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Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.

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no estás…¿muerta?

Narrador:

La atmósfera en la mansión Volkov se volvió irrespirable. La fragilidad que María había mostrado al despertar se transformó, en menos de veinticuatro horas, en una tormenta de furia errática y desesperada. El bloqueo emocional seguía allí, pero la presión de las mentiras de Alessandro y las pesadillas de los ojos grises habían fracturado su docilidad.

María ya no era el cordero sumiso; era una fiera acorralada en una jaula de oro.

—¡Dije que me sueltes! ¡No me toques! —el grito de María rasgó el silencio del gran salón, seguido del estruendo de un jarrón de porcelana de la dinastía Ming estrellándose contra el suelo de mármol.

Viktor intentó acercarse, con las manos extendidas en un gesto de paz que solo lograba exasperarla más. —María, cálmate. Estás alterada, deja que te lleve a la habitación para que descanses...

—¡No! ¡No quiero que me cargues! ¡No soy un bebé! —rugió ella, retrocediendo con los ojos encendidos y el rostro manchado por las lágrimas. Cuando Viktor intentó rodearla con sus brazos para contenerla, María reaccionó con un instinto salvaje, golpeándole el pecho con los puños y zafándose con una agilidad que recordaba a la mujer que solía ser—. ¡Odio tus abrazos! ¡Hueles a mentiras! ¡Todos huelen a mentiras aquí!

Alessandro entró en el salón, atraído por el escándalo. Se detuvo a una distancia prudente, observando cómo su hija pisoteaba los fragmentos de porcelana, ignorando que el filo del material empezaba a cortar sus pies descalzos.

—María Luiza, compórtate —ordenó Alessandro con una voz gélida que solía helar la sangre de sus enemigos—. Este comportamiento es indigno de una Valerius.

—¡Me importa una mierda quién soy! —le gritó ella, señalando la puerta principal con un dedo tembloroso—. ¡Quiero salir! ¡Quiero ver el sol! ¡Quiero ir a donde están los ojos grises! ¡Ustedes me tienen encerrada como a un animal!

María comenzó a patear los muebles, tirando los libros de las estanterías y volcando las sillas de terciopelo. Su berrinche era físico, violento y carente de filtro. Era la frustración de un alma que sabía que le estaban robando la verdad, aunque su cerebro no pudiera articular qué verdad era esa.

—¡Déjenme ir! —chillaba, tirándose al suelo y golpeando el mármol con las palmas de las manos cuando vio que los guardias bloqueaban las salidas—. ¡Los odio! ¡Papá, te odio! ¡Viktor, te odio! ¡Quiero irme de aquí!

Viktor miró a Alessandro, esperando una orden para sedarla o intervenir, pero Alessandro permanecía inmóvil, con la mandíbula apretada. Ver a su hija en ese estado —gritando en el suelo, negándose a ser tocada, rechazando el afecto que ellos intentaban imponerle— era la prueba de que el control se les escapaba de las manos.

María se encogió en posición fetal en medio del desastre que ella misma había provocado, sollozando con una angustia que no pertenecía a una niña, sino a una mujer que estaba muriendo de sed de recuerdos en medio de un océano de engaños.

—Nadie me quiere... —balbuceó entre sollozos, alejándose de Viktor cuando este intentó rozar su cabello—. Solo el hombre de los sueños me quería de verdad... y ustedes lo mataron en mi cabeza.

El silencio que siguió fue sepulcral. Alessandro y Viktor se miraron; la grieta ya no era una fisura, era un abismo.

El estruendo de los berrinches de María parecía rebotar en las paredes de la mansión, desgastando la paciencia de Alessandro como el agua golpeando una roca. Él no estaba acostumbrado a la desobediencia, y mucho menos a la histeria infantil de un arma que él mismo había diseñado para ser perfecta.

Alessandro cerró los ojos un segundo, inspirando profundamente para no estallar en una furia que lo arruinaría todo. Al abrirlos, su mirada era de un fastidio absoluto. Metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo de cachemira y sacó un fajo grueso de billetes de alta denominación, atados con una liga de oro.

—¡Basta ya! —rugió Alessandro, silenciando los gritos de María por un instante. Caminó hacia ella y, sin agacharse, dejó caer el dinero sobre la alfombra, justo frente a sus pies descalzos—. Si tanto quieres salir, saldrás. Pero no quiero volver a escuchar un solo grito en esta casa hasta que el sol se ponga.

María dejó de patear y miró el dinero con los ojos rojos y brillantes por las lágrimas. La rabia se transformó en una curiosidad cautelosa, como la de un pájaro que ve una trampa pero no puede evitar acercarse.

Alessandro se giró hacia Viktor, y esta vez no hubo seda en su voz, solo una orden cargada de un enojo mal contenido.

—Viktor, llévatela —siseó Alessandro, señalando a la muchacha—. Llévala a que se cambie esa ropa de enferma y sácala de aquí. Llévala a las tiendas, al parque, al fin del mundo si es necesario, pero despeja su mente. Si vuelve a mencionar a los "ojos grises" o a llorar por tonterías, asegúrate de que entienda que la libertad tiene un precio.

Viktor asintió, aunque sus ojos reflejaban el cansancio de una semana de insomnio. Se acercó a María, pero esta vez no intentó cargarla. Simplemente le tendió la mano, respetando el espacio que ella había reclamado a gritos minutos antes.

—Vamos, María —dijo Viktor con voz ronca—. Ponte los zapatos. Vamos a gastar ese dinero y a ver la nieve de verdad.

María recogió el fajo de billetes, apretándolo contra su pecho como si fuera un juguete nuevo. Miró a su padre con desconfianza, pero la promesa de salir era demasiado tentadora. Se puso en pie, limpiándose las mejillas con el dorso de la mano, y caminó hacia las escaleras sin mirar atrás, dejando a los dos hombres en medio del desastre de porcelana rota.

(En las calles de Moscú)

Media hora después, María bajaba hacia el convoy de vehículos blindados. Vestía un abrigo de lana blanca, botas de cuero y una bufanda que le cubría la mitad del rostro, dejando solo sus ojos oscuros a la vista. Viktor la guiaba con una mano firme en su espalda, aunque ella seguía tensa, evitando cualquier contacto innecesario.

Subieron al todoterreno negro. Mientras el motor rugía y empezaban a dejar atrás los muros de la fortaleza, María pegó la frente al cristal de la ventanilla. Sus ojos recorrían las calles de Moscú con una avidez desesperada, buscando algo, cualquier cosa que le resultara familiar.

Pero todo era nuevo. Todo era frío.

Viktor la observaba desde el asiento contiguo. El fajo de billetes sobresalía del bolsillo del abrigo de María.

—¿A dónde quieres ir primero? —preguntó Viktor, tratando de suavizar el ambiente.

—A donde haya gente —respondió ella sin mirarlo. Su voz era plana, desprovista de la alegría infantil de hace unos días—. Quiero ver a las personas. Quiero saber si alguien más tiene los ojos como los del hombre de mi sueño.

Viktor apretó la mandíbula y miró hacia adelante, ordenando al conductor que se dirigiera a la zona comercial más lujosa de la ciudad. Sabía que esta salida era un arma de doble filo: podía calmar a la "fiera", o podía ser el detonante que hiciera estallar la mentira en mil pedazos si María llegaba a ver algo que no debía.

Maximiliano:

El agua helada golpea mi rostro con la fuerza de mil agujas, pero no es suficiente para despertar a un hombre que lleva seis meses viviendo en una pesadilla despierto. Me miro al espejo del baño, un reflejo que apenas reconozco. Las ojeras son surcos profundos de insomnio y la barba de varios días me da el aspecto de un náufrago.

Me paso la cuchilla por la mandíbula con movimientos mecánicos, violentos. El acero corta el vello y la piel, dejando un rastro de sangre que se mezcla con la espuma, pero no siento nada. Me afeito porque el deber no conoce el luto, porque mi padre, José, no tolera la debilidad en el heredero de los Veraldi. Me lavo la cara, borrando el rastro del alcohol de la noche anterior, y me sumerjo en una ducha hirviendo que solo logra enrojecer mi piel, pero no calienta el vacío que tengo en el pecho.

Salgo de la ducha y me enfundo en un traje negro hecho a medida.

Es mi armadura.

Mientras ajusto el nudo de mi corbata, mis ojos caen inevitablemente sobre el teléfono que está en la encimera. El mensaje de las rosas blancas en la nieve sigue quemando mi memoria. Mi padre cree que voy a Rusia para cerrar el trato más grande de la década; no sabe que voy buscando un fantasma que se niega a descansar en paz.

Narrador:

El hangar privado de la familia Veraldi vibraba con el rugido de los motores de un avión de carga. Maximiliano caminaba por la pista con un maletín de cuero y la mirada de un verdugo. Detrás de él, un escuadrón de sicarios cargaba cajas de madera reforzada marcadas con sellos industriales.

—Escuchen bien —ordenó Max, su voz cortando el aire frío de la madrugada—. Este es un cargamento de doble fondo. Cincuenta fusiles de asalto de última generación y doscientos kilos de nieve blanca de la mejor pureza. Si un solo gramo se pierde, sus familias pagarán la deuda.

El encargo era claro: Rusia estaba hambrienta de armas y veneno, y los Veraldi eran los únicos capaces de cruzar las fronteras sin ser detectados. Pero para Maximiliano, la cocaína y el metal eran solo el boleto de entrada a la boca del lobo.

El vuelo a Moscú fue un silencio sepulcral. Max pasó las horas revisando mapas y coordenadas, con la pequeña bala de plata rodando entre sus dedos. Al aterrizar, el frío de Rusia lo recibió como un viejo enemigo.

—Señor Veraldi, el contacto ruso lo espera en el centro de la ciudad para la primera entrega —anunció su mano derecha mientras bajaban del avión.

Maximiliano se subió a un vehículo blindado. El convoy se puso en marcha hacia el corazón de Moscú. Mientras avanzaban por las avenidas principales, Max miraba por la ventana, con el arma cargada y el corazón en un puño. Estaba en territorio de los Volkov, en el nido de los Valerius.

—Dime que no estoy loco, María... —susurró para sí mismo, mirando la nieve caer—. Dime que ese mensaje fue real.

Justo cuando el vehículo de Maximiliano se detenía en un semáforo frente a la zona comercial más exclusiva de la ciudad, un todoterreno negro con cristales tintados se estacionó a pocos metros.

Maximiliano sintió un tirón en el pecho, una vibración instintiva. No podía ver quién estaba dentro de aquel vehículo, pero por un segundo, el mundo pareció detenerse. A menos de diez metros, separada solo por el metal y el vidrio, María bajaba de su coche del brazo de Viktor Volkov, con el rostro oculto tras una bufanda, pero con esos mismos ojos verde oliva que Max veía cada vez que cerraba los ojos.

Él bajó la ventanilla, el frío ruso le golpeó la cara, y por un instante efímero, creyó ver una silueta blanca caminar hacia una tienda de lujo.

Maximiliano:

El aire se me queda atascado en la garganta, quemándome como si hubiera tragado fragmentos de vidrio. Mis dedos se clavan en el marco de la ventanilla, el metal frío me corta la piel, pero el dolor físico es un susurro lejano.

La vi. Juro por mi vida, por mi alma podrida y por el nombre de mi familia, que la vi.

Esa forma de caminar, esa inclinación de la cabeza... aunque lleve ese abrigo blanco que parece un sudario de nieve, aunque su rostro esté oculto, yo la reconocería en medio de un incendio. Mi corazón, que durante seis meses fue un trozo de carbón inerte, empieza a latir con una violencia que me fractura las costillas.

—Señor, el semáforo cambió. Tenemos que avanzar, el contacto no espera —la voz de mi hombre de confianza suena como si viniera del fondo de un océano.

—Cállate... —susurro, y mi voz suena rota, desquiciada.

El mundo empieza a dar vueltas. Siento que la realidad se desmorona a mi alrededor. El asfalto, la nieve, el olor a tabaco del coche... todo se vuelve borroso. Mi mano derecha empieza a temblar de forma incontrolable, una vibración que nace en el centro de mi pecho. No es miedo. Es un colapso absoluto.

¿Estoy loco? ¿He cruzado finalmente la línea hacia la esquizofrenia? He visto su tumba, he llorado sobre tierra fría. Pero ella está ahí, a unos metros, entrando en esa tienda bajo el brazo de un hombre que no soy yo. Ver a Viktor Volkov tocándola es como sentir un hierro al rojo vivo atravesándome el estómago.

—¡Baje del coche, señor Veraldi! ¡Se está poniendo pálido!

Abro la puerta de golpe y salgo al frío, ignorando las órdenes, ignorando el cargamento de cocaína, ignorando las armas. El aire de Moscú me golpea, pero no me calma. Caigo de rodillas sobre la acera nevada, jadeando, con las manos apoyadas en el suelo congelado. El pánico me oprime los pulmones.

Si está viva, me odia. Si está viva, me envió ese mensaje para decirme que vendrá por mí. Si está viva... ¿por qué está con él?

—María... —el nombre sale de mi boca como un lamento, mezclado con el vaho de mi respiración—. María, por favor... dime que no soy un fantasma que te persigue.

Siento ganas de reír y de gritar al mismo tiempo. Me paso las manos por la cara, manchándome la piel con la tinta que todavía tengo en los dedos, con la sangre de mis nudillos. Mis hombres se bajan del vehículo, rodeándome, tratando de cubrirme de las miradas de los extraños. Me ven como a un loco, como a un líder que ha perdido el juicio en medio de la misión más peligrosa de su vida.

Y tienen razón.

Me pongo de pie con dificultad, tambaleándome. Mis ojos se clavan en la entrada de la tienda por donde ella desapareció. No puedo respirar, el pecho me arde, siento que voy a vomitar el alma sobre la nieve rusa. El encargo de armas no importa. La guerra no importa. Nada importa si ella está respirando el mismo aire que yo.

—Vayan al punto de entrega —le ordeno a mi segundo al mando, agarrándolo por la solapa con una fuerza desesperada—. Entreguen la mercancía. Digan que tuve un problema con la seguridad.

—Pero señor, José lo matará si abandona el trato...

—¡Que me mate! —le rujo, y mis ojos, antes grises y tristes, ahora brillan con una locura peligrosa—. Ya estoy muerto desde el día que ella cayó. Ahora muévanse. Yo tengo una cita con un fantasma.

Me enderezo, ajusto mi saco negro y empiezo a caminar hacia la tienda, con el paso errático pero decidido. Cada paso es un latido de agonía. Si entro ahí y no es ella, moriré de decepción. Si entro ahí y es ella... moriré de todos modos, porque veré en sus ojos el odio que yo mismo sembré.

María:

Viktor me dijo que me quedara aquí, entre los abrigos que huelen a lana nueva y las luces que brillan tanto que me hacen entrecerrar los ojos. Se fue a buscar unos cafés porque dice que estoy muy inquieta, y me prometió que si me portaba como una niña buena, me compraría ese vestido de encaje que parece espuma de mar.

Me quedo quieta, apretando el fajo de billetes de papá contra mi pecho, mirando los maniquíes. Son extraños; no tienen ojos, pero siento que me observan. Me siento pequeña, muy pequeña, como si el techo de este lugar fuera a caerse sobre mí en cualquier momento.

De pronto, el aire de la tienda cambia. Siento un frío que no viene de la puerta.

Giro la cabeza y ahí está él.

Es un hombre alto, vestido de negro, que parece haber salido de una tormenta. Tiene el cabello un poco despejado y la cara húmeda, como si hubiera estado corriendo bajo la nieve. Pero lo que me detiene el corazón —lo que hace que mis dedos aprieten el dinero hasta arrugarlo— son sus ojos.

Son grises. Son los ojos grises de mis pesadillas.

Él se queda paralizado a unos metros de mí. Me mira con una intensidad que me asusta, como si fuera a romperse o como si estuviera viendo a un fantasma. Sus manos tiemblan y respira muy rápido, haciendo un ruido extraño, como si le faltara el aire.

—¿María? —susurra. Su voz es ronca, rota, y suena a un dolor tan grande que me dan ganas de taparme los oídos.

Retrocedo un paso, tropezando con un estante de ropa. Me abrazo a mí misma, sintiendo que el miedo me sube por la garganta. ¿Cómo sabe mi nombre? Mi papá dijo que aquí nadie me conocía.

—No me toques —suelto con voz pequeña, escondiendo la mitad de mi cara tras la bufanda—. No te conozco. ¿Quién eres? ¿Por qué me miras así?

Él da un paso hacia adelante, estirando una mano como si quisiera tocarme, pero se detiene en el aire. Sus ojos se llenan de algo que parece agua, y su rostro se retuerce de una forma fea, muy triste.

—Soy yo... soy Max —dice, y su voz suena como un ruego—. María, mírame. Por favor, dime que te acuerdas. Dime que ese mensaje... dime que no estás muerta.

Me pego a la pared, sintiendo que las lágrimas empiezan a asomar en mis ojos. Estoy asustada. Este hombre desprende un olor a tabaco y a una tristeza que me resulta peligrosamente familiar, pero mi cabeza está en blanco. No hay nada. Solo el vacío.

—¡Vete! —le grito, y mi voz suena como la de una niña pequeña en medio de un berrinche—. ¡Eres un extraño! ¡Viktor! ¡Viktor, ayúdame! ¡Un hombre malo me está molestando!

Él se detiene en seco, y el brillo de sus ojos grises se apaga, volviéndose opaco, como si le hubiera dado un golpe físico.

—¿Viktor? —repite él, y de repente su tristeza se convierte en algo oscuro, algo que da mucho miedo—. ¿Llamas a ese ruso después de lo que nos hicimos? ¿Después de todo...? María, soy yo. El que te amaba. El que te disparó...

—¡Mentira! —chilló, tapándome los oídos con las manos—. ¡Mi esposo es Viktor! ¡Él me cuida! ¡Tú tienes los ojos de los monstruos de mis sueños! ¡Vete, vete, vete!

Me hundo en el suelo, hecha una bolita entre los percheros de ropa, sollozando con fuerza. Solo quiero que Viktor vuelva. Solo quiero que este hombre de ojos hermosos y tristes deje de mirarme como si yo fuera su vida entera, porque no sé quién es, y el vacío en mi mente me duele más que cualquier herida.

Escucho sus pasos acercarse, lentos, pesados.

—María... mírame —me suplica desde arriba, su sombra cubriéndome por completo—. Si no me recuerdas... ¿Por qué estás temblando así?

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