El sacrificio es solo el comienzo.
Para salvar a su hermana de una muerte segura, Elisabeth toma una decisión irrevocable: entregar su libertad y su sangre a la realeza de las sombras. Como la nueva sierva de sangre personal del príncipe Damián, su vida ahora se mide en gotas y se consume tras los muros de un palacio donde la luz del sol es un recuerdo lejano.
Damián es todo lo que las leyendas advierten: frío, letal y poseedor de una belleza tan peligrosa como su linaje. Sin embargo, tras la máscara de heredero implacable, Elisabeth descubre a un hombre atrapado en su propia inmortalidad. Lo que comienza como un contrato de supervivencia se transforma en una atracción magnética y prohibida que desafía las leyes de la naturaleza y los prejuicios de siglos de guerra.
Pero en el mundo de los inmortales, el amor es una debilidad que los enemigos no perdonan. Mientras su conexión crece, el destino comienza a tejer una red de traiciónes, secretos y una profecía antigua
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capítulo 17 : La Jaula de los Susurros
El rastro de ceniza que dejé a mis espaldas tras vencer a Silas era el único camino que conocía, pero mis pies no sentían el cansancio. La adrenalina era un fuego líquido que mantenía mis músculos en tensión, ignorando los cortes en mis brazos y el agotamiento de mi magia. Solo había una imagen en mi mente: Andrew, encadenado, sufriendo por mi culpa.
Crucé las puertas del Palacio de las Sombras no como una invitada, sino como un meteoro. No hubo guardias que me detuvieran; los pasillos estaban desiertos, sumidos en un silencio sepulcral que debería haberme advertido del peligro. Pero la rabia es un velo espeso.
Al llegar al gran salón del trono, el aliento se me escapó de los pulmones.
—¡Andrew! —el grito salió de mi garganta como un desgarro.
Mi hermano estaba suspendido sobre un altar de piedra negra, encadenado con grilletes de plata que brillaban con runas de supresión. Estaba inconsciente, su torso desnudo marcado por latigazos de sombras. Parecía un trofeo de caza, una exhibición cruel destinada a romper mi voluntad.
—Llegas tarde para la cena, Elisabeth —la voz de Damián surgió de la oscuridad, gélida y carente de la calidez que alguna vez creí escuchar en ella.
Él estaba sentado en su trono, pero ya no era el príncipe que recordaba. Su presencia era una mancha de oscuridad absoluta que devoraba la luz de las antorchas. Se puso de pie, y el sonido de sus botas contra el mármol resonó como una sentencia.
—¡Suéltalo, Damián! —rugí, intentando invocar el fuego de Solaris.
Mis manos chispearon, pero la luz era débil, vacilante. El esfuerzo contra Silas me había dejado más vacía de lo que quería admitir. Aun así, di un paso al frente, dispuesta a quemar el palacio entero con mis últimas fuerzas.
—Siempre tan impulsiva —susurró Damián, dibujando una sonrisa cruel—. Viniste corriendo al olor de la sangre de tu hermano, igual que un animal herido. No te detuviste a pensar por qué los pasillos estaban vacíos. No te detuviste a mirar el suelo.
Fue entonces cuando lo sentí. Un escalofrío que no procedía del aire, sino de la tierra. Bajo mis pies, un círculo de runas purpúreas empezó a brillar con una luz enferma. Intenté retroceder, pero mis botas se sintieron como si estuvieran clavadas al mármol.
—¿Qué es esto? —mi voz tembló mientras sentía cómo el resto de mi energía solar era succionada hacia el suelo, alimentando el círculo mágico.
—Se llama El Ayuno de los Dioses —explicó Damián, caminando lentamente alrededor del perímetro del círculo, sin entrar—. Es una trampa diseñada hace milenios para los de tu clase. Cuanto más luchas, más rápido consume tu luz. No es Silas quien te ha vencido, Elisabeth. Ha sido tu propia arrogancia.
Damián se detuvo frente a mí, a solo un paso de distancia, pero fuera de mi alcance. Extendió una mano y acarició mi mejilla con el dorso de sus dedos gélidos. No pude apartarme; el hechizo me mantenía paralizada, convirtiendo mi cuerpo en una estatua de carne.
—Silas era un idiota que quería tu sangre para beberla —continuó él, inclinándose hacia mi oído—. Yo no quiero beber tu luz, Elisabeth. Quiero que tú seas la batería que mantenga este palacio en un eclipse eterno. Ahora que el ejército de mi hermano ha caído, yo soy el único soberano. Y tú... tú serás mi sol cautivo.
Miré a Andrew, todavía colgado como un despojo, y luego a los ojos negros de Damián. La trampa se había cerrado. Había caído por el vínculo de sangre, por el amor a mi hermano y por una rabia que Damián conocía mejor que yo misma.
—Damián... por favor —susurré, mi voz apenas un hilo mientras la oscuridad del círculo empezaba a trepar por mis piernas, nublando mi visión.
—Ya es tarde para los "por favor" —respondió él, dándose la vuelta—. Mañana empieza el eclipse de los seis meses. Y tú estarás aquí, en el corazón del palacio, viendo cómo el mundo que intentaste salvar se sumerge en mi sombra.
La oscuridad me envolvió por completo, y lo último que escuché antes de perder el conocimiento fue el sonido de las cadenas de Andrew siendo tensadas, y la risa silenciosa del hombre que alguna vez me llamó suya.