Adrián Varma es el CEO Omega de un imperio tecnológico; un hombre rubio y tierno que oculta su sensibilidad tras trajes impecables y un aroma a pino y toronja. Su mundo perfecto se sacude cuando conoce a Leo, un Alfa atractivo pero con graves dificultades económicas que sobrevive trabajando en lo que puede para salvar a su familia.
A diferencia de otros, Leo exhala un aroma a eucalipto seductor que es capaz de calmar el estrés de Adrián. Lo que comienza como una relación laboral se convierte en una conexión profunda donde el dinero no importa
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Capítulo 8: El Veneno en la Sala de Juntas
El lunes por la mañana, el aire en el piso 40 de Aether Soft se sentía inusualmente pesado. Adrián caminaba hacia la sala principal de conferencias, su aroma a pino era una ráfaga fría que cortaba los murmullos de los empleados. A su lado, Leo vestía por primera vez una camisa negra que Adrián le había enviado a su casa. No era un traje completo, pero la tela de calidad resaltaba la anchura de sus hombros y la intensidad de su eucalipto, que hoy olía a bosque en alerta.
— Solo ignóralo, Leo —susurró Adrián antes de entrar—. Julian está aquí como representante de los inversores de Thorne Corp. No dejes que sus feromonas te afecten.
Al abrir las puertas, el aroma a orquídeas negras los golpeó de frente. Era un olor empalagoso, casi físico, que parecía querer adueñarse de cada rincón de la sala. Julian estaba sentado a la cabecera, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos de hielo.
— Llegas tarde, Adrián —dijo Julian, su mirada recorriendo a Leo de arriba abajo con un desprecio evidente—. Y veo que has traído a tu... mascota técnica.
Leo apretó los dientes, sintiendo cómo su eucalipto se tornaba metálico por la rabia. Adrián, sin embargo, se sentó con una elegancia impecable.
— Leo Valari es el arquitecto principal de la nueva fase de seguridad. Si los inversores quieren ver resultados, él es la persona que deben escuchar.
Julian soltó una risita seca y lanzó una carpeta sobre la mesa de cristal.
— Curioso que menciones la seguridad. Hemos hecho una auditoría externa de emergencia este fin de semana. Parece que hay un historial de "actividad sospechosa" vinculada a la dirección IP de la residencia de este señor Valari —Julian se inclinó hacia adelante, dejando que su aroma a veneno inundara el espacio personal de Leo—. Hackeo, robo de datos... Lo típico de alguien que está desesperado por dinero, ¿no crees?
El silencio fue absoluto. Los demás ejecutivos Beta en la sala empezaron a murmurar, moviéndose incómodos por la tensión de las feromonas.
Leo sintió el golpe. Sabía lo que Julian había hecho: había rastreado las veces que Leo tuvo que usar redes públicas o servidores "grises" para hacer trabajos freelance y sobrevivir antes de conocer a Adrián. Julian estaba pintando su lucha por sobrevivir como un crimen.
— Eso es falso —dijo Leo, su voz baja pero firme. Su eucalipto comenzó a volverse ahumado, denso, una advertencia de Alfa—. Esos registros son de trabajos freelance legales para pagar facturas médicas.
— ¿Y por qué deberíamos creerte? —atacó Julian—. Un Alfa que limpia gimnasios de noche no tiene ética, solo tiene hambre. Adrián, no puedes ser tan ciego. Estás dejando que este hombre infecte tu empresa con su pobreza.
Adrián sintió una oleada de furia. Su aroma a toronja se volvió tan punzante que Julian tuvo que parpadear. El Omega tierno que Leo conocía se transformó en cuestión de segundos en el CEO implacable.
— Julian, te has equivocado de lugar para jugar a la política —dijo Adrián, levantándose lentamente. Su presencia llenó la habitación, su pino volviéndose una ventisca helada—. Leo no solo tiene mi confianza, tiene mi protección. Esos registros fueron revisados por Xavi y por mí antes de su contratación. Lo que tú llamas "actividad sospechosa", yo lo llamo ingenio bajo presión.
Adrián se acercó a Leo y, frente a todos, puso una mano firme sobre su hombro. Fue un gesto público de apoyo que hizo que el corazón de Leo diera un vuelco.
— La reunión ha terminado —anunció Adrián—. Julian, retira tu aroma de mi oficina. Me da náuseas.
Julian se puso de pie, su rostro pálido de humillación. Su aroma a orquídeas se volvió rancio, una señal de derrota momentánea.
— Esto no se queda así, Adrián. Los inversores no querrán a un Omega que se deja dominar por el rastro de un Alfa de calle —amenazó Julian antes de salir, dejando tras de sí un rastro de veneno que tardaría horas en disiparse.
Cuando la sala quedó vacía, la tensión de Leo se rompió. Se dejó caer en una silla, pasando sus manos por su cabello castaño.
— Adrián... no tenías que exponerte así por mí. Sus inversores pueden quitarte fondos.
Adrián se arrodilló a su lado, olvidándose de su traje de miles de dólares. Su aroma a pino se volvió dulce, lleno de esa resina cálida que solo Leo lograba sacar.
— No son solo negocios, Leo —susurró Adrián, mirándolo a los ojos con esa ternura que Julian nunca entendería—. Eres la primera persona que no me ve como un cheque o un rival. No voy a dejar que nadie te haga sentir que tu pasado es algo de lo que debes avergonzarte.
Leo respiró hondo, llenando sus pulmones con el aroma de Adrián. Por primera vez, el eucalipto del Alfa se sintió en paz, envuelto en el bosque seguro del Omega.