✅️Tras ser traicionado y reducido a una sombra, el brillo de Ian se apagó. Pero Ronen, un alfa de fuerza serena, llega para ser su escudo. Entre acordes rotos y traumas del pasado, su amor incondicional será la melodía que cure al omega, devolviéndole su voz y su lugar bajo el sol.
Esto puro amor😍✅️
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Esto es solo el prólogo
La noticia del cachorro transformó la casa de las madres en un cuartel general de ternura y seguridad absoluta. Si Ronen ya era un alfa protector antes, el saber que una pequeña vida, una mezcla de su fuerza y la dulzura de Ian, crecía en el vientre de su omega, lo había convertido en una sombra constante, cálida e infranqueable. El alfa caminaba ahora con los sentidos agudizados al límite. Su aroma a eucalipto se había vuelto más denso y amaderado, creando una burbuja de protección química tan potente que cualquier extraño se lo pensaría dos veces antes de acercarse. Solo Ian y la familia directa podían atravesar esa barrera sensorial sin sentir la advertencia territorial del alfa dominante.
Ian estaba sentado en la alfombra de la habitación que Ronen había empezado a decorar con una dedicación casi obsesiva. Ya no era solo un dormitorio, era el "nido". Habían traído mantas de la mejor lana, cojines que retenían el aroma de ambos y telas suaves en tonos tierra y crema. Las mejillas de Ian tenían un color melocotón saludable que no le daban los focos del escenario, y su aroma a miel era ahora tan denso y vibrante que recordaba a un campo de flores en el clímax del verano. Se sentía pesado, pero no era un peso de cansancio o de la opresión que Samuel solía imponerle, era la plenitud de un cuerpo que finalmente cumplía su propósito más primario: proteger la vida.
-Ronen, amor, solo voy a la cocina por un vaso de agua, no a escalar una montaña nevada.- Bromeó Ian, soltando una risita suave mientras intentaba levantarse.
Ronen, que estaba organizando unos libros en una estantería cercana, se giró al instante. Lo observaba desde el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre su pecho ancho, vistiendo una camiseta que apenas contenía sus músculos tensos. Su expresión era de una devoción tan pura que a Ian todavía le costaba procesarla.
-El suelo de madera está recién encerado y podrías resbalar, pequeño. Además, el cachorro ha estado moviéndose mucho esta mañana, necesitas descansar las piernas.- Sentenció Ronen con esa voz de mando que, lejos de molestar a Ian, lo hacía sentir como el tesoro más resguardado del mundo.
El alfa se acercó con pasos felinos y se arrodilló frente a él en la alfombra. Sus manos grandes y cálidas, capaces de derribar furgonetas en un túnel oscuro, se posaron sobre el vientre de Ian con una delicadeza casi religiosa. Ronen movía sus dedos con una lentitud detallada, cerrando los ojos para concentrarse en la conexión. A través del vínculo, Ian sintió cómo el lobo del alfa le lamía metafóricamente las manos al cachorro, reconociéndolo, reclamándolo.
Ian soltó un ronroneo profundo, un sonido que nacía en su pecho y que era la máxima expresión de felicidad de un omega. Echó la cabeza hacia atrás, dejando que el aroma de Ronen lo bañara.
-Si sigues consintiéndome así, el cachorro va a nacer creyendo que soy un mueble de lujo que no sabe caminar por sí solo.- Murmuró Ian, entrelazando sus dedos en el cabello oscuro de su alfa.
Ronen sonrió, esa sonrisa ladeada y cargada de ternura que solo Ian tenía el privilegio de presenciar. Se separó apenas unos centímetros, pero no se puso de pie. En su lugar, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una pequeña caja de terciopelo azul marino. El ambiente en la habitación se detuvo de golpe. El aire se volvió solemne, cargado de una lealtad tan antigua como el tiempo mismo.
-No quiero que este cachorro nazca en medio de una gira caótica o en la frialdad de una suite de hotel, mi amor.- Dijo Ronen, su voz vibrando con una seriedad que hizo que el vello de los brazos de Ian se erizara -Quiero que nazca en un hogar legal. Quiero que seas mi esposo ante los ojos de todos, no solo por la marca. Quiero que llevemos el mismo apellido, que compartamos cada documento y cada sueño, y que el mundo entero entienda de una vez por todas que este omega y este cachorro son mi principio y mi fin.-
Abrió la caja. Dentro, un anillo de oro blanco sostenía una piedra de ámbar pulida, cuya tonalidad era un espejo exacto de los ojos de Ronen cuando lo miraba con amor.
-Ian, mi sol de primavera... ¿me dejarías ser el alfa de tu vida oficialmente? ¿Te casarías conmigo?-
Ian sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Las lágrimas comenzaron a desbordar sus ojos, pero no eran las lágrimas amargas del pasado, eran gotas de una felicidad que quemaba de forma hermosa, limpiando cualquier rastro de duda. Sin poder articular palabra al principio, se lanzó a los brazos de Ronen, rodeando su cuello con fuerza, enterrando el rostro en ese cuello que olía a eucalipto, a seguridad y a hogar.
-Sí, mil veces sí.- Susurró Ian contra su oído, su voz quebrada por la emoción -Pero solo si me prometes una cosa... que las madres organizarán la fiesta. Sabes que Delfina entraría en crisis si no la dejamos elegir el menú.-
Ronen soltó una carcajada llena de alivio y triunfo, apretando a Ian contra su cuerpo, teniendo cuidado de no presionar su vientre, pero queriendo fundirse con él.
La noticia de la boda fue el combustible que terminó de encender la alegría en la casa. Delfina e Irina se encargaron de todo con una mezcla de eficiencia militar y amor maternal. No sería un evento para la prensa ni para los patrocinadores. Samuel y su mundo de sombras ya no tenían lugar aquí. Sería una ceremonia íntima, protegida por los muros de piedra y los jardines de la familia.
El día señalado, el jardín parecía haber sido extraído de un sueño de Ian. Guirnaldas de lavanda fresca colgaban de los árboles de roble, y miles de luces blancas minúsculas imitaban una lluvia de estrellas sobre el césped. Ian se miró al espejo por última vez antes de salir. Vestía un traje color crema, con un corte diseñado para acomodar con elegancia su silueta de omega gestante. Su piel brillaba con una salud radiante y su mirada ya no buscaba una salida de emergencia, buscaba a su alfa.
Al salir al jardín, la música llenó el aire. Ronen lo esperaba al final del camino de pétalos. El alfa vestía un traje negro impecable, pero lo que realmente destacaba era su rostro. Al ver a Ian caminar hacia él, el control de Ronen flaqueó. Sus ojos se humedecieron y su lobo interno aulló de orgullo, enviando ráfagas de feromonas de pura satisfacción que hicieron que incluso las flores parecieran abrirse más.
Cuando llegaron frente al altar improvisado, bajo un arco de flores silvestres, Ronen tomó las manos de Ian. El roce de sus pieles envió una onda de paz absoluta por el vínculo.
-Yo, Ronen, te tomo a ti, Ian, como mi omega, mi esposo y mi compañero de manada para toda la eternidad.- Declaró el alfa, su voz profunda resonando en el silencio del atardecer -Prometo ser tu escudo inquebrantable en la tormenta y el sol que caliente tus inviernos más crudos. Mi aroma será siempre tu refugio y mi pecho será siempre tu almohada. Te cuidaré a ti y a nuestro fruto con cada gota de mi sangre.-
Ian apretó las manos de Ronen, sintiendo el peso del anillo de compromiso y la pequeña vida moviéndose suavemente entre ellos, como si el cachorro también estuviera celebrando.
-Yo, Ian, te tomo a ti, Ronen, como mi alfa, mi guía y mi paz definitiva.- Respondió el omega, mirando fijamente esos ojos color oro -Gracias por rescatarme del eclipse de mi propia vida y por enseñarme que mi miel no es un producto, sino un regalo. Te entrego mi voz, mi aroma y mi existencia entera. Ya no tengo miedo, porque sé que donde tú estés, ahí está mi hogar.-
No hubo necesidad de discursos largos ni de protocolos vacíos. Se besaron bajo una lluvia de pétalos de lavanda que Delfina y los hermanos de Ronen lanzaron al aire. Fue un beso lento, que sabía a compromiso sellado con alma y cuerpo. En ese instante, el aroma de ambos se fusionó de forma permanente, creando una fragancia nueva y única que flotaba sobre los invitados: el perfume de una manada que acababa de nacer oficialmente.
Durante la fiesta, lejos de los ruidos de la ciudad, Ian se sentó en el regazo de Ronen bajo una carpa de luces. Estaba exhausto por el peso del embarazo y la carga emocional del día, pero se sentía más ligero que nunca. Ronen lo envolvía con sus brazos, frotando su mejilla contra la de Ian con suavidad, realizando ese gesto instintivo de "marcado" frente a todos para impregnarlo con su olor de satisfacción y pertenencia.
-¿Estás cansado, esposo mío?- Preguntó Ronen, su aliento cálido rozando el oído de Ian y enviando escalofríos de placer por su espalda.
-Un poco...- Admitió Ian, cerrando los ojos y dejándose acunar por el movimiento del pecho del alfa -Pero es el cansancio más hermoso del mundo. Siento que finalmente he llegado a la orilla después de estar naufragando tanto tiempo.-
-Esto es solo el prólogo, pequeño.- Respondió el alfa, bajando la cabeza para besar la marca en su cuello, que ahora brillaba bajo las luces del jardín -El próximo capítulo de nuestra vida tiene nombre de cachorro, pasos pequeños corriendo por nuestra casa y un olor eterno a felicidad.-
Esa noche, mientras la luna llena brillaba sobre el jardín, Ian se durmió en los brazos de su alfa, envuelto en una manta que olía a eucalipto y miel. El eclipse ya no era más que un recuerdo borroso, una sombra que solo había servido para que la luz de su nueva familia brillara con una fuerza que nada ni nadie podría apagar jamás. La "Burbuja de miel y eucalipto" era ahora un mundo completo, y ellos eran sus únicos y soberanos dueños.