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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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capitulo 15
El subordinado entró al despacho de Killa con paso rápido. La cara pálida. El sobre en la mano temblaba.
—Mi coronel —dijo, con la voz entrecortada—. Llegó otro mensaje.
Killa levantó la vista. Algo en el tono del hombre le heló la sangre.
—¿Qué?
—Es sobre la hermana de Nox. Sobre Sofía.
Killa se levantó de golpe.
La silla volcó hacia atrás. El escritorio crujió. En dos zancadas cruzó la habitación y agarró al subordinado por el cuello de la camisa.
—¿En dónde está la niña? —preguntó. Su voz era un hilo de hielo.
El hombre tragó saliva.
—Está en una habitación, como usted ordenó.
Killa lo soltó. Dio un paso atrás. Ajustó su chaqueta. Su rostro era una máscara de calma fingida, pero sus ojos ardían.
—Bien —dijo, bajando la voz—. Quiero que la traten con cuidado. ¿Entendido?
El subordinado asintió con la cabeza, rápido, nervioso.
Killa se inclinó hacia él. Habló bajito. Cada palabra fue un cuchillo.
—Porque si le ponen un solo dedo encima, si la miran mal, si la hacen llorar… ustedes, mis hombres, de verdad van a conocer la sangre.
No hizo falta decir más.
El subordinado salió corriendo a dar las órdenes.
Killa lo siguió, con paso firme, pero con el corazón latiéndole en el pecho de una forma que no reconocía.
No era miedo.
No era rabia.
Era… ¿protección?
No lo sabía.
Solo sabía que esa niña era lo más importante para Nox. Y que si él quería tener a Nox —realmente tenerla, no solo poseerla— necesitaba tener a la niña de su lado.
Lo llevaron a una habitación en el ala este del cuartel. Lejos de las celdas. Lejos del ruido. Lejos de todo.
Killa abrió la puerta.
Y la vio.
Sofía estaba sentada en una silla, demasiado grande para su cuerpo pequeño. Las piernas le colgaban. Los pies no llegaban al suelo. Llevaba el mismo jersey gris enorme de antes, pero ahora estaba sucio. Manchas de tierra. Manchas de algo oscuro que parecía sangre seca.
Su cara estaba manchada de lágrimas y mugre. El pelo enmarañado. Los ojos rojos de tanto llorar.
Parecía una muñeca rota abandonada en la lluvia.
Killa sintió algo raro en el pecho.
No supo qué era.
Se arrodilló frente a ella. Puso una sonrisa en su rostro —una sonrisa que no era la suya, una sonrisa dulce, falsa, de adulto que habla con una niña— e inclinó la cabeza.
—Hola, pequeña —dijo, con una voz que no reconoció como propia.
Sofía levantó la vista.
Lo miró con unos ojos enormes, asustados, húmedos. Los mismos ojos que Nox. La misma mirada de animal acorralado.
—Hola —respondió, en un hilo de voz.
Killa sonrió más. Fingió mejor.
—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó suavemente—. Cuéntame.
Sofía se mordió el labio. Las lágrimas volvieron a brotar.
—Me arrojaron a la calle —dijo, y su vocecita se quebró—. A la calle, señor. Con mis cosas. Me dijeron que me fuera y que no volviera.
Killa apretó los dientes por dentro. Pero por fuera mantuvo la máscara.
—¿Quién lo hizo? —preguntó.
Sofía lo miró a los ojos.
—Ko —dijo su nombre como quien dice veneno.
Killa sintió un escalofrío.
—Ko dijo que si no está mi hermana, de nada servía que yo estuviera ahí —continuó la niña, secándose las lágrimas con el dorso de la mano sucia—. Me echaron. Dijeron que era mejor si no estaba. Así mi hermana… así mi hermana sería de él.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar.
Killa no habló.
No durante un largo momento.
Se quedó arrodillado frente a la niña, mirándola, sintiendo cómo la rabia le subía por el pecho como un río de lava.
Ko.
La echó.
Usó a la niña como moneda de cambio.
La dejó en la calle.
Para que Nox no tuviera ataduras y pudiera ser "de él".
Killa respiró hondo.
—Entiendo —dijo, y su voz sonó tranquila. Demasiado tranquila.
Se puso de pie. Miró a Sofía desde arriba.
—Ahora estás a salvo —dijo—. Nadie va a hacerte daño aquí.
Sofía lo miró con desconfianza. Pero también con algo parecido a la esperanza. Los niños necesitan creer en alguien.
Killa sonrió. Esta vez, sin fingir tanto.
—¿Quieres ver a tu hermana? —preguntó.
Los ojos de Sofía se iluminaron como dos estrellas.
—¿Puedo? —susurró.
Killa asintió.
—Pero —dijo, agachándose otra vez para quedar a su altura— hay una condición.
Sofía frunció el ceño. Asustada otra vez.
—Debes decirle lo que sucedió —dijo Killa, despacio—. Todo. Quién te echó. Qué te dijo Ko. Por qué terminaste en la calle.
Sofía se quedó callada.
Killa puso una mano en su hombro. Suave. Casi paternal.
—Tu hermana tiene que saber la verdad, pequeña. Y tú eres la única que puede contársela.
Sofía asintió muy despacio.
—¿De acuerdo? —insistió Killa.
—De acuerdo —respondió ella, con la voz temblorosa.
Killa se puso de pie. Le tendió la mano.
—Ven. Vamos a ver a Nox.
Sofía tomó su mano.
Era pequeña. Fría. Temblorosa.
Killa sintió algo en el pecho. Algo que no sabía nombrar.
No era amor. No era odio. Era… responsabilidad.
O quizás, simplemente, la certeza de que ahora tenía la llave definitiva para el corazón de Nox.
La niña.
Sofía.
Y no iba a soltarla jamás.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...