Tras ser brutalmente traicionada por su compañera y su objetivo en una misión de alto riesgo, la letal agente Jannet Cayswell muere en un accidente orquestado. Despierta en el cuerpo de Zafiro Lawrence, la heredera de una Casa Noble en un imperio de corte de época antigua, con toques mágicos. Atrapada en una vida de etiqueta y política palaciega, Zafiro debe fingir la amnesia para sobrevivir mientras domina sus nuevas habilidades y el funcionamiento de este mundo.
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Capítulo 04
El carruaje de los Lawrence, blasonado con el león de plata y el zafiro heráldico, avanzaba con suavidad por las calles empedradas de la capital. Dentro, Zafiro se encontraba sumida en una profunda reflexión. Sus dedos rozaban inconscientemente el lugar en su cuello donde la mirada de Ethan Lancaster se había posado con tanta intensidad.
«Ethan...», pensó, y un calor extraño, ajeno a su entrenamiento como Jannet, floreció en su pecho. En su vida pasada como agente de inteligencia, el amor era una debilidad, una brecha en la armadura que los enemigos aprovechaban para clavar la daga, pero en este mundo, ese sentimiento parecía ser el combustible de una guerra inminente.
Al llegar a la mansión, el despliegue de poder de su familia era evidente. Los guardias, hombres de la casa Mormont y Clegane bajo el mando de los Lawrence, saludaron con estruendoso respeto. En el gran vestíbulo, su hermano Liam la esperaba, de pie junto a una estatua de mármol de su abuelo.
—Has vuelto tarde, Zafiro —dijo Liam, cruzando los brazos sobre su pecho. Su mirada recorrió a su hermana de arriba abajo, buscando cualquier rastro de molestia—. ¿Lancaster se propasó contigo? Si te hizo sentir incómoda, juro que mañana mismo solicitaré un duelo de práctica y le romperé un par de costillas.
Zafiro soltó una risa cristalina, acercándose a su hermano para acomodarle la capa.
—Tranquilo, Liam. El Príncipe fue un caballero... a su manera. De hecho, diría que está empezando a entender quién soy realmente. —Dije con una sonrisa, para tranquilizarlo.
—Eso es lo que me temo —gruñó Liam, aunque dejó que ella le tocara el rostro—. Los hombres como él no ven a las mujeres como personas, las ven como territorios que conquistar. Y tú, Zafiro, eres mi territorio más sagrado. No dejaré que un Lancaster te encierre en una jaula de oro, por muy heredero que sea.
—No soy una jaula, hermano —replicó ella con voz firme y suave—. Soy la que sostiene la llave, ahora, acompáñame al despacho de padre. Necesito ver la lista de invitados para el baile de la Luna de Sangre.
Liam arqueó una ceja, sorprendido por la insistencia de su hermana en los asuntos políticos, pero la guio hacia el estudio del Archiduque. Allí, su padre, revisaba unos informes junto a Cassis Arryn, un hombre de confianza y estratega de la familia.
—Padre —saludó Zafiro con una reverencia perfecta—. Señor Arryn.
—Zafiro, mi luz —Dante levantó la vista y le dedicó una sonrisa cálida—. Estábamos discutiendo sobre los suministros de mineral en las tierras del norte. ¿Qué te trae por aquí?
—Quiero ver la lista de la nobleza menor que asistirá al baile de la próxima semana —dijo ella con tranquilidad, yendo directamente al grano.
Cassis Arryn le entregó un pergamino con curiosidad.
—Es inusual que la joven dama se interese por los rangos inferiores. Suelen ser solo... decorado para el salón. —Le dijo amables el señor Arryn.
Zafiro desenrolló el papel. Sus ojos escanearon los nombres con la velocidad de una computadora: Marcus Tyrell, Eliana Martell, Leo Seaworth... y ahí estaba. Al final de la lista, casi como una nota al pie.
*«Conde Crane y su hijo, Carlos Crane».*
Un destello de odio puro cruzó sus ojos por una fracción de segundo, tan rápido que solo Cassis, un hombre entrenado en observar detalles, lo notó.
—¿Pasa algo con la familia Crane, Alteza? —preguntó Cassis.
—Nada —respondió Zafiro, recuperando su máscara de calma y de señorita—. Solo que los Crane tienen tierras que limitan con una de nuestras rutas de comercio secundarias. Me gusta conocer a los vecinos... antes de que decidan mudarse.
Dante soltó una carcajada orgullosa.
—¡Esa es mi hija! Siempre pensando en la seguridad de la casa. Liam, deberías aprender de ella. —Le dijo a su hijo mayor, con orgullo.
Liam solo bufó, mirando el nombre de Carlos Crane con desdén.
—Un conde de pacotilla. Ni siquiera tienen un ejército propio, dependen de los Bolton para su defensa. No son una amenaza, Zafiro. —Dijo molesto, por la atención que Zafiro mostraba por esa familia.
«No tienes idea, hermano», pensó ella. «En dos años, ese "conde de pacotilla" te cortará la garganta mientras duermes». Pensó ella con inquietud y un poco de tristeza, pero ella no iba a permitir que eso volviera a ocurrir.
***
Los días siguientes fueron un torbellino de actividad. Zafiro se rodeó de sus doncellas de confianza, Flora y Freya, para preparar su ofensiva. Pero no era una ofensiva de armas, sino de imagen.
—Lady Zafiro, este encaje es de la región de Tarth —decía Flora, mostrando una tela plateada—. Resaltaría sus ojos, pero la Archiduquesa Malory sugiere el terciopelo rojo.
—No —dijo Zafiro con autoridad—. Quiero el diseño que dibujé. Seda negra en la base, con capas de tul azul noche y bordados de hilos de plata que simulen constelaciones. Y quiero que el escote sea en "V" profunda en la espalda. Si voy a ser el centro de atención, que sea por mi poder, no por mi candidez.
Freya, la más joven, la miraba con adoración.
—Parece una reina guerrera, mi señora. —Le elogió la doncella con cariño y orgullo.
—Esa es la idea, Freya. —Le respondió con una sonrisa calida.
En medio de las costuras y las pruebas, Zafiro también dedicó tiempo a su entrenamiento físico secreto. Una noche, mientras practicaba movimientos de defensa personal en sus aposentos, escuchó un ruido en el balcón.