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SOMBRAS DE AETHELGARD

SOMBRAS DE AETHELGARD

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Amor prohibido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa
SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.

Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.

Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: El Despertar del Oro y el Acero

La luz grisácea del amanecer se filtró por las pesadas cortinas de seda de la habitación ducal, bañando el inmenso lecho de madera tallada. Isolde abrió los ojos lentamente, sintiendo el frío de la cama. Estaba sola. El espacio a su lado, donde debería haber estado su esposo, estaba intacto, frío y vacío.

Se incorporó con dificultad, sintiendo el peso de su cabello rubio desordenado sobre la espalda. Al moverse, un pinchazo de dolor en su brazo derecho la hizo jadear. Se subió la manga de su camisón de encaje y lo vio: cuatro marcas oscuras, del color de las ciruelas maduras, tatuadas sobre su piel blanca. Eran las huellas de los dedos de Alaric.

—Bruto... —susurró, aunque en el fondo de su corazón, el recuerdo de la mirada de él anoche, esa chispa de deseo que él intentó apagar con insultos, le provocaba un escalofrío que no era de miedo.

Se levantó y caminó hacia el gran espejo de plata. Su reflejo le devolvió la imagen de una niña asustada: delgada, pequeña, con unos ojos azules que parecían demasiado grandes para su rostro pálido. Pero hoy no quería ser una niña.

Llamó a sus doncellas y les ordenó que prepararan su baño. Eligió para ese día un vestido de seda en color marfil y oro, con mangas acampanadas que ocultaban las marcas de su brazo y un corpiño que resaltaba su pequeña pero firme figura. Sus criadas la peinaron con delicadeza, dejando su cabello dorado caer como una cascada de sol hasta su cintura.

—¿Dónde está el Duque? —preguntó Isolde mientras una de las criadas le ajustaba el corsé.

Las mujeres se miraron entre sí, nerviosas. Una de ellas, la más joven, bajó la mirada.

—Salió antes de que cantara el gallo, mi señora. Dicen... dicen que fue a las mazmorras del ala norte. Hubo gritos que se escucharon hasta en la cocina.

Isolde sintió que se le helaba la sangre. Cédric.

—También dicen —susurró la otra criada— que mandó llamar al verdugo. "El Carnicero" tiene hambre de sangre esta mañana.

Isolde no esperó a que terminaran. Salió de la habitación con paso decidido, sus faldas de seda susurrando contra el suelo de piedra. Tenía que detenerlo. Si Alaric mataba al plebeyo, Genevieve no sobreviviría a la pena, y el secreto que ambas compartían moriría con él bajo el hacha.

Cruzó los pasillos oscuros del castillo de Aethelgard. Los guardias se apartaban al verla pasar, impresionados por la belleza frágil de la joven duquesa que parecía caminar hacia su propia ejecución. Al llegar a la entrada de las mazmorras, un aire húmedo y cargado de olor a hierro y moho la recibió.

Allí estaba él.

Alaric estaba de espaldas, sin camisa a pesar del frío del sótano. Su espalda era un mapa de músculos poderosos y cicatrices de batallas antiguas. Su cabello oscuro, todavía húmedo por el rocío de la mañana, caía sobre sus hombros anchos. Medía casi dos metros de pura fuerza bruta. En su mano derecha sostenía un látigo de cuero pesado, y frente a él, encadenado a la pared y sangrando, estaba Cédric.

—¡Detente! —gritó Isolde, su voz resonando en las paredes de piedra.

Alaric se giró con una lentitud que prometía violencia. Su cara de malo estaba manchada con unas gotas de sangre ajena. Sus ojos café se clavaron en los azules de ella con una intensidad que la obligó a retroceder un paso.

—Te dije que no salieras de tus aposentos, Isolde —dijo él, su voz era un rugido bajo que erizaba la piel.

Caminó hacia ella, dejando el látigo sobre una mesa de tortura. Con cada paso, su imponente figura parecía hacerse más grande, llenando todo el espacio de la mazmorra. Se detuvo a centímetros de ella, obligándola a levantar la barbilla para verlo. El olor a sudor, sangre y pino la envolvió.

—Vete de aquí. Este no es lugar para una muñeca de porcelana —dijo él, agarrándola de la mandíbula con una mano grande y callosa. No apretó fuerte, pero su tacto era firme, dominante.

—No voy a dejar que lo mates —desafió ella, a pesar de que sus piernas temblaban—. Es solo un hombre que cometió un error por amor. ¿Es que tú no tienes corazón, Alaric?

Él soltó una carcajada seca, sin una pizca de humor. Se inclinó hacia ella, su barba rozando la mejilla de Isolde.

—El corazón es una debilidad que los hombres como yo no podemos permitirnos. Él entró en mi castillo. Desafió mis leyes. Y ahora pagará el precio.

—Entonces mátame a mí también —dijo ella, con lágrimas de rabia en los ojos—. Porque no pienso ser la esposa de un asesino sin alma. ¡Mírame! ¡Dices que soy una niña, pero tengo más valor que tú, que necesitas un látigo para sentirte poderoso!

Alaric se tensó. Sus ojos bajaron por el cuello de ella, notando cómo el pulso de Isolde latía con fuerza. Vio el vestido hermoso, el contraste de su fragilidad con la oscuridad de la mazmorra. Por un momento, la brutalidad en su rostro flaqueó. Su mano bajó de su mandíbula y se cerró en un puño a su costado.

Se acercó más, invadiendo el espacio de ella hasta que Isolde sintió el calor de su pecho desnudo contra su vestido de seda. Él era fuego y ella hielo.

—Eres una mujer muy testaruda, Isolde —susurró él, y esta vez su voz tenía un tono que ella no conocía, algo que vibraba en lo más profundo de su vientre—. Pero no me tientes. No sabes de lo que soy capaz cuando pierdo el control.

La agarró de los hombros y la sacudió apenas, lo suficiente para que ella sintiera su fuerza masiva.

—Llévensela —ordenó a los guardias, sin quitarle los ojos de encima—. Y que no vuelva a salir de la torre hasta que yo lo diga.

Isolde fue arrastrada fuera de las mazmorras, pero antes de que la puerta se cerrara, vio a Alaric volverse hacia Cédric. Pero no levantó el látigo. En lugar de eso, le hizo una señal a uno de sus hombres de confianza y le susurró algo al oído mientras le entregaba una llave.

Solo Alaric sabía que en ese momento no estaba planeando una ejecución, sino un escape secreto. Pero para el resto del mundo, y para su joven esposa, él seguía siendo el monstruo de Aethelgard.

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Helizahira Cohen
voy a empezar esta, lei tu primera novela entre Mareas muy bonita
Nelida Fuenteseca
Bastante caprichosita!!!
b zamitiz
🙂
Alexandra Ortiz Posada
Buen comienzo, gracias por compartir tu talento, bendiciones
mailyn rodriguez
Hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi. gracias.
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