En un mundo donde la sangre llama a la venganza y el destino teje hilos inquebrantables, ella, la Omega despreciada, se alzará para reclamar no solo un trono, sino el corazón de un Rey. Pero un amor tan puro puede ser la debilidad más letal en un reino oscuro.
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Capítulo 01
El frío en las Tierras del Norte no era simplemente una cuestión de clima; era una presencia viva que se arrastraba por las grietas del suelo de piedra y se enroscaba en los huesos de quienes no tenían nada. Para Luneth Moonlight, el frío era su único compañero constante.
A las cuatro de la mañana, cuando la luna —su homónima— aún colgaba pálida y burlona en el firmamento, Luneth ya estaba de rodillas. El agua del balde estaba tan helada que sus dedos habían pasado de un rojo doloroso a un blanco entumecido. El cepillo de cerdas duras rascaba el suelo del gran salón de la mansión de la manada, un sonido rítmico que intentaba ahogar los gritos de sus propios recuerdos.
—Limpia más rápido, rata de alcantarilla —siseó una voz desde la escalera.
Luneth no levantó la vista. No necesitaba hacerlo para saber que era Carla, su prima mayor. Podía oler su perfume floral empalagoso mezclado con el hedor de la arrogancia. Carla, una Beta de linaje "noble", disfrutaba especialmente de ver a la "Heredera de la Luna" reducida a fregar manchas de vino rancio.
—Lo siento, Carla. El hielo en el agua dificulta...
Un zapato de seda fina impactó contra el costado de Luneth, derribándola. El agua sucia se derramó sobre su túnica raída, empapando su piel y provocándole un espasmo de puro terror térmico.
—¡Es "Señorita Carla" para ti, esclava! —gritó la joven, su rostro distorsionado por una mueca de asco—. Mi madre dice que es un milagro que te permitamos dormir bajo este techo después de la vergüenza que tus padres trajeron a esta manada. Deberías estar agradecida de que no te dejamos en el bosque para que los ferales te devoraran.
Luneth apretó los puños, las uñas clavándose en sus palmas callosas. *Vergüenza*. Esa era la palabra que usaban para camuflar el asesinato. Sus padres no habían traído vergüenza; habían traído luz, una luz que su tío Ricardo y su tía Lisandra habían necesitado apagar para usurpar el control de la manada tras la masacre.
—Sí, Señorita Carla —susurró Luneth, con la voz quebrada.
—Limpia este desastre. Y cuando termines, ve a las cocinas. Mi madre quiere que las bandejas de plata brillen para el anuncio de hoy. Si encuentro una sola mota de polvo, te aseguro que pasarás la noche en las celdas de castigo.
Carla se alejó con un paso altivo, dejando a Luneth sola en la penumbra del salón. El silencio regresó, pero no la paz. Al cerrar los ojos, el olor a ceniza volvió a inundar su mente.
Tenía ocho años cuando el mundo se volvió rojo. Recordaba el calor insoportable de las llamas devorando la casa de campo, el crujido de la madera y el aullido agónico de su padre, el antiguo Alfa, intentando contener a los traidores que vestían máscaras de sombras. Recordaba a su madre, con la túnica empapada en sangre, arrastrándola hacia el pasadizo secreto bajo el hogar.
—*Escucha, Luneth...* —le había dicho su madre, sus ojos plateados brillando con una intensidad sobrenatural a pesar de la debilidad—. *Eres más de lo que ellos creen. Llevas la sangre de la Diosa. No dejes que apaguen tu chispa. Vive... por nosotras, vive.*
El empujón de su madre la salvó, pero el sonido de la espada atravesando la carne de su progenitora fue lo último que escuchó antes de que la oscuridad del túnel la tragara. Horas después, sus tíos la "encontraron" y, bajo la fachada de la caridad, la convirtieron en su sirvienta personal, asegurándose de que el resto de la manada la viera como una Omega defectuosa, una paria sin valor.
—¿Luneth? ¿Estás bien?
Una mano pequeña y cálida se posó en su hombro. Luneth dio un respingo, saliendo de su trance. Era Sara, una de las pocas criadas que aún se atrevía a mostrarle un gramo de humanidad.
—Estoy bien, Sara. Solo... se me cayó el balde.
—Vi lo que hizo esa arpía de Carla —murmuró Sara, pasándole un trapo seco—. Toma, sécate un poco. El tío Ricardo está de un humor de perros. Dicen que el Rey Lycan llegará antes de lo previsto.
Luneth sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el agua fría. El Rey Lycan, Ethan Dark'Raven. Un nombre que se pronunciaba en susurros de terror. Se decía que era un monstruo de dos metros de altura, con el cuerpo cubierto de cicatrices de mil batallas y un corazón de obsidiana. Había pasado los últimos años aplastando rebeliones en las fronteras, y su regreso solo podía significar dos cosas: tributos o sangre.
—¿Por qué vendría a una manada tan pequeña como la nuestra? —preguntó Luneth, poniéndose de pie con esfuerzo.
—Nadie lo sabe con certeza —respondió Sara en voz baja, mirando por encima de su hombro—. Pero los rumores dicen que busca algo. O a alguien. Dicen que su manada, la Manada de la Sombra Eterna, necesita una Luna para estabilizar el poder del Rey, pero que él ha rechazado a todas las hijas de los Alfas más poderosos.
Luneth soltó una risa amarga y carente de alegría.
—Pobres de ellas. Ser la esposa de un hombre así debe ser como firmar una sentencia de muerte.
—Bueno, al menos ellas tienen vestidos de seda para morir —suspiró Sara—. Vamos, apresúrate. Lisandra está llamando a todas a la cocina.
El resto de la mañana fue un borrón de trabajo extenuante. Luneth fue golpeada dos veces por el cocinero por no pelar las patatas con suficiente rapidez y humillada por Mariela, su otra prima, quien decidió que era divertido tirar sus pendientes de oro al cubo de la basura para que Luneth tuviera que buscarlos entre los restos de comida podrida.
Al mediodía, el salón principal estaba lleno. Todos los miembros de la manada estaban presentes. Su tío Ricardo, un hombre de hombros anchos y ojos fríos como el pedernal, se puso de pie en el estrado. A su lado, Lisandra lucía un vestido de terciopelo púrpura que gritaba opulencia.
—¡Hijos de la Luna! —bramó Ricardo, su voz resonando en las vigas—. Hoy es un día de gloria y deber. Nuestro soberano, el Rey Ethan Dark'Raven, regresará de la guerra mañana al anochecer. Para honrar su victoria y mostrar la lealtad de nuestra manada, celebraremos un baile de gala. Todas las mujeres solteras deben asistir. El Rey busca una compañera, y es mi deseo que la futura Reina de todas las manadas salga de este hogar.
Las primas de Luneth, Carla y Mariela, se miraron con sonrisas de suficiencia. Ya se veían sentadas en el trono de obsidiana.
—Sin embargo —continuó Ricardo, su mirada cayendo sobre Luneth, que estaba de pie en la esquina más oscura del salón, con el delantal manchado—, debemos mantener los estándares. Aquellas que no tengan un linaje digno o que sean una mancha para nuestra reputación, permanecerán en las sombras, sirviendo a los invitados. No toleraré que el Rey vea nada que no sea perfección.
Un coro de risas burlonas recorrió la sala. Luneth bajó la cabeza, dejando que su cabello oscuro ocultara las lágrimas de rabia que amenazaban con caer. "Mancha para la reputación". Ella era la hija del Alfa original, la legítima heredera, y estaba siendo tratada como basura por los mismos que habían robado su legado.
Cuando la multitud se dispersó, Luneth se retiró a su "habitación": un rincón húmedo en el sótano, junto a las calderas. Se sentó en su jergón de paja y sacó un pequeño objeto que guardaba escondido en un hueco de la pared. Era un medallón de plata, oxidado y sucio, con el símbolo de una luna creciente entrelazada con una rama de fresno.
Era lo único que le quedaba de su padre.
—¿Crees que él se daría cuenta, papá? —susurró a la oscuridad—. ¿Crees que este Rey monstruoso vería la verdad si me mirara a los ojos?
No hubo respuesta, solo el silbido del viento invernal golpeando la pequeña rejilla del sótano. Luneth se acostó, abrazando sus propias rodillas para conservar el calor. Mañana sería otro día de tortura, de servir copas y limpiar restos, mientras el mundo celebraba a un Rey guerrero.
Lo que Luneth no sabía era que el destino no es una línea recta, sino un círculo. Y que las cenizas de su pasado estaban a punto de ser avivadas por un fuego que ni ella ni todo el reino de los hombres lobo podrían apagar. La Omega despreciada estaba a punto de descubrir que, a veces, la oscuridad más profunda es la que mejor protege a la luz más brillante.
Esa noche, por primera vez en años, Luneth soñó. No soñó con fuego ni con sangre. Soñó con un par de ojos dorados que la observaban desde la espesura del bosque, una mirada que no pedía servidumbre, sino que exigía una devoción que ella nunca había conocido.
—*Regresa al baile...* —susurró una voz profunda en su sueño, una voz que vibraba en su alma como un trueno distante—. *Pronto sabrás quién soy.*
Luneth despertó sobresaltada, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se tocó el pecho, justo donde el medallón de su padre descansaba sobre su piel. Por un instante, solo por un instante, el frío del sótano desapareció, reemplazado por un calor antiguo y poderoso que emanaba de su propia sangre.
El juego de poder había comenzado, y la pieza más importante del tablero aún no sabía que era la Reina.