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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:842
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 9 - Paciente Cero. La dosis de la destrucción.

Entonces, un último intento. Un enfoque radical.

Tomamos el virus Rhabdoviridae, el mismo que provoca la rabia. Lo rediseñamos. Potenciamos la fuerza, la inteligencia, la inmunidad. En animales, funcionaba a la perfección y algunas personas con discapacidades mentales, habían cambios significativos.

¿Cómo saber si funcionaba?

Ella seguía en coma. Aun así, la primera dosis hizo algo. Algo nuevo en su sangre.

Lo analizamos. Lo estimulamos. Lo combinamos con otra mujer.

El resultado fue inmediato. Un cambio en su sistema nervioso fue inmediato. Justo como esperábamos.

Pero algo salió mal. Un choque molecular. Y la mujer murió.

A los pocos días, le inyectamos una segunda dosis.

Y entonces, despertó del coma.

Imposible. Médicamente, científicamente, humanamente imposible. Tenía muerte cerebral. Nadie había vuelto jamás de un coma irreversible. Pero ahí estaba: respirando, mirando, viviendo..

Suponemos que fue el tratamiento. Algo en él reactivó sus neuronas, su tronco encefálico. Pero no sabemos cómo.

Toda esa historia le resultaba inquietantemente familiar. Sintió un escalofrío.

—¿Soy yo? —preguntó Iliana, con un hilo de voz.

Él asintió con la cabeza, esquivando su mirada.

—Tuviste un accidente. Estabas en coma. Sin esperanza. Te trajimos porque tu sistema nervioso tenía algo único. Tu mielina era diferente. Una cantidad nunca vista.

Ya no quería seguir oyendo. Sabía que venía algo peor. El silencio entre ambos era tenso. Él esperaba. Ella también. Ninguno quería romperlo.

Se alzó. Salió de la habitación. El metal frío en su mano. Disparó. Sin pensar. Sin dudar.

Dos años. Le pesaban en los huesos. En la memoria rota. En el tiempo que no volvería.

Volvió al laboratorio, tomó una silla y se sentó frente al doctor nuevamente.

—¿Qué sucedió luego? —preguntó, con la voz más firme de lo que esperaba.

—Después de despertar… aparentemente eras normal. La única secuela que mostraste fue la pérdida de memoria, lo cual fue favorable para nuestros experimentos. No necesitábamos dar explicaciones, porque no hacías preguntas hasta que notaste el cambio en tu cuerpo.

—¿Qué pasó con mi embarazo? —preguntó Iliana.

—Nunca hubo problema —respondió él—. Nos enteramos de ello, una semana después de aplicarte la primera dosis. Luego de que despertarás sus latidos eran fuertes, crecía bastante bien y después de la aplicación de la tercera y última dosis que te administramos.

Tus células se regeneraban diez veces más rápido que en cualquier otra persona, pero, a simple vista, el único efecto visible era tu capacidad de sanar. Cortes, fracturas, incluso daños internos… todo desaparecía en cuestión de días, incluso horas.

Tus órganos se renovaban sin esfuerzo. No envejecías. No te debilitabas. Mientras otros cuerpos se desgastaban con el tiempo, el tuyo simplemente rejuvenecía.

Dos semanas después de la última dosis, intentamos extraer una muestra del líquido amniótico del feto. Un procedimiento rutinario.

Dos semanas después de la última dosis, intentamos extraer una muestra del líquido amniótico del feto, un procedimiento rutinario.

Pero entonces… algo salió mal.

El útero se desprendió, como si tu cUerpo lo hubiera rechazado de golpe. Intentaba expulsarlo, a pesar de que aún faltaba más de un mes. Tuvimos que operarte de inmediato para detener la hemorragia y reconstruir los daños.

Trató de procesar lo que acababa de escuchar.

Todo era culpa de ellos. Lo sabía. Siempre lo había sabido. Desde el momento en que despertó en esa habitación, con recuerdos rotos.

Tantas cosas que le habían introducido en el cuerpo.

—¿Qué paso con mi bebé? Preguntó Iliana.

Miller la observó por un momento antes de responder.

—El nació perfectamente sano, no presentó ninguna anomalía. Un niño muy hermoso, un poco grande para el tiempo que tenía. Peso cuatro kilogramos y midió cincuenta y tres centímetros, sin cabello y ojos claros.

—¿Qué le hicieron? —preguntó ella, con un hilo de aire atrapado en la garganta.

Él apartó la mirada. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Trascurrieron varios meses de experimentos con el bebé. Durante ese tiempo, creció normalmente, hasta que cumplió seis meses. Fue entonces cuando aplicamos la primera dosis del tratamiento. Al principio, no se observaban cambios drásticos: seguía vivo, pero algo había cambiado.

Tiempo después, nos dimos cuenta de que su crecimiento se había detenido. Aunque su corazón latía y respiraba, su cuerpo ya no se desarrollaba como debería. Permanecía vivo, pero la vitalidad y la fuerza que cualquier niño de su edad tendría se habían congelado, como si el tiempo se hubiera detenido para él.

—La segunda dosis del tratamiento se aplicó dos meses después—dijo él con voz tensa—. Nuestro objetivo era perfeccionar su estructura molecular, reparar los daños y potenciar sus capacidades… hacerlo más fuerte, más resistente.

Tras la aplicación, sus órganos comenzaron a fallar, y su corazón latía con menos fuerza. Cada día parecía peor que el anterior: un pequeño detenido en el tiempo, vivo, pero deteriorándose.

Iliana sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones. Cada palabra del doctor era un golpe, una punzada en el pecho que no podía ignorar. Sus manos temblaban, aferrándose al borde de la silla. Se quedó estacada, llena de furia contenida, obligándose a seguir escuchando, aunque cada frase le desgarraba un poco más el alma.

Pensamos que una tercera dosis podría funcionar, como ocurrió en tu caso, pero la naturaleza del bebé no respondió igual.

Pero entonces ocurrió.

El choque molecular que provocó la dosis lo afectó gravemente: su sistema nervioso sufrió un colapso. Su pequeño cuerpo convulsionó. Su corazón se detuvo. Por unos minutos, murió.

Luego, volvió. Un milagro, pensamos. No sabíamos que habíamos creado un virus mortal.

Todo eso quedó flotando en su mente. Sentimientos de dolor, palpitante, brotando de lo más profundo. Un latido acelerado. Un ardor en la garganta, contuvo las palabras. El aire, le faltaba.

Llevó una mano al pecho, buscando una respuesta, una certeza. Pero no había nada. Vacío.

El aire frío de la habitación, se colaba en sus huesos. Un peso invisible que la desbordaba, que le robaba la voluntad de moverse. Quiso. Quiso con todas sus fuerzas. Pero su cuerpo… su cuerpo la traicionó.

Miraba el rostro de aquel hombre, con un deseo que ardía en sus venas, un deseo tan inmenso que crecía con cada respiración, con cada latido. Algo salvaje, imparable.

Respiró, un suspiro entrecortado, y las palabras, como fuego en su garganta, salieron con la fuerza de una condena. Sentía el ardor de su boca, pidiendo que continuara.

Seguimos con las pruebas. Esta vez, introdujimos su sangre en una mujer. La observamos durante días.

Comenzó a manifestar un malestar general, fiebre alta que no cedía con ningún medicamento. Vómitos. Mareos. Ya no quería comer, ni beber. La desorientación la envolvió, hasta que perdió el conocimiento… y murió.

Varias horas después, luego de examinar su cuerpo inerte, intentamos deshacernos de él… entonces despertó.

Pero ya no era ella. Se había transformado en un monstruo. Mordió a algunos… Y la infección se extendió.

Iliana escuchó. Cada palabra. Cada sílaba resbalando de esa boca inmunda. La rabia le trepaba por la piel y los huesos.

El deseo de venganza le ardía en el pecho. Como una brasa.

Su pequeño bebé… lo habían asesinado. La frase se estrelló contra su mente. El eco resonó en cada rincón de su ser. No entendía, no podía entender. ¿Cómo? ¿Por qué?

Ella se levantó de la silla. Caminaba por la habitación como perdida en el tiempo, atrapada en un bucle de preguntas sin respuesta.

Un ser indefenso.

Inocente.

¿Cómo pudieron hacerle todo eso?

¿Cómo manipular su existencia así como si fuera un juguete?.

Luego de un tiempo, volvió en sí, se acercó hasta aquel desquiciado doctor, ya se había quedado dormido.

Aún quería matarlo. Pero no era el momento. Primero, debía conseguir información necesaria. Tenía que hacerle sentir lo que ella sentía. Cada herida. Cada sombra. Cada tormento.

Quería hacerlo pagar por todo.

Siguió vagando por la habitación, pasando la mirada por los libros, los frascos, los instrumentos desconocidos. No tocaba nada. No confiaba en nada.

Después de todo, era un laboratorio. Un espacio de experimentos, de secretos. De riesgos que no comprendía.

Pero la cuna…

No se atrevía a acercarse.

Algo dentro de ella la detenía, como si cruzar esa distancia significara enfrentar una verdad que aún no estaba lista para aceptar.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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