Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 8: El refugio de las bestias heridas
La ciudad se veía distinta desde el asiento del copiloto del coche de Mateo. Para Adrián, el mundo siempre había sido un tablero que le pertenecía; ahora, cada patrulla de policía y cada cámara de seguridad se sentía como un ojo de su padre buscándolo. Donato de la Vega no era un hombre que aceptara la derrota; era un hombre que borraba los problemas, y en ese momento, su propio hijo se había convertido en el problema más grande de su carrera.
—No podemos ir a tu casa —dijo Adrián, rompiendo el silencio sepulcral mientras cruzaban el puente hacia el sector industrial—. Mi padre conoce tu dirección, la de tus padres, incluso la de tu abuela. Si no estamos allí en una hora, enviará a "bienestar social" o a la policía con una orden de registro falsa.
Mateo apretó el volante. Sus nudillos estaban blancos.
—Lo sé. Por eso no vamos a mi casa. Vamos al único lugar donde nadie buscaría a un De la Vega.
La guarida de acero
Media hora después, el auto se detuvo frente a un almacén de contenedores cerca del puerto. Mateo bajó y abrió un candado pesado en uno de los depósitos metálicos. Al entrar y encender una bombilla desnuda que colgaba del techo, Adrián se quedó sin aliento.
No era un almacén. Era un centro de operaciones.
Paredes cubiertas con monitores, pizarras llenas de nombres tachados, fotos de la familia De la Vega conectadas por hilos rojos, y una mesa llena de discos duros.
—Llevas meses planeando esto —susurró Adrián, caminando entre las pizarras—. No solo era por lo del baile. Tú ya estabas excavando en los cimientos de mi familia mucho antes.
Mateo cerró la puerta de metal con un estruendo que resonó en todo el contenedor. Se giró hacia él, con la luz amarillenta acentuando las sombras de su rostro.
—Empecé a investigar cuando me di cuenta de que el "accidente" del que todos murmuraban no tenía sentido. Al principio buscaba pruebas para hundirte, Adrián. Quería verte tras las rejas porque pensaba que así dejarías de dolerme. —Mateo se acercó a él, su voz volviéndose más suave—. Pero cuanto más rascaba, más me daba cuenta de que tú no eras el arquitecto, sino el prisionero.
Adrián bajó la mirada, avergonzado. Se sentó en una silla plegable, sintiendo que el cansancio de un año entero finalmente lo alcanzaba.
—Él me dijo que si yo no aceptaba la culpa, él iría a la cárcel y perderíamos todo. La casa, el apellido, el dinero... me hizo sentir que el bienestar de mi madre dependía de mi silencio. Ella está enferma, Mateo. No aguantaría un escándalo de ese calibre.
—Tu madre no está enferma de los nervios, Adrián —dijo Mateo, sentándose frente a él y tomándolo por las manos. Estaban frías—. Tu madre está sedada. Donato la mantiene en una bruma de medicamentos para que no pueda testificar sobre lo que vio aquella noche. Él no la está protegiendo. La está anulando.
Adrián levantó la cabeza de golpe. La furia en sus ojos fue como una llamarada.
—¿Cómo lo sabes?
—Elena, mi abogada, consiguió los registros de la clínica privada. Las dosis que le administran no son para la ansiedad; son para el control. Tu padre es un dictador, Adrián, y tú eras su sucesor favorito solo mientras fueras obediente.
El pacto de los condenados
El sonido de la lluvia golpeando el techo de metal del contenedor era ensordecedor, creando una burbuja de intimidad forzada. En ese espacio reducido, el "Síndrome de Estocolmo inverso" se transformó en algo más real, algo que no tenía nombre pero que quemaba igual.
Adrián se levantó y caminó hacia Mateo. La distancia desapareció. No había cámaras, no había chantajes, no había planes de venganza. Solo dos chicos rotos en el fin del mundo.
—Si vamos a hacer esto —dijo Adrián, su voz vibrando de una determinación nueva—, si vamos a derribar a Donato de la Vega, tengo que saber una cosa.
—Dime.
—¿Lo haces porque todavía queda algo de aquel Mateo que me amaba, o solo lo haces por el placer de ganar el juego?
Mateo se quedó en silencio. Miró las manos de Adrián, las mismas manos que lo habían empujado en el gimnasio y que lo habían sostenido con desesperación en el invernadero.
—Aquel Mateo murió, Adrián. Lo mataste tú. —Vio cómo el rostro de Adrián se ensombrecía, pero continuó—: Pero este nuevo Mateo... este que aprendió a ver en la oscuridad... este Mateo ha descubierto que no puede dejar que te hundas. No es amor de cuentos de hadas. Es algo mucho más oscuro y resistente. Es la lealtad de los que han sido quemados en la misma hoguera.
Mateo acortó el último centímetro y besó a Adrián. Fue un beso lento, cargado de una melancolía profunda. Ya no era una lucha por el poder; era un reconocimiento mutuo. Adrián lo rodeó con sus brazos, escondiendo su rostro en el hombro de Mateo, permitiéndose sollozar por primera vez en años.
—Ayúdame —susurró Adrián—. Ayúdame a ser libre.
—Lo haremos —prometió Mateo—. Pero primero, tenemos que entrar en la oficina de tu padre una última vez. No en la de la casa, sino en la de la Empresa Constructora. Allí es donde guarda el "Libro Negro". Los registros de los sobornos a los jueces y los pagos a la clínica de tu madre.
El plan de infiltración
Mateo se separó y volvió a las pantallas. Sus ojos recuperaron el brillo del estratega.
—Donato cree que vas a volver a casa arrastrándote mañana por la mañana. Vamos a usar eso. Mañana irás a la empresa. Le dirás que te arrepientes, que Mateo te manipuló y que quieres arreglar las cosas. Yo estaré en el sistema, hackeando las cámaras y los accesos desde aquí.
—Es una misión suicida —dijo Adrián—. Si me descubre, no llamará a la policía. Me hará desaparecer como a los registros de aquel coche.
—Por eso no vas a estar solo —Mateo señaló un punto en el mapa—. Javier sabe que lo traicionaste, pero también sabe que fue bajo mi presión. He hablado con él. Está furioso, pero odia a tu padre más de lo que nos odia a nosotros. Él será nuestra distracción externa.
Adrián soltó una risa amarga.
—El equipo de ensueño: el chico que humillaste, el amigo que traicionaste y el hijo que te odia. Donato no va a saber ni qué lo golpeó.
Mateo lo miró seriamente.
—Mañana por la noche, Adrián, el romance y el suspenso se acabarán. Solo quedará la verdad. Y la verdad suele ser lo más sangriento de todo.
Se acomodaron en un sofá viejo en el rincón del contenedor, compartiendo una manta y el calor de sus cuerpos. Mientras el mundo exterior seguía buscándolos, ellos encontraron una paz precaria entre cables y planes de sabotaje. Mateo sabía que esta era la calma antes de la carnicería, pero mientras sentía la respiración de Adrián contra su pecho, se permitió creer, por un segundo, que quizás había una vida para ellos después de la venganza.
Sin embargo, en la pantalla de uno de los monitores que Mateo había dejado encendido, una alerta roja empezó a parpadear. El rastreador que había puesto en el coche de Donato se movía.
Donato de la Vega no estaba en su mansión. Se dirigía hacia el sector industrial.
El cazador había encontrado el rastro.