Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capitulo ll
Rubí despertó una vez más. Pero no como una adulta. El primer contacto con el mundo fue brutal. El aire entró a la fuerza en pulmones demasiado pequeños y el cuerpo reaccionó con un llanto que no nació del miedo, sino de la incapacidad de comprender qué estaba ocurriendo. Todo dolía de una forma extraña, la desproporción entre lo que su mente recordaba y lo que su cuerpo podía sostener. Sus manos no obedecían, sus brazos se agitaban sin control, y el sonido que salía de su garganta le resultaba ajeno.
Estaba envuelta en telas suaves. Un aroma desconocido, dulce y puro.
—Shhh… ya, ya… mamá está aquí —susurró una voz femenina, cargada de cansancio y ternura.
Rubí lloró con más fuerza. No porque necesitara consuelo. Sino porque lo entendió. Había vuelto a nacer.
No había sirvientes inclinando la cabeza, ni había un salón del trono aguardando su matrimonio arreglado. Tampoco había un pacto sagrado, ni una corona que justificara su muerte.
Su mente, fragmentada pero persistente, intentó organizar recuerdos que no encajaban con el presente. Sabía pensar. Sabía recordar. Sabía quién había sido. Y eso era lo verdaderamente aterrador.
“¿En qué tiempo estoy? ¿Quién soy ahora?"
El cansancio la venció antes de encontrar respuestas. Cerró los ojos.
—Cloe… —escuchó—. Mi pequeña Cloe.
Ese nombre se instaló en algún lugar profundo.
Cloe.
Así que ese sería su nuevo nombre. Una nueva vida. Una oportunidad que no había pedido, pero que tampoco rechazaría.
“Así que esta es mi nueva vida. Una donde no tengo que pagar por el desprecio de Evans."
El recuerdo apareció con la claridad de una cicatriz que nunca sanó. No era rabia lo que sentía. Era algo más incómodo. Un residuo emocional que se negaba a desaparecer.
“Yo lo amé. Él no me amó. Y por romper un pacto que jamás elegí, morí."
Esta vez sería diferente. Viviría esta vida como no vivió la otra. Sin esperar nada de nadie.
Los años no pasaron con dulzura. Pasaron rápido, secos, sin espacio para idealismos. Cloe creció en el siglo XXI. Su hogar no era un refugio, pero tampoco un infierno. Era funcional, horriblemente silencioso.
Su padre era un sicario.
No uno de esos hombres que se creen protagonistas de su propia historia. Trabajaba porque sabía hacerlo y porque no conocía otra forma de sobrevivir. No ocultó nunca su oficio. Tampoco lo justificó.
—Este mundo no es amable —le dijo cuando Cloe tenía edad suficiente para entender—. Y menos con los débiles. Tú madre murió por gente mala. Era muy buena para este mundo. Amable. No quiero eso para tí. Defiendete.
Cloe no creció con cuentos para dormir. Creció con instrucciones. Aprendió a identificar salidas de emergencia antes que colores. Aprendió a guardar silencio cuando era necesario y a observar cuando otros hablaban de más. A correr antes que a confiar. A medir distancias antes que emociones.
Recordaba vagamente otra vida donde había sido educada como una dama, donde la delicadeza era una virtud. Esa versión de sí misma le parecía lejana, casi difícil de creer que ella fue así. No la despreciaba, pero tampoco la extrañaba.
La gracia no servía para sobrevivir. La reemplazó por algo más eficiente. Se volvió ruda, la adaptación se volvió su fuerte. Directa, porque los rodeos costaban tiempo.Peligrosa, porque la vulnerabilidad no tenía lugar en su entorno.
Al principio solo ayudaba en tareas menores. Entregar mensajes. Vigilar desde lejos. Confirmar horarios. Luego vinieron las armas, las rutas. Los nombres que debían desaparecer.
No volvió a llorar al menos de que debía ser falso. No porque no sintiera, sino porque entendió que sentir no cambiaba los resultados.
El amor dejó de ser una posibilidad por la lógica que su padre le había indicado. Amar implicaba confiar. Confiar implicaba bajar la guardia.
Y eso ya la había matado una vez. No cometería el mismo error.
A los veintisiete años, Cloe ya no era una aprendiz. No necesitaba supervisión constante ni advertencias. Sabía cuándo retirarse y cuándo avanzar. Era eficiente.
Tenía un compañero asignado. Alguien con quien había trabajado durante años. No eran amigos, pero compartían una confianza funcional, basada en resultados y supervivencia. Habían salido vivos de situaciones peores.
Por eso no sospechó.
La misión era sencilla. Demasiado sencilla. Un intercambio rápido, información por dinero, en un punto muerto, una hora exacta.
Algo se sintió mal desde el inicio, pero Cloe ignoró esa sensación. No porque fuera ingenua, estaba cansada de desconfiar de todo.
El disparo no vino del frente. Vino de un punto que siempre protegía pero está vez no lo hizo; su espalda.
El impacto la tomó por sorpresa. El dolor inmediato no la hizo caer, sino la pérdida de equilibrio, la interrupción brusca de cualquier plan. Cayó de rodillas, el aire abandonando sus pulmones como si alguien lo hubiera arrancado de golpe.
El mundo se volvió pesado. La sangre empapó su ropa.
—¿Por qué…? —logró murmurar, más por inercia que por necesidad de respuesta.
Él no la miró a los ojos.
—La recompensa por tu cabeza era demasiado buena.
No hubo explicaciones largas. Solo una verdad simple y suficiente, algo que se respetaba mucho en su círculo.
Mientras su visión se apagaba, mientras el frío comenzaba a subir por su cuerpo, un pensamiento absurdo cruzó su mente.
“Al menos no fue por amor esta vez"
Y entonces lo vio.
No sabía si era una alucinación, un recuerdo mal ubicado o una burla final del destino. Entre la oscuridad que la reclamaba, un rostro apareció. Ojos que conocía demasiado bien.
—Evans… —susurró, sin saber si estaba hablando o pensando.
Su última visión fue él mirándola.
Y luego, nada.
“Cómo odio ese sentimiento... Morir es una paz perturbadora"