Eleonor Baxter aprendió desde pequeña a ser perfecta.
Amable, inteligente y elegante, creció entre apellidos influyentes y cenas compartidas con familias amigas. Desde adolescente, Alex King fue parte de su vida… y también de sus sueños. Mucho antes del matrimonio, Eleonor ya lo amaba en silencio.
A los veintisiete años dirige SweetBaby, la empresa cosmética heredada de su familia, y sostiene un matrimonio que nunca se construyó sobre las promesas que ella imaginó. Casada desde hace tres años con Alex —uno de los cirujanos cardíacos más prestigiosos del país y dueño de una red de hospitales—, Eleonor aprendió que conocer a alguien desde siempre no garantiza ser elegida.
Durante años intentó ser paciente, comprensiva, invisible. Alex, marcado por la vergüenza de un matrimonio arreglado y consumido por el trabajo, dejó que la distancia creciera hasta volverse insoportable.
Cansada de sentirse desplazada, Eleonor toma una decisión que lo cambia todo.
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Capitulo 7
Jonny finalmente atendió el teléfono.
—Hijo, al fin me atendés… —dijo Carmen, con nerviosismo—. Te necesito. ¿Cuándo volvés, eh?
Su voz sonaba rara, pastosa, como si se le trabaran algunas palabras.
—Necesito dinero.
Jonny cerró los ojos un segundo.
—Ma… ¿estuviste bebiendo?
—¡No! ¿Por qué me decís eso? —respondió rápido—. Estuve ocupándome de tu hermano. Tengo que comprarle unas cosas para el colegio y por eso necesito plata.
—Sabés que lo dejé… dejé de tomar.
Jonny suspiró.
—Bueno, pasame la lista de lo que hay que comprarle. Yo lo compro y hago que se lo manden a casa.
—No —respondió ella, tajante—. Tengo que comprarlo yo. Soy su madre.
—Ma, hace tres días te mandé dinero. Me dijiste que era para comprarle pantalones. Roni me dijo que no le compraste nada, que lo dejaste solo todo el día.
Hubo un silencio breve. Luego, la voz de Carmen se volvió agresiva.
—¿Por qué me hablás así? ¿Te creés mucho porque me mandás unos dólares?
—Yo soy tu madre, tenés que respetarme.
Jonny se sacó el teléfono del oído por un instante y respiró hondo.
—Ma, tengo que cortar —dijo, cansado—. Mandame una lista con lo que necesita. Le voy a decir a la vecina que se lo dé.
—Sos malo conmigo… —sollozó ella—. Me tratás como basura…
Jonny no respondió. Cortó la llamada.
Se dejó caer sobre la cama, mirando el techo, con el pecho apretado. Los pensamientos se mezclaron con un recuerdo que nunca lo abandonaba.
Hace dos años…
Eran cerca de las ocho de la noche cuando Jonny bajó de un taxi, con un pequeño bolso colgado del hombro.
Afuera de su casa había unas quince personas y un patrullero estacionado, con las luces encendidas.
El corazón le dio un vuelco.
Corrió hasta la entrada.
—¿Qué pasó? —preguntó, desesperado.
Una vecina se acercó enseguida.
—Tranquilo, Jonny… ahora está todo bien.
—¿Qué pasó? —insistió—. ¿Fue ella, mi mamá? ¿Qué hizo?
—Tranquilo, no te pongas mal —dijo la mujer—. Se prendió fuego la cocina. Parece que estaba cocinándole a tu hermano y se quedó dormida.
—Tu hermano estaba en su habitación. Desde la ventana me avisó y yo llamé a la policía.
Jonny sintió que le temblaban las piernas.
—¿Están bien?
—Sí… tu hermano está bien. Tu mamá se quemó un poco la mano, nada grave.
Jonny se pasó una mano por el rostro, agotado.
—No sé qué hacer con ella… —murmuró—. Yo tengo que trabajar. Tenía una campaña en Texas…
Su voz se apagó, cargada de impotencia.
A eso de las 22:40, el restaurante del hotel estaba casi vacío.
Luces bajas, música suave, mesas separadas por la distancia justa para preservar la intimidad. Eleonor eligió una mesa junto a la ventana. Desde allí se veía la ciudad encendida, viva, indiferente a todo lo que a ella le pesaba por dentro.
Pidió una copa de vino y el plato más simple del menú. No tenía demasiada hambre.
Necesitaba calma.
A unos metros de distancia, Jonny entró al restaurante con pasos inseguros. Esos lugares tan elegantes le eran totalmente ajenos a su realidad. Dudó un segundo antes de avanzar. No solía moverse con soltura en espacios así: demasiado silencio, demasiadas reglas implícitas.
Se sentó en la barra y pidió una cerveza.
Mientras esperaba, levantó la vista sin pensar…
y la vio.
El mismo cabello. La misma elegancia natural. Se veía tan hermosa, casi inalcanzable.
La misma presencia imposible de ignorar.
Eleonor.
Esta vez sin ascensor de por medio. Sin prisas. Sin puertas cerrándose.
Jonny tragó saliva.
No sabía si acercarse o no. No quería parecer invasivo. No quería incomodarla. Pero algo —una fuerza tranquila, distinta— lo empujó a levantarse.
Caminó hacia su mesa con cautela.
—Perdón… —dijo, en voz baja—. ¿Puedo?
Eleonor levantó la mirada, sorprendida. Tardó un segundo en reconocerlo… y luego sonrió apenas.
—El del avión —dijo—. Y del ascensor.
—Ese mismo —respondió él, devolviéndole la sonrisa—. Prometo que no suelo aparecer así en todos lados.
Ella soltó una risa suave.
—Adelante. Siéntese.
Jonny tomó la silla frente a ella.
—Jonny —se presentó—. Creo que nunca lo dije.
—Eleonor.
Se miraron unos segundos en silencio. No era incómodo. Era curioso. Como si ambos estuvieran tanteando algo frágil.
—¿Viaje de trabajo? —preguntó él.
—Sí —respondió ella—. ¿Y usted?
—También. Aunque no tan glamoroso como parece este lugar.
Eleonor lo observó con atención. No había pretensión en él, ni soberbia. Era honesto. Casi transparente.
—A veces el lujo solo es una fachada —dijo ella—. No siempre significa que todo esté bien.
Jonny asintió lentamente.
—Lo sé.
Compartieron otro silencio, esta vez más profundo.
—Gracias por el otro día —dijo él de pronto—. Por no incomodarse.
—Gracias a usted por no insistir —respondió ella—. No todos entienden eso.
El mozo se acercó y Jonny pidió algo sencillo. Cuando volvió a mirarla, notó algo distinto en sus ojos.
—¿Está bien? —preguntó, sin pensar demasiado.
Eleonor dudó.
Luego suspiró.
—Estoy aprendiendo a estarlo.
Esa respuesta le llegó más de lo que esperaba.
—Si quiere… —dijo Jonny, con cuidado—, podemos hablar de cualquier cosa. O de nada. A veces ayuda.
Ella lo miró. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió que tuviera que fingir.
—De nada está bien —respondió.
Justo en ese momento, una camarera se acercó a la mesa con una gran sonrisa.
—Perdón, señor Reilly —dijo—. ¿Me daría un autógrafo y una foto? Soy fanática de la serie en la que actuó. La vi como tres veces.
Eleonor lo miró con sorpresa mientras tomaba su copa de vino.
—Lo siento, no quería interrumpir —agregó la mujer, tendiéndole un papel y una lapicera.
—Claro —respondió Jonny.
Firmó el papel y la camarera se sacó una selfie con él. Luego se retiró, visiblemente emocionada.
Jonny volvió a sentarse.
—Es famoso, por lo que veo —comentó Eleonor.
Jonny rió.
—¿Sí? ¿De verdad no me conoce?
—No —admitió ella—. La verdad es que no miro televisión.
—Ya veo…
Él la observó con curiosidad.
—¿Hoy está sola? Siempre la veo acompañada de un hombre.
—Mi asistente —aclaró Eleonor—. Está descansando. Fue a hablar por teléfono con su esposa.
—¿No comió nada usted?
—No. Comí en mi habitación unas papas fritas —respondió Jonny—. No quería gastar quinientos dólares en un poco de pasta.
Eleonor sonrió.
—Este es un buen restaurante. No es tan mala la pasta.
—Usted tampoco comió mucho.
—No tengo tanta hambre.
Justo en ese momento comenzó a sonar su teléfono. Era su suegra. Eleonor esquivó la llamada y puso el móvil boca abajo.
—¿Debe atender? —preguntó Jonny—. No quiero molestarla.
—No… la verdad es que no quiero atender —respondió ella, con sinceridad.
si realmente la quieres y amas
ahora veremos si en verdad exiten las segundas oportunidades.
claro todo depende de nuestra autora
no eres infiel y eso le suma puntos pero tú absoluto desinterés en la relación la falta especial de amor dan ganas de matarte por otro lado Jony podría ser un nuevo amor la nueva oportunidad que le guste a ele
Mi pregunta es aceptarás que ella se hizo una inceminacion y que va a ser madre sin ti?