Él era solo un niño de 20 años; ella, una guerrera de 28 huyendo de una traición.
Cuando Elena despierta en una casa de seguridad, lo último que espera es encontrarse con un joven de mirada color miel y una confianza que la descoloca. Tras una noche de pasión que ella jura olvidar, Elena lo desprecia: "Niño, busca a tu padre, no tengo tiempo para juegos".
Él solo le responde con una promesa que le quema el alma: "Este niño acaba de darte el mejor recuerdo de tu vida... y voy a volver por ti".
Diez años después, el niño se ha convertido en un hombre implacable. Elena ha sobrevivido a todo, pero no está lista para el regreso de aquel extraño. Él no ha olvidado su aroma, su fuerza, ni a su "gordita". Esta vez, no aceptará un "no" por respuesta.
Una historia de reencuentro, poder y una obsesión que el tiempo no pudo borrar.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 1
El placer fue lo primero que regresó a ella, antes que la memoria.
En la penumbra de una habitación desconocida, el cuerpo de ella —rotundo, de curvas poderosas y piel cálida— se movía bajo las sábanas de seda negra con una urgencia eléctrica. Sus manos recorrían sus propios muslos, subiendo por la curva de sus caderas anchas hasta perderse en el alivio de su propia caricia. Los espasmos finales la hicieron arquear la espalda, sus pechos subiendo y bajando con fuerza mientras un gemido ahogado se perdía contra la almohada. En ese instante de éxtasis, el mundo exterior, la traición y la sangre no existían. Solo existía el calor.
Se quedó dormida en ese vacío perfecto.
Cuando el sol se filtró por las persianas, la realidad la golpeó como un balde de agua fría. Se sintió observada. Sus instintos de guerrera, forjados en años de no dejarse pisotear por nadie, se encendieron de inmediato.
Abrió los ojos y lo vio.
Estaba sentado en un sillón individual, con una pierna cruzada sobre la otra. Era joven, insultantemente guapo. Tenía una mandíbula tan marcada que parecía tallada en piedra y unos hombros anchos que apenas cabían en su camiseta negra. Pero lo que la detuvo en seco fueron sus ojos: color miel, profundos y fijos en ella con una intensidad que le quemaba la piel.
De repente, un aroma inundó sus fosas nasales. Era una mezcla de sándalo, madera húmeda y algo metálico, una fragancia masculina y embriagadora que le hizo dar un vuelco al corazón. Ella reconoció ese olor. Lo reconoció de la noche anterior, en los fragmentos de memoria que empezaban a encajar.
—¿Te gusta lo que ves? —La voz de él era profunda, un barítono que vibraba en las paredes.
Ella se incorporó de golpe, ignorando el dolor en su costado. No recordaba cómo había llegado allí tras el altercado en el muelle, pero sabía que ese no era su hogar. Sin decir palabra, se bajó de la cama. Sus 80 kilos se movían con la agilidad de una leona; a pesar de su estatura de 1.60, su presencia llenaba el lugar. Buscó su ropa por la habitación, sintiendo la mirada de él recorriendo cada centímetro de su espalda, sus glúteos y la firmeza de sus piernas. No se tapó. Ella no se avergonzaba de su volumen; su cuerpo era su templo y su arma.
—¿Dónde están mis cosas? —preguntó ella, encontrando sus pantalones tácticos.
—En la mesa. Estaban sucias de... el "incidente" de anoche.
Ella se detuvo y lo miró de frente, ajustándose el sujetador mientras sostenía la mirada color miel.
—¿Cuántos años tienes? —soltó ella con desdén.
—Veinte —respondió él, sin pestañear.
Ella soltó una carcajada seca, cargada de amargura y suficiencia. Se terminó de vestir con movimientos bruscos.
—Lo que me faltaba... Me acosté con un niño —dijo, acercándose a él para recuperar su arma de la mesa—. Escucha, mocoso: busca a tu padre. Dile que le agradezco el refugio, pero no tengo tiempo para juegos. Tengo una traición que cobrar y no necesito a un principiante estorbando.
Se dio la vuelta para salir, pero antes de que pudiera tocar el picaporte, sintió el calor de él justo detrás de ella. No la tocó, pero su presencia era una muralla. Él se inclinó, su boca rozando el lóbulo de su oreja, y ese aroma bendito la mareó de nuevo.
—Este niño —susurró él con una seguridad que la dejó helada— acaba de darte el mejor recuerdo de tu vida. Y tú lo sabes.
Ella se tensó, apretando los puños. No podía negarlo. El eco de sus gritos de placer de la noche anterior todavía resonaba en sus oídos. Se zafó de su sombra y abrió la puerta con fuerza.
—No te molestes en buscarme —sentenció ella sin mirar atrás.
—No tendré que buscarte —dijo él, su voz cargada de una promesa antigua—. Porque voy a volver por ti. Jamás olvidaré a mi gordita.
Ella soltó un bufido de incredulidad mientras caminaba por el pasillo.
—Sí, sí... lo que digas, niño. Sigue soñando.
Cerró la puerta principal convencida de que jamás volvería a ver a ese joven de ojos color miel. No sabía que, en ese mismo instante, él acababa de marcar el inicio de una cuenta regresiva de diez años.