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Marcas De La Infancia

Marcas De La Infancia

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Centrado emocionalmente / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Heimy Zuñiga

No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.

NovelToon tiene autorización de Heimy Zuñiga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: El día después

El techo de mi habitación fue un mapa de sombras que no logré descifrar en toda la noche. Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el frío de la madrugada se filtraba por las rendijas, pero nada lograba enfriar la quemadura del recuerdo. Cada vez que cerraba los ojos, regresaba al ruido del bar, a la mano de Elena sobre mis muñecas y a ese rugido interno que me obligó a actuar como un animal acorralado.

Me levanté antes de que sonara la alarma. Me lavé la cara con agua helada hasta que la piel me dolió, intentando borrar el rastro de la vulnerabilidad que Hazel había visto. Me ajusté el cuello de la camisa con una fuerza innecesaria, comprobando dos veces cada botón. Estaba reforzando las defensas de una ciudad que ya había sido sitiada.

La universidad me recibió con su ruido habitual, pero para mí, todo se sentía distorsionado. Al cruzar la entrada, noté que el grupo con el que estábamos anoche en el bar se quedó en silencio cuando pasé. Elena no estaba con ellos, pero sus amigos me lanzaron miradas cargadas de un juicio mudo. Para ellos, yo era el tipo inestable que arruinó la fiesta. Caminé más rápido, sintiendo el peso de sus ojos en mi nuca.

En clase, me senté cerca de la puerta. Alex llegó primero. No preguntó nada, pero sus movimientos eran cautelosos, como si temiera que cualquier ruido fuerte pudiera hacerme estallar de nuevo. Dejó un café sobre mi mesa y se sentó a una distancia prudencial, dándome el espacio que sabía que necesitaba.

Andrés apareció después. Su alegría habitual estaba apagada, sustituida por una seriedad que no le sentaba bien. Me dio un golpe suave en el hombro —sin tocarme realmente— y murmuró un “todo bien” que sonó más a una comprobación de daños que a un saludo.

Hazel entró unos minutos tarde.

La vi antes de que ella me viera. Caminaba con una atención cuidadosa, ignorando los susurros de un par de chicas que se inclinaron para decirle algo al oído mientras pasaba. Hazel no les respondió; simplemente siguió avanzando hacia su lugar. Cuando levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron, no hubo lástima. Se quedó ahí, sosteniendo el contacto el tiempo justo para decir sin palabras: te vi, y sigo aquí.

El aula estaba demasiado iluminada. Sentía que la luz blanca de los fluorescentes actuaba como un foco interrogatorio.

—Técnicamente impecable —dijo el profesor, deteniéndose ante mi plano—. Pero dime, Lennox... ¿por qué sigue pareciendo un edificio diseñado para que nadie entre?

Un par de estudiantes de la fila de adelante se giraron para verme. Sus miradas ya no eran de admiración por mis notas, sino de una curiosidad morbosa. El comentario del profesor ya no era una crítica técnica; era un diagnóstico público de mi aislamiento. Sentí que me estaba desnudando frente a todos. Miré de reojo la nuca de Hazel; ella no se movió, pero sus hombros se tensaron.

Andrés, que normalmente habría hecho un chiste para romper el hielo, se limitó a apretar la mandíbula y fingir que estaba muy concentrado en su propio dibujo. El silencio de mis amigos me dolió más que cualquier insulto; era la prueba de que ahora ellos también tenían que protegerme del resto del mundo.

Mis dedos comenzaron a tamborilear contra la mesa. Uno. Dos. Tres. El aire se volvió espeso.

Entonces ocurrió.

Hazel, unas filas más adelante, dejó escapar un suspiro largo, lento, audible. Como si soltara el peso de algo invisible para que yo pudiera soltar el mío. Sin saber por qué, acompasé mi respiración a la suya. El temblor de mis manos cedió apenas lo suficiente para volver a sostener el lápiz.

Al final de la clase, mientras todos salían hablando de sus planes para el almuerzo, entendí algo con una claridad brutal: el día después del desastre es siempre peor que el desastre mismo. En el bar había música para esconderse. Aquí, bajo la luz del aula, solo quedaban mis amigos tratando de actuar normal mientras el resto del salón me rodeaba como si yo fuera una estructura a punto de colapsar.

Hazel se levantó, recogió sus cosas y, antes de salir, me lanzó una última mirada. No fue un adiós. Fue una advertencia. El mundo había visto la grieta, y ahora ambos sabíamos que no había suficiente cemento en el mundo para volver a cerrarla.

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señorita_cash
.
señorita_cash
que personal..
Yorjany González Rodríguez
bien sigue haci pero trata de que cuando termines un capitulo el siguiente lo continue desde donde se quedo /Slight/
Heimy Zuñiga: Jaja muchas gracias... lo tendré en cuenta de ahora en adelante 👏
total 1 replies
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