Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Ducado Evenson 1
Pasaron los años casi sin que se dieran cuenta, marcados más por las estaciones que por los números. El huerto creció, el invernadero se fortaleció, los cuadernos se llenaron de anotaciones y la bolsa bordada con la palabra tienda volvió a recuperar su peso… y a superarlo.
Cuando por fin contaron el dinero completo y comprobaron que ya era suficiente, Lavender estaba a punto de cumplir diecinueve años.
Esa noche extendieron el mapa sobre la mesa, alisándolo con cuidado. Era viejo, con bordes gastados, pero aún mostraba los caminos, los pueblos y las rutas comerciales. Rosie señaló primero el pueblo más cercano.. menos distancia, menos gastos de traslado. Lavender lo observó largo rato, pensativa.
—Es más cerca.. pero no es seguro.
Rosie asintió en silencio. Ambas sabían lo que eso significaba para dos mujeres solas, sin apellido poderoso ni protección visible.
Lavender movió entonces el dedo un poco más allá, hasta el pueblo cercano al ducado Evenson. Estaba algo más lejos, sí, pero rodeado de caminos vigilados y con presencia constante de guardias.
—Dicen que el duque Evenson es severo.. No tolera desorden ni abusos.
—Eso es exactamente lo que necesitamos.. Un lugar donde las reglas se respeten. Donde nadie se atreva a aprovecharse de nosotras.
Pensaron en los trayectos, en los clientes, en la reputación que ya empezaba a viajar de boca en boca. Pensaron en noches tranquilas, en cerrar la tienda sin miedo, en caminar por el pueblo sin mirar atrás.
La decisión se tomó sin dramatismo, pero con total convicción.
El pueblo cercano al ducado Evenson sería su nuevo comienzo.
No eligieron el camino más corto, sino el más seguro.
Y para dos mujeres que habían luchado toda una vida por proteger lo que amaban, esa elección lo decía todo.
Así fue como Lavender y Rosie llegaron al pueblo cercano al ducado Evenson con el corazón latiéndoles fuerte y el dinero cuidadosamente guardado, envuelto en telas y esperanza.
Recorrieron varias calles antes de encontrarla.
La tienda no era grande, pero tenía un frente amplio y una ventana generosa por donde entraba la luz de la mañana. El sol iluminaba el interior de una forma cálida, casi amable, como si el lugar las estuviera esperando desde hacía tiempo. Las paredes eran sencillas, el piso de madera crujía un poco al caminar, pero estaba firme. Nada lujoso. Todo honesto.
Rosie subió primero la estrecha escalera que llevaba al segundo piso. Allí había una pequeña habitación.. una cama modesta, una mesa, una ventana desde donde se veía parte del pueblo. Nada más. Pero era suficiente.
—Servirá para cuando no alcances a volver —dijo Rosie con voz suave, imaginando ya a Lavender cayendo rendida después de un largo día de ventas.
Lavender asintió sin poder hablar. Sentía un nudo en la garganta que le apretaba el pecho. Bajó de nuevo y miró la tienda desde la entrada, tratando de grabar cada detalle en su memoria.. el olor a madera, la luz cayendo en el suelo, el silencio lleno de posibilidades.
Cuando llegó el momento de entregar las monedas, ambas tenían los ojos llenos de lágrimas. No eran de tristeza, sino de todo lo que habían cargado para llegar hasta allí.. hambre, frío, pérdidas, trabajo incansable, amor inquebrantable.
Rosie tomó la mano de Lavender mientras el trato se cerraba.
—Es nuestra —susurró, como si temiera que decirlo en voz alta pudiera romper el hechizo.
Lavender apretó sus dedos, dejando caer una lágrima que no intentó esconder.
—Es tu nombre.. Es tu vida… y es nuestro futuro.
Cuando finalmente salieron, con las llaves frías en la mano, se abrazaron en medio de la calle sin importarles quién las viera. Porque en ese instante entendieron algo con absoluta claridad.. no habían comprado solo una tienda. Habían comprado el derecho a vivir sin miedo, a ser respetadas, y a honrar cada flor, cada raíz y cada enseñanza que las había traído hasta allí.
Mientras la tienda comenzaba a tomar forma en el pueblo, la vida en el campo no se detuvo. Al contrario, se volvió más intensa, más precisa, como si cada jornada tuviera ahora un propósito aún más claro.
Lavender asumió sin dudar el trabajo más pesado. Al amanecer tomaba las herramientas y se internaba en la tierra húmeda, arrancando raíces profundas con manos firmes y espalda tensa. La tierra se le metía bajo las uñas, el sudor le corría por la frente, pero no se quejaba. Cada raíz que cortaba, cada planta que seleccionaba con cuidado, la acercaba un poco más a la tienda que las esperaba.
Rosie, ya con los años marcándole el cuerpo, se dedicaba a tareas más suaves, aunque no menos importantes. Pasaba largas horas sentada bajo la sombra, extendiendo hojas sobre telas limpias, girándolas con paciencia para que el secado fuera parejo. Trituraba flores, revisaba frascos, clasificaba con una memoria prodigiosa que no había perdido un solo detalle con el tiempo.
A veces Lavender levantaba la vista desde el surco y la observaba. Rosie tarareaba canciones antiguas, las mismas que cantaba cuando Lavender era apenas una niña. Ese sonido llenaba el campo de una paz que ningún cansancio podía romper.
Por las tardes, juntaban lo trabajado y hablaban de la tienda: dónde iría cada estante, cómo ordenarían las raíces, qué flores irían en la ventana para atraer a los clientes. Reían imaginando a la gente entrando, preguntando, aprendiendo.
El cuerpo dolía, sí. Las manos estaban cansadas.
Pero el sueño ya no era algo lejano.
Trabajaban sabiendo que cada esfuerzo tenía un destino. Y aunque una cavaba la tierra y la otra cuidaba las hojas, ambas compartían la misma felicidad serena: la certeza de que, por primera vez, todo lo que hacían era para algo que les pertenecía de verdad.