Camilo Casadiego es heredero único ,de los CASADIEGO con una gran responsabilidad, Pero sin intenciones de dejar herederos, su padres intervendrán para asegurar su legado.
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la fiesta de compromiso
El señor Guillermo se encontraba en su estudio revisando algunos documentos cuando una empleada irrumpió suavemente en la habitación.
—Señor, hay alguien de mensajería en la puerta. Viene de parte de la clínica. Dice que tiene algo para usted y que debe entregárselo personalmente.
Guillermo levantó la vista.
—Bien, déjalo pasar.
Momentos después, una joven entró con uniforme de mensajería. Llevaba un casco bajo el brazo.
—Permiso, señor —dijo con educación—. El doctor Rafael me pidió que le entregara esto directamente. Por esa razón no lo dejé en la portería.
Guillermo tomó el sobre.
—Está bien. ¿Dónde firmo, señorita?
—Aquí, por favor.
Le extendió una tableta para registrar la entrega.
—El doctor también pidió que lo llamara cuando recibiera el sobre —añadió la joven—. Dice que lo atenderá enseguida.
—De acuerdo. Gracias, señorita. Que tenga buen día.
La joven se retiró y Guillermo abrió el sobre con cierta ansiedad. Dentro estaban los resultados de los exámenes de Camilo.
Sin perder tiempo, tomó su teléfono y llamó al doctor.
—Hola, buen día, señor Guillermo —respondió Rafael al otro lado de la línea—. Imagino que ya tiene el sobre en sus manos. La mensajera es muy eficiente.
—Sí, lo es. Pero me sorprende que no haya venido usted mismo.
—Estoy en medio de una urgencia. ¿Escuchó las noticias sobre el accidente de esta madrugada? Estoy ayudando en la clínica. El laboratorio me envió los resultados y, como todo estaba bien, no vi necesario retrasar la entrega.
Guillermo respiró con alivio.
—Entonces… ¿mi hijo está perfectamente?
—Así es —confirmó el médico—. Todos los exámenes salieron normales. Su hijo es un hombre completamente saludable.
Guillermo guardó silencio unos segundos.
—No sé si eso me tranquiliza… o me preocupa —murmuró finalmente—. De todas formas, gracias, doctor.
—Siempre a su servicio.
La llamada terminó.
Guillermo salió del estudio en busca de su esposa. En la cocina le informaron que Laura estaba en el jardín, cuidando sus rosales.
La encontró podando algunas ramas secas.
—Cariño —dijo él.
—Dime —respondió Laura sin dejar las tijeras.
—Ya tengo los resultados de Camilo.
Laura se volvió de inmediato.
—¿Vino el doctor?
—No. Los envió, pero ya hablé con él.
—¿Y qué dijo?
—Que nuestro hijo está perfectamente sano.
Laura suspiró.
—Entonces… no hay nada que le impida tener pareja.
—Nada en absoluto.
En ese momento una empleada se acercó.
—Señor, llegó este sobre para usted.
Guillermo lo abrió.
—¿Qué es? —preguntó Laura.
—Una invitación de Sergio.
—¿Para la boda?
—No. Para anunciar su compromiso… esta noche.
Laura abrió los ojos.
—¡Tan pronto! Y yo sin vestido.
Guillermo la miró con paciencia.
—Tienes muchos vestidos.
—No uno adecuado.
Luego sonrió con picardía.
—Además… en esa fiesta habrá muchas chicas elegantes. Quizás podamos encontrar un buen partido para nuestro hijo.
Guillermo levantó una ceja.
—¿Crees?
—Claro. Solo debemos ser observadores.
Guillermo suspiró.
—Está bien… vamos a comprar ese vestido.
Esa misma noche, el gran salón donde se celebraba la fiesta del compromiso estaba elegantemente decorado. Solo podían entrar los invitados con su respectiva invitación.
Camilo llegó con sus padres y fueron recibidos por Sergio y su prometida, Sonia.
—Gracias por venir —dijo Sonia con una sonrisa.
Luego los invitó a pasar.
Poco después, una voz llamó a Camilo.
—¡Camilo!
Era Javier, el cuñado de Sergio, acompañado de otros amigos.
—Ven, toma una copa con nosotros.
Camilo se acercó. Un valet hizo una señal y una joven mesera llegó con una bandeja de bebidas.
—Caballeros —saludó ella mientras servía whisky en varios vasos—. ¿Cuántos cubos de hielo desean?
—Uno —dijo Javier—. Lo quiero fuerte.
Los demás pidieron dos o tres.
Camilo guardaba silencio.
—¿Y tú? —preguntó Javier.
Camilo seguía mirando fijamente a la mesera.
—Yo… no quiero whisky. ¿Tienes champán?
—Claro, señor. Ahora se lo traigo.
Cuando la joven se alejó, Javier lo miró con curiosidad.
—¿Champán? Desde cuándo…
Camilo sonrió levemente.
—Mira sus caderas cuando camina.
Desde otro lugar del salón, Guillermo observaba la escena.
Reconoció inmediatamente a la joven.
Era la misma mensajera que le había entregado el sobre en la mañana.
Una chica sencilla… pero su hijo no dejaba de mirarla.
Guillermo se acercó discretamente a un mesero y le susurró algo al oído mientras le entregaba un par de billetes.
Minutos después, la joven regresó con el champán.
Camilo no apartaba los ojos de ella.
Laura notó la escena.
—Cariño… ¿qué haces?
—Ven, mira —dijo Guillermo—. ¿Ves a esa chica?
—La de cabello castaño.
—Sí. Ahora mira a nuestro hijo.
Laura observó con atención.
—Creo que empiezo a entender algo —murmuró.
—¿Qué?
Laura lo tomó del brazo y lo llevó hacia un balcón más tranquilo.
—Las mujeres de nuestro entorno son elegantes, sofisticadas… y muy exigentes. Quizás a nuestro hijo le atraen las mujeres sencillas.
Guillermo sonrió.
—Tal vez tengas razón.
—Además —añadió él—, esa chica fue la mensajera que me trajo los resultados del laboratorio esta mañana.
Laura lo miró sorprendida.
—Entonces debemos averiguar quién es.
—Lo haré mañana. Si es una buena chica… quizás podamos ayudar a nuestro hijo.
Laura asintió.
—Por ahora disfrutemos la fiesta.
En ese momento Sergio anunció oficialmente su compromiso y la fecha de la boda: tres semanas.
Los invitados aplaudieron.
Mientras tanto, la joven mesera aprovechó el momento para retirarse unos minutos hacia el pasillo de los baños.
Estaba agotada.
Entró al baño, se quitó los tacones y dejó que el frío del piso relajara sus pies.
Después de unos minutos volvió a colocarlos.
Al salir al pasillo, dio apenas dos pasos cuando una figura apareció frente a ella.
—Este es el baño de mujeres —dijo ella con firmeza—. ¿Qué hace aquí?
El hombre sonrió.
—No estoy equivocado de lugar… solo quería hablar contigo.
La joven retrocedió ligeramente.
—Es usted muy hermosa —continuó él acercándose—. No muchas mujeres llaman mi atención… pero tú lo has hecho toda la noche.
La joven apretó los puños.
—Aléjese o grito.
—Puedo darte mucho dinero —insistió él—. Solo dime cuánto quieres.
La respuesta fue inmediata.
Un fuerte puñetazo en el rostro.
El hombre retrocedió sorprendido mientras la joven escapaba corriendo hacia el salón.
Se limpió el labio y vio unas gotas de sangre en su mano.
—Vaya… qué carácter —murmuró.
Luego sonrió.
—Habrá otra oportunidad.
Y se dirigió hacia el baño de caballeros.
Pero alguien más había visto la escena…
y salió del pasillo con rapidez.