Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.
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capítulo 9
La mansión Volkov se transformó. Lo que antes era un palacio de mármol ahora funcionaba con la precisión de una base militar. Viktor había instalado inhibidores de señal y persianas de acero reforzado que se cerraban automáticamente al anochecer.
Elena intentaba mantener la calma, pero el ambiente era asfixiante. Su pelo castaño solía estar siempre perfectamente lacio, pero ahora se lo recogía nerviosamente mientras caminaba por los pasillos.
Viktor, por su parte, estaba en su estado más posesivo y territorial. No permitía que Elena estuviera en una habitación sin al menos dos guardias en la puerta, y él mismo verificaba su ubicación en el monitor cada diez minutos.
— Estás actuando como si fuera a desaparecer en el aire, Viktor —dijo Elena, entrando en su despacho de guerra.
Viktor, que medía casi el doble que ella, se levantó de su silla de cuero. Se veía imponente, con una funda de hombro sobre su camisa negra y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño.
— La "Orden de la Garra" no son matones de esquina, Elena. Son fantasmas. Entran donde nadie más puede —respondió él, acercándose y rodeando su cintura con sus manos gigantes—. No es paranoia. Es que si te pasa algo, no quedará nada de mí que valga la pena salvar.
Esa misma noche, el ataque comenzó no con una explosión, sino con un silencio absoluto. Los sistemas de vigilancia de la mansión empezaron a apagarse uno por uno.
Viktor reaccionó al instante. Tomó a Elena de la mano y la arrastró hacia el "cuarto de pánico" oculto tras la biblioteca. Pero antes de llegar, una sombra cayó desde el techo del gran salón. Era un mercenario vestido de negro táctico, moviéndose con una velocidad inhumana.
— ¡Atrás de mí! —rugió Viktor, desenfundando su arma.
El mercenario no buscaba a Viktor; lanzó un dardo electrificado directamente hacia Elena. Viktor, en un acto de reflejos puros, se interpuso, recibiendo el impacto en el hombro. El gigante se tambaleó por la descarga, pero no cayó. Su furia era más fuerte que la electricidad.
— ¡Has cometido el error de tocar lo que es mío! —gruñó Viktor.
Mientras Viktor se lanzaba en un combate cuerpo a cuerpo brutal contra el intruso, Elena vio a un segundo atacante emerger de las sombras, dirigiéndose hacia ella con una red de captura. Ella no se quedó paralizada. Recordando el entrenamiento en el polígono, tomó un pesado busto de mármol de una mesa cercana y, con un esfuerzo supremo, lo lanzó contra las piernas del atacante, haciéndolo tropezar.
Viktor, al ver a Elena defenderse, sintió una descarga de adrenalina y orgullo. Terminó con su oponente de un golpe seco y se giró hacia el segundo, levantándolo del suelo por el cuello con una sola mano.
— ¿Quién los envió? —preguntó Viktor, apretando hasta que el rostro del hombre se puso morado.
— El... el viejo... Volkov... —logró susurrar el mercenario antes de perder el conocimiento—. Él no quiere... debilidades... en su linaje.
Viktor soltó el cuerpo inerte. La traición venía de su propio padre, quien supuestamente estaba exiliado y retirado. La mirada de Viktor se volvió de hielo. Se giró hacia Elena, que estaba de pie con los ojos café muy abiertos, respirando agitadamente.
Él se acercó y la abrazó con una fuerza casi desesperada, hundiendo su rostro en el cuello de ella.
— Mi padre cree que eres una debilidad —susurró Viktor con una voz que prometía una carnicería—. Pero va a descubrir que eres la única razón por la que todavía no he quemado el mundo entero. No voy a esconderme más, Elena. Si él quiere guerra por tenerte a mi lado, le daré un infierno.
(...)
La mansión olía a pólvora y a decisiones definitivas. Viktor estaba fuera de sí; la revelación de que su propio padre, el antiguo patriarca de los Volkov, estaba detrás del ataque, había despertado en él una furia que no conocía límites. No era solo traición familiar, era un ataque directo a su propiedad más sagrada: Elena.
— Preparen los blindados. Salimos en diez minutos —ordenó Viktor a su capitán de seguridad. Su voz era un rugido bajo—. No regresaré hasta que el viejo entienda que mi vida no le pertenece.
Elena lo observaba desde el descanso de la escalera. Sus ojos café estaban fijos en la figura de Viktor, que parecía más grande y letal que nunca mientras cargaba munición en sus fundas.
— Viktor, no puedes ir solo con odio. Él te conoce mejor que nadie —dijo ella, bajando los escalones.
Viktor se detuvo y se acercó a ella. La tomó por la barbilla, obligándola a mirarlo. Sus dedos, aunque firmes, temblaban ligeramente por la adrenalina.
— Te quedarás aquí con veinte hombres de refuerzo. Es el lugar más seguro. Si no vuelvo al amanecer, el abogado tiene instrucciones de sacarte del país con todo el dinero que necesites.
— No quiero tu dinero, Viktor. Quiero que vuelvas —respondió ella, pero él solo le dio un beso rápido y posesivo en la frente antes de darse la vuelta.
— Es una orden, Elena. Quédate a salvo.
Viktor subió al SUV negro reforzado, el motor rugiendo como una bestia sedienta de sangre. Lo que él no sabía era que Elena, aprovechando su estatura , se había deslizado por el otro lado del garaje, ocultándose en el espacio de carga trasero, cubriéndose con una lona de equipo táctico.
El viaje duró dos horas hacia una fortaleza en las montañas. El silencio dentro del auto solo era interrumpido por las órdenes secas de Viktor a través del radio. Elena, apretada en su escondite, sentía cada bache del camino y el corazón golpeándole el pecho.
Cuando el vehículo finalmente se detuvo y Viktor bajó, ella esperó unos segundos. Al asomarse, vio la imponente silueta de Viktor caminando hacia una villa de piedra rodeada de guardias de la vieja guardia.
— ¿Crees que puedes esconderte de mí, hijo? —una voz anciana pero potente resonó desde el balcón de la villa.
Elena salió del auto con cuidado. Su pelo castaño estaba algo revuelto, pero su mirada era decidida. Sabía que si Viktor entraba en esa casa cegado por la rabia, caería en una trampa.
Justo cuando Viktor iba a cruzar el umbral, un guardia de la villa lo apuntó desde un ángulo muerto. Elena no lo pensó dos veces. Agarró una de las granadas de humo que se habían caído del equipo en el maletero y la lanzó con todas sus fuerzas hacia el guardia, gritando:
— ¡VIKTOR, A TU IZQUIERDA!
Viktor se giró en un movimiento borroso, neutralizando al guardia antes de que pudiera disparar. Pero luego se quedó paralizado. Al ver a la pequeña figura de Elena en medio del patio de la fortaleza enemiga, su rostro pasó del asombro a una furia protectora absoluta.
— ¡Elena! ¡¿Qué demonios haces aquí?! —rugió, corriendo hacia ella para cubrirla con su cuerpo, mientras los guardias de su padre apuntaban desde todas las ventanas.
— Te dije que no me quedaría atrás —respondió ella, jadeando, aferrándose a su chaleco—. No eres el único que sabe proteger lo que quiere
Viktor la apretó contra él, rodeándola con sus brazos gigantes mientras miraba hacia el balcón donde su padre observaba con una sonrisa cruel.
— Ahora sí que lo has hecho, pequeña —susurró Viktor, hirviendo de celos por el hecho de que su padre la estuviera mirando—. Ahora vas a ver cómo el acero protege a su rosa en el mismo infierno.