NovelToon NovelToon
El Dulce Aroma Del Peligro

El Dulce Aroma Del Peligro

Status: Terminada
Genre:Romance / Omegaverse / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

⚠️🔞El Alfa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cass. El olor a roble y romero se volvió tan fuerte que Cass sintió un mareo súbito. El Alfa inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a miel y café del Omega. Una atracción peligrosa, pero predestinado.🔞⚠️

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Te va a encantar cada segundo de la caída

El sonido de la puerta al cerrarse tras Kenny no fue solo un ruido metálico; fue un golpe seco que pareció sellar el destino de la habitación. Tras su partida, un vacío tan denso y pesado se instaló en el lugar que el aire en el apartamento parecía haber perdido todo el oxígeno. Cass seguía de pie en medio de la sala, congelado, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante exacto en que el Alfa cruzó el umbral. Sus dedos, temblorosos y pálidos, presionaban la piel de su cuello, justo encima de la glándula, donde el calor de los labios de Kenny todavía quemaba como un hierro al rojo vivo.

Podía sentir el pulso galopando bajo sus yemas, rítmico, salvaje y desbocado. No era solo su corazón; era su instinto de Omega gritando, reconociendo a la fuerza de la naturaleza que acababa de salir de allí. El aroma de Kenny —ese roble ahumado mezclado con un toque de tormenta eléctrica— aún flotaba en el ambiente, reclamando el territorio, reclamando a Cass.

Santi no se movió de su sitio durante varios minutos. Se quedó mirando a su amigo como si estuviera viendo a un extraño, a alguien que había sido tocado por algo peligroso y transformador.

—Ese hombre... Cassy, ese Alfa no es un cliente de cafetería —la voz de Santi temblaba. No era la ira de un amigo protector, sino el puro miedo instintivo de un Beta que sabe que ha estado frente a un depredador de la cima—. Su aroma es... es como una pared de roca, Cass. Casi no podía respirar cuando se acercó a ti. La presión en el aire era insoportable. ¿Viste cómo te sujetó? No fue un abrazo, ni un gesto de consuelo. Te agarró como si fueras de su propiedad, como si estuviera poniendo un candado a tu alrededor.

Cass bajó la mano lentamente, pero no pudo evitar que un escalofrío de placer prohibido recorriera su espalda. Era una sensación contradictoria: el miedo lógico luchando contra una atracción biológica que lo sobrepasaba. Recordó la firmeza de los dedos de Kenny en su cintura, la forma en que sus manos grandes abarcaban casi todo su costado.

—Dijo que nos estaba protegiendo —susurró Cass. Su propia voz le sonó extraña, más suave, más sumisa de lo que jamás se habría permitido ser. Pero en su mente, la palabra "protección" empezaba a desdibujarse. En el lenguaje de un Alfa dominante como Kenny, proteger y poseer eran dos caras de la misma moneda de oro.

—¡Nos estaba marcando! —exclamó Santi, dando un paso hacia él, tratando de romper el trance de su amigo—. Cassy, reacciona. Hueles tanto a él que mi propio instinto me dice que retroceda. Es una advertencia para cualquier otro. Has dejado que se meta en tu espacio personal, en nuestra casa, bajo tu piel. Mañana vendrá por ti, y no creo que sea para invitarte a un paseo inocente por el parque. Alfas como él no piden permiso, ellos toman lo que quieren.

Cass no respondió. No tenía argumentos para defenderse porque, en el fondo, Santi tenía razón. Se dirigió a su habitación con pasos pesados, ignorando las advertencias que su amigo seguía lanzando desde la sala. Necesitaba estar solo. Necesitaba entender por qué su cuerpo se sentía tan extraño, tan... despierto.

Al cerrar la puerta, la oscuridad de su cuarto no le trajo paz. Se dejó caer sobre la cama y hundió la cara en la almohada, buscando el olor a suavizante de telas que solía reconfortarlo. Pero no hubo escapatoria. Su propia ropa, su piel, incluso las hebras de su cabello estaban impregnadas de ese romero punzante y ese roble profundo. Era una invasión sensorial absoluta. Era como si Kenny estuviera allí, acostado junto a él, envolviéndolo en una capa de autoridad y deseo.

Se tocó el labio inferior con la punta de la lengua. El recuerdo de Kenny lamiendo el rastro de miel de su propio pulgar pasó por su mente como una descarga eléctrica. Había sido un gesto crudo, casi animal, cargado de una intención que no dejaba lugar a dudas. El Omega sintió un tirón de deseo en el bajo vientre, un calor líquido que lo asustó por su intensidad. Nunca nadie lo había mirado así. En el pasado, otros Alfas lo habían cortejado con delicadeza o con arrogancia, pero Kenny lo miraba como si fuera un tesoro descubierto que debía ser devorado, protegido del resto del mundo y reclamado por completo.

Pasó la noche en vela, girando entre las sábanas que ahora le parecían demasiado frías sin el calor del Alfa que lo había reclamado horas antes. Cada vez que lograba cerrar los ojos, la memoria muscular de su cuerpo lo traicionaba. Sentía de nuevo el peso del pecho de Kenny contra el suyo, la dureza de sus bíceps cuando lo rodeó, el aliento caliente rozando su oreja mientras le decía palabras que lo hacían temblar. Era una tortura deliciosa, un hambre que no sabía que tenía y que ahora amenazaba con consumirlo.

La madrugada avanzaba lenta, pero para Cass el tiempo se había vuelto una masa elástica y confusa. El silencio del apartamento era interrumpido ocasionalmente por el crujido de la madera o el sonido de algún auto lejano, pero sus sentidos estaban sintonizados en una frecuencia distinta.

Se levantó de la cama, incapaz de seguir luchando con las mantas que se sentían como cadenas. Caminó hacia el pequeño escritorio cerca de la ventana. Su reflejo en el cristal le devolvió la imagen de un joven que apenas reconocía: sus mejillas tenían un rubor persistente y sus pupilas estaban ligeramente dilatadas, una reacción biológica clásica ante la sobreexposición a feromonas dominantes.

—¿Qué me está pasando? —susurró, sintiendo el frío del cristal contra su frente.

Su mente intentaba racionalizar la situación. Kenny era un peligro, un "desastre" según sus propias palabras. Sin embargo, su lado Omega, ese instinto primario que solía mantener bajo estricto control, ronroneaba ante la idea de la sumisión. No era una sumisión de debilidad, sino una de pertenencia. El recuerdo de la mano de Kenny en su nuca le provocaba espasmos de una electricidad dulce que bajaba por su columna vertebral. Se sentía como una polilla volando hacia una hoguera: sabía que podía quemarse, pero el calor era demasiado tentador para alejarse.

Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a teñir el cielo de un naranja pálido y grisáceo, Cass ya estaba en la cocina. No había dormido ni un segundo, pero la adrenalina mantenía su cuerpo en un estado de alerta total. Preparó café, pero el aroma del grano tostado, que normalmente amaba, le pareció insípido comparado con el recuerdo del perfume de Kenny.

Santi apareció poco después, con el cabello revuelto y los ojos hinchados por el mal sueño. Se detuvo en el marco de la puerta, observando a Cass con una mezcla de lástima y reproche. El ambiente entre ellos estaba cargado; el aroma de Cass, usualmente suave como la miel, ahora tenía notas metálicas de ansiedad y el rastro persistente del roble de Kenny.

—Sigues oliendo a él —dijo Santi, rompiendo el silencio—. Es como si se hubiera quedado pegado a las paredes. Cass, por favor, piénsalo. He oído historias sobre Alfas como él. No se detienen hasta que borran todo lo que eras antes de conocerlos. Te va a envolver en su mundo y te vas a olvidar de quién eres.

Cass apretó la taza entre sus manos.

—Tal vez quien soy ahora no es suficiente, Santi —respondió sin mirarlo—. Siento que he estado viviendo en blanco y negro, y él... él es un incendio que lo quema todo, pero al menos me hace sentir vivo.

El desayuno fue un desfile de silencios incómodos. Cass apenas probó bocado. Su atención estaba puesta en el reloj de la pared. Tic, tac. Cada segundo lo acercaba más a las diez. Regresó a su habitación para prepararse. Se bañó con agua casi fría, intentando despejar su mente, pero al frotar su piel, solo lograba reactivar el aroma que Kenny había dejado en él.

Se vistió con lentitud. Eligió una camiseta blanca de cuello alto, una armadura de tela delgada que pretendía ocultar la marca invisible de los besos del Alfa. Se miró al espejo y trató de ensayar una expresión neutral, pero sus ojos brillaban con una intensidad nueva, una chispa de rebelión y entrega que no podía ocultar.

A medida que se acercaba la hora, la tensión en el apartamento se volvió física. Santi se sentó en el sofá, cruzado de brazos, mirando la puerta como si esperara que un monstruo la derribara. Cass, en cambio, se quedó de pie cerca de la ventana, con el corazón martilleando contra sus costillas.

Exactamente a las diez de la mañana, el silencio de la calle fue destruido. Un rugido potente, el ronquido de un motor de gran cilindrada, hizo vibrar los vidrios del apartamento y sacudió el suelo bajo los pies de Cass. No necesitaba mirar para saber quién era. El aire se cargó de una electricidad estática que erizó los vellos de sus brazos.

Cass se asomó por la cortina. Allí estaba la camioneta negra, una mole de metal que parecía fuera de lugar en esa calle tranquila. Y allí estaba él. Kenny, apoyado contra la puerta del vehículo, como si el mundo le perteneciera. Su postura era relajada, pero desprendía una autoridad que hacía que los transeúntes se desviaran inconscientemente para no pasar demasiado cerca.

—Ya está aquí —anunció Cass, y su voz, aunque baja, no flaqueó.

Santi se levantó de un salto, caminando hacia el pasillo.

—No vayas, Cassy. Todavía puedes cerrar las cortinas y fingir que no estás. Si cruzas esa puerta, si entras en ese vehículo, ya no habrá vuelta atrás. Te estarás entregando voluntariamente.

Cass miró a su amigo una última vez. Vio el miedo en sus ojos, un miedo genuino por su bienestar. Pero luego miró hacia abajo, a la figura de Kenny en la calle. El Alfa levantó la cabeza, y aunque Cass estaba en el segundo piso, sintió que esos ojos oscuros lo atravesaban. Kenny levantó una mano y, con un gesto sutil de dos dedos, le dio una orden que no admitía réplica.

—Ya no hay vuelta atrás desde que entró a la cafetería, Santi —dijo Cass con una calma que lo sorprendió incluso a él—. El lazo ya empezó a tejerse, aunque no haya marca todavía.

Con el corazón en la garganta y las piernas temblando levemente, Cass tomó sus llaves y salió del apartamento, dejando atrás la seguridad de su vida antigua para caminar directo hacia el "desastre" que lo esperaba abajo.

Cass bajó las escaleras casi corriendo, impulsado por una mezcla de miedo y una curiosidad que le quemaba las venas. Cada escalón que dejaba atrás se sentía como si estuviera despojándose de una capa de su vida anterior. Sus pies golpeaban el suelo con un eco que resonaba en el pasillo vacío, un ritmo que compasaba los latidos frenéticos de su corazón.

Al llegar a la puerta principal del edificio, se detuvo un segundo. Sus manos estaban sudorosas y tuvo que respirar hondo para no marearse. El aroma del Alfa, incluso desde la calle, lograba filtrarse por las rendijas, reclamándolo. Cass empujó la pesada puerta de madera y el mundo exterior lo golpeó de frente.

El calor del sol de la mañana se mezcló de inmediato con la presencia abrumadora de Kenny. El Alfa no se movió; se quedó allí, como una estatua de granito y cuero, esperando a que su presa terminara de acortar la distancia. Cada paso de Cass hacia la camioneta era una pequeña rendición. El espacio entre ellos se reducía y la presión de las feromonas de Kenny empezaba a adormecer la capacidad de razonar del Omega, dejando solo el instinto de proximidad.

Cuando Cass estuvo a pocos centímetros, el mundo alrededor pareció desvanecerse. El ruido del tráfico, el murmullo de la ciudad, todo desapareció. Solo existían ellos dos y el olor a roble que emanaba del Alfa, ahora tan fuerte que era casi tangible.

Kenny se quitó las gafas oscuras con una lentitud calculada. Sus ojos, oscuros y afilados como cuchillas, recorrieron el cuerpo de Cass de arriba abajo. Se detuvieron un segundo de más en sus rodillas temblorosas y luego subieron hasta el cuello alto de su camiseta blanca.

—Intentas esconderlo —dijo Kenny. Su voz, rasposa y profunda, vibró en el pecho de Cass como el motor de su camioneta—. Pero el aroma a roble que sale de tu piel es tan fuerte que podría guiarme hasta ti con los ojos cerrados, incluso en medio de una multitud. Mi aroma te ha aceptado, Cass.

Kenny estiró la mano. Fue un movimiento fluido, sin vacilación. Con una suavidad que desarmó por completo al Omega, enganchó sus dedos en el borde de la tela del cuello alto y tiró un poco hacia abajo. Quería ver la piel que había reclamado la noche anterior. Su pulgar rozó la zona sensible de la glándula, un contacto piel con piel que hizo que las piernas de Cass fallaran por un momento. El muchacho soltó un suspiro tembloroso, cerrando los ojos ante la descarga eléctrica que lo recorrió.

Por dentro, Kenny sentía una tormenta que nada tenía que ver con su apariencia tranquila. Al ver a Cass acercarse, tan pequeño y valiente, su instinto de Alfa rugió con una fuerza que lo sorprendió. El aroma del Omega, esa miel dulce y pura, ahora estaba teñido con su propio rastro de roble, y ver esa combinación lo volvía loco.

Al tocar la piel cálida del cuello de Cass, Kenny sintió un impulso primario casi incontrolable: quería enterrar sus colmillos allí mismo, en plena calle, frente a cualquiera que se atreviera a mirar. Quería morder con fuerza, marcarlo permanentemente y dejar claro a todo el universo que este Omega ya no estaba disponible. Sus dedos se tensaron sobre la tela blanca; podía ver el pulso acelerado de Cass latiendo bajo la piel fina y el hambre le subió por la garganta.

Todavía no, se dijo a sí mismo, tragándose la necesidad de marcarlo. Sabía que tenía el control total. Sabía que Cass ya estaba bajo su hechizo, que su cuerpo respondía a su más mínima orden. Saboreó esa sensación de poder. No necesitaba marcarlo físicamente todavía, porque Cass ya le pertenecía en espíritu. Disfrutaba ver la lucha en los ojos del chico, esa resistencia que se desmoronaba cada vez que él se acercaba un centímetro más.

—Te dije que vendría —susurró Kenny, acercando su rostro tanto que Cass pudo sentir el calor de su aliento—. Y te dije que no sería por café.

—¿A dónde... a dónde me llevas? —preguntó Cass. Su voz era apenas un hilo, pero no había rastro de querer huir.

Kenny soltó el cuello de la camiseta, pero no lo dejó libre. En un movimiento rápido y posesivo, rodeó la nuca del Omega con su mano grande, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás. El gesto fue absoluto, una demostración de fuerza envuelta en una caricia. Se inclinó y rozó sus labios con los de Cass, apenas un toque, una promesa de fuego que dejó al Omega sin aliento.

—A mi mundo —respondió Kenny contra sus labios, disfrutando del temblor del chico—. Prepárate, dulce Omega. Hoy vas a aprender por qué todos dicen que soy un desastre... y por qué te va a encantar cada segundo de la caída.

Kenny se apartó lo justo para abrir la puerta del copiloto con un movimiento elegante. Pero antes de dejar que Cass subiera, su mano bajó por su espalda y le dio un apretón posesivo en la cadera, un recordatorio físico de quién mandaba en ese viaje. Cass subió al vehículo, sintiendo que cruzaba un portal del que no regresaría siendo el mismo.

1
Erika Peña
muy buena me gustó la trama
corta pero muuuuyyyy sustanciosa como dice el dicho
Skay P.: ¡Gracias, cielito!😘👆
total 1 replies
Maru19 Sevilla
Pues si las cosas salen mal que sea responsable y no se queje
Maru19 Sevilla: Muchas gracias, ya la estoy disfrutando 🥰🥰🥰🥰
total 2 replies
Maru19 Sevilla
Promete ser muy interesante 👏👏👏
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play