Takumi, un joven de 16 años alegre, honesto y fanático de la justicia, muere en un accidente menor, pero cuando abre los ojos… se encuentra dentro de su videojuego otome favorito. Para su sorpresa, no es la heroína, sino el omega villano, condenado a un final trágico y odiado por todos los personajes. Pero lo que Takumi no esperaba era que su destino en el juego empezara a desviarse… gracias al protagonista secundario, un alfa amable y torpe que parece destinado a sufrir, pero que termina atrayéndolo de formas inesperadas y muy cómicas.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8: Rumores, errores y el primer verdadero peligro
Si Takumi había aprendido algo desde que despertó en ese mundo, era que los rumores no necesitaban permiso para crecer.
El festival había terminado hacía varios días, pero sus ecos seguían recorriendo el reino como una corriente subterránea imposible de detener. Su canción ya no le pertenecía. Estaba en las calles, en los mercados, en las voces de quienes jamás había imaginado escucharla.
Y eso… lo inquietaba.
La mañana comenzó de forma aparentemente tranquila. Takumi se encontraba en la biblioteca, rodeado de libros abiertos y pergaminos, intentando concentrarse en un tratado de administración territorial. Sin embargo, su atención se dispersaba con facilidad. Cada tanto, escuchaba pasos detenidos en la entrada, murmullos que se apagaban al notarlo presente.
Fue entonces cuando una joven sirvienta se acercó con una bandeja de té.
—Su Alteza… —dijo, inclinándose más de lo habitual—. El capitán Hikaru está… cerca.
Takumi alzó la vista.
—¿Cerca?
—Sí —respondió ella, visiblemente nerviosa—. Bueno… eso creemos. Está hablando con otros guardias en el pasillo.
Eso creemos nunca sonaba bien.
Takumi dejó la pluma y se levantó con cuidado. Se acercó a la puerta entreabierta y asomó apenas la cabeza. Allí estaba Hikaru, de pie junto a dos soldados. Su postura era recta, profesional, pero uno de los soldados sonreía de una forma que no le gustó en absoluto.
—Vamos, capitán —decía—. No se haga el desentendido. Todo el mundo habla de la canción.
—No hay nada que hablar —respondió Hikaru con sequedad—. Cumplí con mi deber.
—Claro, claro —rió el otro—. Aunque dicen que Su Alteza solo canta así cuando usted está cerca.
Takumi retrocedió de golpe y cerró la puerta con cuidado, apoyando la espalda en ella.
—No… no… no… —murmuró—. Esto no puede estar pasando.
Los rumores se multiplicaron con una creatividad alarmante.
—Dicen que el príncipe canta por amor.
—Que se reúnen en la biblioteca.
—Que el capitán lo protege más de lo necesario.
Takumi se dejó caer en la silla, cubriéndose el rostro con ambas manos.
No le molestaban los rumores por él.
Le molestaban porque podían afectar a Hikaru.
Y porque, muy en el fondo, le inquietaba cuánto le importaba eso.
Mientras tanto, Hikaru tampoco estaba en paz.
Ser mencionado en chismes relacionados con la familia real no era algo menor. Algunos nobles comenzaron a observarlo con desconfianza; otros, con burla abierta. Él, que siempre había mantenido una línea clara entre deber y vida personal, sentía que esa frontera comenzaba a difuminarse.
—Capitán Valen —le dijo su superior una tarde—. Será reasignado temporalmente.
Hikaru alzó la vista de inmediato.
—¿Reasignado?
—Una misión fuera de la capital. Necesitamos evitar malentendidos innecesarios.
Hikaru comprendió el mensaje.
Alejarme del príncipe.
—Entiendo —respondió con firmeza.
No se despidió.
No porque no quisiera.
Porque no sabía cómo.
Takumi se enteró al día siguiente.
—¿El capitán Hikaru se fue? —preguntó, intentando mantener un tono neutral.
—Sí, Su Alteza —respondió un sirviente—. Fue enviado al norte por asuntos de seguridad.
Takumi asintió lentamente.
—Es… lo correcto.
Pero esa noche, no cantó.
Los rumores comenzaron a apagarse… justo cuando apareció el verdadero problema.
Un informe urgente llegó al consejo.
—Se han detectado movimientos irregulares cerca de la frontera norte —explicó uno de los consejeros—. No parecen comerciantes ni viajeros.
Un escalofrío recorrió la espalda de Takumi.
Este evento…
En el libro, ese era el punto donde todo empezaba a derrumbarse. El príncipe ignoraba las advertencias, priorizaba su imagen, y el ataque posterior dejaba muertos y resentimiento imposible de borrar.
—Quiero ir —dijo Takumi.
Las protestas fueron inmediatas.
—¡Es demasiado peligroso!
—¡No puede exponerse así!
Takumi no alzó la voz.
—Si no voy, repetiré el mismo error —respondió con firmeza—. No como príncipe… sino como responsable.
El rey Leonard lo observó largo rato.
—Entonces irás —dijo finalmente—. Pero con escolta completa.
Takumi asintió.
—¿Quién está a cargo de la zona?
Hubo una breve pausa incómoda.
—El capitán Hikaru Valen.
El destino, al parecer, tenía un extraño sentido del humor.
El reencuentro fue tenso.
Hikaru no esperaba ver al príncipe descender del carruaje en medio del campamento. Takumi tampoco esperaba sentir alivio al verlo.
—Su Alteza —dijo Hikaru, serio—. Este no es un lugar seguro.
—Lo sé —respondió Takumi—. Por eso estoy aquí.
Hubo silencio.
—Los rumores… —empezó Hikaru.
—No significan nada —lo interrumpió Takumi—. Y lo siento. Nunca quise que te afectaran.
Hikaru lo observó, sorprendido por la sinceridad.
—No es su culpa —dijo finalmente—. Pero este lugar sí es peligroso.
Takumi asintió.
—Confío en usted.
Esa frase pesó más de lo esperado.
La noche cayó rápido. El viento era frío. Las antorchas iluminaban rostros tensos. Y entonces ocurrió.
Un ataque.
No masivo.
No caótico.
Preciso.
Un grupo armado intentó infiltrarse por el flanco oeste. El sonido del metal chocando, los gritos contenidos, la confusión controlada. Takumi ayudó a evacuar civiles, moviéndose por instinto, como en su vida anterior.
Y entonces lo vio.
Un atacante se lanzó directamente hacia él.
—¡Alteza! —gritó Hikaru.
El impacto no llegó a Takumi.
Llegó a Hikaru.
Cuando todo terminó, el silencio fue pesado.
Takumi cayó de rodillas junto a él.
—¡Estás herido!
—Solo un corte —respondió Hikaru, apretando los dientes—. Nada grave.
Pero Takumi temblaba.
No de miedo.
De reconocimiento.
—No debiste… —susurró.
Hikaru lo miró con calma.
—Era mi deber.
—No —respondió Takumi—. Fue una elección.
El viento apagó una antorcha cercana.
Todavía no era amor.
Pero ya no era solo deber.
Y una vez más, el destino había perdido una página que creía segura.
Sigue así 🥰🥰🥰🥰