.
—No. Solo estoy corrigiendo errores.
—Podrías perder apoyo.
—Nunca lo tuve.
Eso lo hizo quedarse en silencio un segundo.
—No te importa caer mal.
—¿Siempre conviertes todo en un desafío?
—Solo lo que vale la pena. Cómo tú.
Podía sentir la cercanía, la forma en que su presencia ocupaba el espacio sin esfuerzo, y aunque no había contacto, era imposible ignorarlo.
—Te gusta provocarme.
—Me gusta sí y ver cómo respondes.
—No soy la mujer sumisa que todo piensan.
Nos quedamos en silencio unos segundos más, luego él se apartó como si nada hubiera pasado.
—Mañana quiero que revises los acuerdos del sur.
—Lo haré.
—Y no tomes decisiones sin consultarme.
—No prometo eso.
—Que difícil eres.
—Tú también.
—Por eso estamos funcionando.
Esa frase se quedó conmigo más tiempo del que debería.
Esa noche, mientras repasaba documentos, entendí algo que no había querido ver antes, no estaba sola en esto, y aunque Erick no ofrecía apoyo de la forma que cualquiera esperaría, había algo en su forma de enfrentarse a mí que me empujaba a ser mejor, a no retroceder, a sostener cada palabra.
Y eso cambiaba todo.