Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 23
Narrado por: Alexander
El cristal de mi oficina en el piso 50 de la Torre Thorne vibra con el murmullo de una ciudad que no sabe que sus cimientos están podridos. Observo mi reflejo: un hombre con un traje de tres piezas que oculta las cicatrices de una guerra que nunca termina. Mis nudillos todavía están un poco inflamados de mi "conversación" con Valente, pero el dolor físico es un alivio comparado con la presión que siento en las sienes.
Isabella está en la otra punta de la ciudad, ocupando el trono de Marcus Colón. Me llega información de que ha despedido a tres directivos en las últimas dos horas. Es implacable. Es hermosa en su destrucción. Pero esa misma fuerza es la que me aleja de ella; cuanto más se parece a la reina que el mundo necesita, más temo que descubra que el rey que tiene al lado es solo un conjunto de mentiras bien vestidas.
—Señor, tenemos una anomalía en el departamento de logística —la voz de Miller suena por el intercomunicador, pero esta vez tiene una nota de urgencia que no me gusta.
—Adelante.
Miller entra. No trae carpetas, trae una tableta con gráficos de flujo de capital que sangran en rojo.
—Alguien ha estado desviando fondos de las cuentas de seguridad de la mansión. No es un hacker externo, señor. Las claves usadas pertenecen al nivel de administración superior.
—¿Quién? —mi voz es un latigazo.
—Las credenciales son de Harris —responde Miller, bajando la vista.
Siento como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Harris. Mi jefe de finanzas, el hombre que estuvo conmigo cuando Thorne Industries era solo una oficina llena de deudas y promesas de venganza. Si él me ha traicionado, nadie en esta empresa es de fiar.
—Tráelo aquí. Ahora.
Mientras espero, el silencio de la oficina se vuelve asfixiante. Me sirvo un whisky, pero el alcohol no quema lo suficiente. Mi mente vuela hacia Isabella. La necesito. Necesito sentir su piel contra la mía para recordar por qué sigo luchando en este nido de ratas. El deseo que siento por ella es una enfermedad crónica; no importa cuántas veces nos poseamos en la oscuridad de la mansión, nunca es suficiente. Es como si cada vez que nos unimos, intentáramos fusionar nuestras almas para que los secretos no tengan espacio donde esconderse.
La puerta se abre. Harris entra escoltado por dos guardias. Está pálido, sudoroso. Sabe que la Bestia ha olido la sangre.
—Alexander, puedo explicarlo... —empieza a decir, pero lo interrumpo estrellando el vaso de whisky contra la pared detrás de su cabeza. El sonido del cristal rompiéndose es el único juicio que necesita.
—¿Cuánto, Harris? ¿Y por qué? —me acerco a él con una lentitud depredadora.
—Varga... él me contactó antes de lo del puerto —balbucea—. Tenía grabaciones, Alexander. No de lo de tus padres, sino de lo que hiciste después. De cómo liquidaste a los socios minoritarios para consolidar el poder. Amenazó con destruir a mi familia.
—Todos tenemos familia, Harris. La diferencia es que yo mataría por la mía. Tú la usaste como excusa para robarme.
Lo agarro por la solapa y lo estampo contra el ventanal. La ciudad de cristal se extiende a sus espaldas, un abismo que parece invitarlo a caer. En ese momento, mi teléfono vibra. Es un mensaje cifrado de Isabella.
"He encontrado algo en la caja fuerte privada de Marcus. Necesitas ver esto. Ven a la mansión de mi padre. Ahora."
La urgencia en sus palabras me hace soltar a Harris. Le hago una señal a Miller.
—Llévalo al sótano. Que no hable con nadie. Volveré por él.
Salgo de la torre a toda velocidad. El trayecto hacia la antigua residencia de los Colón es un borrón de luces y adrenalina. Cuando llego, la casa está sumida en una penumbra elegante. Isabella me espera en la biblioteca, rodeada de los libros de su padre. Lleva un vestido de punto negro, ceñido, que resalta cada curva de su cuerpo. Al verme entrar, su mirada es una mezcla de angustia y una resolución que me aterra.
—¿Qué has encontrado? —pregunto, acercándome a ella.
Ella sostiene un documento amarillento, una póliza de seguro de vida y un contrato de fideicomiso que data de hace veinte años.
—No fue solo Marcus, Alexander —dice ella, su voz temblando—. Mira los beneficiarios contingentes del fideicomiso de tu familia.
Tomo el papel. Mis ojos escanean las líneas legales. El corazón se me detiene. El beneficiario en caso de la muerte de mis padres no era solo Thorne Industries. Había un tercero. Una entidad llamada "Luz de Luna".
—¿Qué es esto? —pregunto.
—Es una cuenta de ahorros a nombre de mi madre —responde Isabella, acercándose tanto que puedo sentir el calor que emana de ella—. Alexander... tu padre y mi madre tenían una relación. Marcus lo sabía. El ataque de Varga no fue solo por poder o por rutas de contrabando. Fue una ejecución por honor. Marcus usó a Varga para eliminar al hombre que le estaba quitando a su esposa.
El mundo se tambalea bajo mis pies. La traición de Marcus no fue solo financiera; fue pasional. Mi padre y su madre. El círculo de sangre se cierra sobre nosotros de una manera casi poética y repugnante.
—Todo fue una mentira —susurro, dejando caer el papel.
Isabella me rodea con sus brazos, pegando su cuerpo al mío. Siento su respiración agitada contra mi cuello. La sensualidad de este momento es amarga, nacida del dolor compartido y de la certeza de que estamos encadenados por pecados que no cometimos.
—Estamos solos en esto, Alexander —dice ella, sus manos subiendo por mi espalda, hundiéndose bajo mi chaqueta—. Somos los hijos de monstruos que se destruyeron entre sí. No dejes que sus fantasmas nos separen ahora.
La beso con una desesperación que me quema los pulmones. Mis manos buscan su piel bajo el vestido, necesitando la realidad de su carne para no perderme en el vacío de esta nueva revelación. La levanto y la siento sobre el escritorio de Marcus Colón, el mismo lugar donde él planeó su venganza. Es un acto de profanación y de reclamo.
Le quito la ropa con una urgencia febril. El contraste de su piel blanca contra la madera oscura de la biblioteca es una imagen que guardaré hasta el día de mi muerte. Me hundo en ella con un gemido que es mitad placer y mitad agonía. La sensualidad es cruda, directa, despojada de cualquier pretensión de romance. Es la unión de dos supervivientes en medio de un naufragio.
—Dime que eres mía —gruño contra su boca, mientras nos movemos en un ritmo salvaje que hace crujir los muebles antiguos.
—Soy tuya... y tú eres el único que me queda —responde ella, sus uñas marcando mis hombros, su clímax alcanzándola con un grito que resuena entre las estanterías de libros.
Nos quedamos allí, envueltos en el aroma del sexo y del papel viejo, mientras el peso de la verdad se asienta sobre nosotros. Alexander Thorne e Isabella Colón. Los herederos de una guerra de alcoba que destruyó dos familias.
—Harris me traicionó hoy —digo, rompiendo el silencio—. El sistema se está cayendo, Isabella. Los lobos están dentro de la casa.
—Entonces quememos la casa con ellos dentro —ella se levanta, ajustándose el vestido, su mirada volviéndose de nuevo ese acero frío que tanto admiro—. Tenemos la prueba de la motivación de Marcus. Si hacemos esto público de la manera correcta, destruiremos la credibilidad de sus socios legales. Usaremos el escándalo como un arma.
La miro y veo a la Reina de las Cenizas en todo su esplendor. Ella ya no necesita que la proteja; necesita que luche a su lado.
—Mañana será el final —sentencio, abrochándome la camisa—. Mañana, el mundo sabrá la verdad sobre los Thorne y los Colón. Y cuando el humo se despeje, solo quedaremos nosotros.
Salimos de la mansión de su padre juntos, de la mano, mientras la noche de la ciudad nos envuelve. Los lobos creen que han ganado, pero no saben que la Bestia y su alegría han descubierto el secreto final. Y un monstruo que ya no tiene nada que ocultar es la criatura más peligrosa de la tierra.
El amanecer se acerca, y con él, el juicio final para todos aquellos que creyeron que podían jugar con nuestras vidas.