Me desperté aturdida en un lugar desconocído y después de una serie de acontecimientos me di cuenta que habia reencarnado en una novela, pero mi personaje no existia
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La duda que germina
Amara
Después de curar las heridas de los últimos soldados, empecé a salir más de la tienda médica.
Y fue entonces cuando lo noté.
Las constantes miradas de Aurelian.
No eran casuales.
No eran breves.
Eran… analíticas.
Eso me ponía nerviosa.
Pero no todo era malo. En algo sí había avanzado: me había integrado con los soldados. Muchos me saludaban con cariño, otros me sonreían, y algunos incluso me traían comida o pequeños regalos en agradecimiento por haberles salvado la vida.
Eso era bueno.
La gratitud crea lealtad.
Y la lealtad… crea aliados.
Sin embargo, la guerra no terminaba.
Al contrario, parecía estancarse cada vez más.
Los heridos llegaban constantemente al campamento, y mi trabajo solo aumentaba.
Una noche, al salir de mi turno, la lluvia empezó a caer.
—Ten —dijo un soldado, colocando su chaqueta sobre mis hombros—. Te vas a enfermar.
—Gracias.
Entonces lo sentí.
Esa mirada.
Levanté la vista.
Y ahí estaba.
Aurelian.
De pie bajo la lluvia, observándome.
Lo miré fijamente y, antes de que mis nervios me traicionaran, caminé hacia él.
—Hola. Hace rato que no nos veíamos —dije, abrazándome a mí misma por el frío—. Ha estado bastante ocupado, ¿no? Ya llevamos más de siete meses en esta guerra… y aún no termina.
Solté un suspiro.
Él asintió.
—Sí. Ha pasado un largo tiempo. La guerra se ha estancado. Ninguno de los dos lados quiere ceder, y las conversaciones políticas no han llegado a ningún acuerdo.
Perfecto.
Era el momento.
Incliné ligeramente la cabeza, mirando la lluvia caer.
—¿Sabes? Me pregunto por qué el país vecino nos atacó.
Él no respondió.
Continué, como si fuera un pensamiento casual.
—Quiero decir… son más ricos que nosotros. Nunca antes lo habían intentado. Se suponía que teníamos buenas relaciones…
Fruncí levemente el ceño.
—No lo sé… esto no me da buena espina.
Silencio.
Podía sentir su mirada clavada en mí.
—¿Qué tratas de decir? —preguntó finalmente—. Lo más probable es que su nuevo rey sea avaricioso y quiera nuestras tierras.
Sonreí apenas.
—¿Tú crees?
Lo miré a los ojos.
—Pero… ¿por qué ahora?
No dijo nada.
Bajé la mirada, como si me sintiera tonta.
—Ah… en fin. No sé nada de política. Olvídalo. Tengo que ir a ver al pequeño Mateo.
Pasé junto a él.
—Buenas noches, duque.
—Buenas noches… Amara.
Sentí su mirada en mi espalda mientras me alejaba.
Sonreí.
Había funcionado.
No lo dije directamente.
Solo planté la duda.
Y él haría el resto.
Una vez dentro de mi tienda, abracé a Mateo.
—Todo saldrá bien… —susurré.
Si todo salía como debía…
La guerra terminaría antes de lo previsto.
Y Aurelian no caería solo.
Aurelian
La observé hasta que desapareció entre las tiendas.
Sus palabras seguían resonando en mi mente.
¿Por qué ahora?
Era una pregunta simple.
Pero peligrosa.
Porque yo mismo no tenía la respuesta.
Entré a mi tienda y me reuní con los generales.
Revisamos las bajas.
Los suministros.
Las estrategias.
Pero mi mente no estaba ahí.
Estaba con ella.
Cuando la reunión terminó, solo uno se quedó.
Marcos.
Mi hombre de mayor confianza.
—Dime algo, Marcos —dije, sirviéndome una copa—. ¿Qué opinas de esta guerra?
Él soltó una risa seca.
—Que es una mierda.
Sonreí levemente.
—Siempre tan diplomático.
—¿Diplomático? —bufó—. Estamos aquí muriendo para defender a ese maldito rey de mierda.
Lo miré.
—Nunca te agradó, ¿verdad?
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—Ese hombre me da mala espina.
Silencio.
Luego agregó:
—Para mí, él empezó esta guerra.
Mi mano se detuvo.
—¿Por qué dices eso?
—Porque conozco gente en Eryndor.
Lo miré fijamente.
—Y no son estúpidos. No iniciarían una guerra sin razón.
Bebió un trago.
—Para que ese reino haya atacado… algo debió pasar.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
Peligroso.
—Tal vez… —dije lentamente—. Tal vez tengas razón.
Las palabras de Amara volvieron a mi mente.
¿Por qué ahora?
Apreté la copa.
Demasiadas coincidencias.
Demasiadas dudas.
Demasiadas mentiras.
Y en el centro de todo…
Ella.
La mujer sin pasado.
El niño con mi sangre.
Y la guerra sin sentido.
Por primera vez…
Empecé a preguntarme si el verdadero enemigo…
Estaba en nuestro propio reino.
pensó que podría pero ya demostró Aurelian su potencial y que Amara no es una muñeca de decoración allá gobernará como igual a Aurelian no será una muñeca de adorno