Doña Matilde, una mujer de setenta años, pasa sus noches viendo novelas y criticando a las protagonistas ingenuas que confían en las personas equivocadas. Mientras mira una historia donde la dulce Sonia será traicionada y asesinada por su propia prima, Matilde no puede evitar enfurecerse por tanta ingenuidad. Pero un repentino paro cardíaco cambia su destino.
Al despertar, descubre algo imposible: ya no es Doña Matilde. Ahora es Sonia, la protagonista de la novela Amor cruel, cruel destino.
Con todos los recuerdos de la historia y sabiendo que su prima Paula planea destruirla, Matilde tiene una ventaj noa que nadie más posee: conoce el final.
Y esta vez no piensa permitir que ocurra. Porque si el destino cree que Sonia debe morir… tendrá que enfrentarse a una mujer que no tiene miedo de cambiar la historia
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Aguas tranquilas
Dos meses habían pasado desde que Sonia comenzó a trabajar en la empresa de su padre.
Sesenta días de revisiones, archivos, números y conversaciones.
Y aunque había avanzado mucho en su investigación, algo seguía sin encajar.
Sonia estaba sentada en su escritorio del departamento administrativo, revisando por tercera vez el mismo conjunto de documentos.
—Otra vez… —murmuró.
Cada vez que estaba cerca de descubrir algo importante sobre el enorme desfalco que estaba drenando las finanzas de la empresa, algo extraño ocurría.
Un nuevo archivo aparecía.
Un documento desaparecía.
O algún superior le pedía revisar otra área.
Siempre la desviaban.
Siempre.
—Esto no es coincidencia —pensó.
Miró la pantalla de la computadora.
Las cifras eran claras.
La empresa estaba prácticamente en números rojos.
Si su padre llegaba a descubrirlo, no quiero ni pensarlo que ocurriría, el viejito capaz y le da un infarto ahí mismo…
Sonia suspiró.Se alteraría demasiado.
Don Sergio siempre había sido un hombre orgulloso de su trabajo.
Ver que todo lo que construyó durante años estaba colapsando podría afectarlo gravemente.
—No puedo dejar que eso pase.
Pero había otro detalle que también la inquietaba.
Paula.
Durante esos dos meses su prima había estado extrañamente tranquila.
Demasiado tranquila diría yo.
Sonia se recostó en la silla pensativa.
—No ha hecho nada.
Ni comentarios venenosos.
Ni provocaciones.
Ni discusiones.
Nada.
Pero eso no la tranquilizaba en absoluto.
Al contrario.
—Cuando las aguas están quietas en el río… —murmuró.
—Por debajo hay corrientes profundas.
Algo estaba haciendo,estaba segura.La intuición no se equivoca, y eso no significa que estoy loca.
—Y eso nunca es buena señal.
Aun así, no había encontrado nada sospechoso directamente relacionado con Paula.
Por ahora.
Sonia cerró la laptop.
—Bueno… por ahora hay otra prioridad.
Miró el reloj.
—Tengo que hablar con papá.
Se levantó del escritorio con una idea clara en su cabecita.
Necesitaba alejar a sus padres.
Antes de que todo salga a la luz.
Porque si el escándalo financiero estallaba mientras ellos estaban cerca…
Sería demasiado duro para sus amados padres.
—Tengo que convencerlos de irse de vacaciones.
Además, también quería mantenerlos lejos de Paula.
—Esa víbora no puede estar cerca de ellos cuando todo esto sea expuesto.Caminó hacia el estacionamiento.
—Es mejor prevenir que lamentar.
Horas después…
La familia estaba reunida en el comedor de la mansión para la cena.
La mesa estaba llena de platos exquisitos y el ambiente era armonioso.
Don Sergio contaba una historia divertida de la empresa.
Doña Margarita reía suavemente.
Incluso Sonia sonreía mientras escuchaba.
Por un momento parecía una noche normal.
Pero Sonia sabía que esa tranquilidad no duraría mucho.
En medio de la conversación, Doña Margarita de repente se llevó una mano a la frente.
—¿Mamá? —preguntó Sonia.
La mujer respiró profundo.
—Creo… que estoy un poco mareada.
Don Sergio se inclinó hacia ella preocupado.
—Querida, ¿estás bien?
Doña Margarita intentó sonreír.
—Sí, amor.
Pero su voz sonaba débil.
—Creo que se me bajó la presión.
Se recostó ligeramente en la silla.
—Últimamente me he sentido mareada… y con náuseas.
Don Sergio frunció el ceño inmediatamente.
—Entonces tenemos que ir al médico.
Doña Margarita negó con la cabeza.
—No exageres.
—Solo es la presión.
Pero Sonia vio una oportunidad perfecta.
—Bueno… —dijo con calma—. Justamente quería hablar con ustedes de algo.
Sus padres la miraron.
Sonia sacó su celular.
—¿Saben qué? Creo que necesitan descansar.
Mostró la pantalla.
—Miren esto.
Don Sergio y Doña Margarita se inclinaron para ver.
—Es un viaje en crucero.
Doña Margarita abrió los ojos con sorpresa.
—¿Un crucero?
Sonia asintió.
—Tres meses.
—Sin tecnología.
—Sin trabajo.
—Solo descanso, tranquilidad y paisajes hermosos.
Sonrió.
—Es perfecto para ustedes.
Doña Margarita miró a su esposo con interés.
Pero antes de que él respondiera, Paula intervino.
—No creo que eso sea posible.
Todos la miraron.
Paula sonrió falsamente.
—Mi tíito tiene que trabajar en la empresa.
Sonia respondió con tranquilidad.
—No te preocupes, primita.
La miró con una pequeña sonrisa.
—Justamente por eso he estado yendo a la empresa.
Don Sergio levantó las cejas.
—¿A sí?
—Sí, papi.
Sonia habló con voz melosa.
—He estado aprendiendo mucho estos dos meses y tú hija es bien lista.
Luego añadió con naturalidad:
—Podría reemplazarte mientras estás de vacaciones.
El silencio llenó la mesa.
—¿De verdad harías eso? —preguntó Don Sergio.
Sonia asintió.
—Claro.
—Confía en mí papi.
Luego levantó nuevamente el celular.
—Además…
Sonrió con picardía.
—Ya hice una reservación.
Doña Margarita abrió la boca sorprendida.
—¿En serio?
—Sí.
Sonia se encogió de hombros.
—Solo tienen que aceptar.
La madre miró a su esposo con una expresión de vamos a esta aventura.
—Sergio…
—Podría ser lindo.
—Hace años que no hacemos un viaje así.
Don Sergio dudó unos segundos.
Pero finalmente sonrió.
—Bueno…
Miró a Sonia con orgullo.
—Si mi hija se siente capaz de manejar la empresa por un tiempo…
Sonia asintió.
—Lo soy.
Doña Margarita tomó la mano de su esposo.
—Será como nuestra segunda luna de miel.
Sonia le guiñó un ojo a su madre.
Ambas se rieron.
Don Sergio también comenzó a reír.
—Está bien.
—Acepto.
—Nos iremos de viaje.
Sonia sonrió satisfecha.
—El crucero sale este fin de semana.
—Así que tienen que prepararse.
Sus padres parecían felices.
Pero alguien en la mesa no compartía esa alegría.
Paula.
Su sonrisa era rígida.
Por dentro…
Estaba rechinando los dientes de rabia.
Porque ese viaje…
Podría arruinar completamente lo que había planeado.