Gabriel es un excelente médico, pero vive un amor silencioso por su compañero de trabajo.
¿Logrará Gabriel vivir este amor?
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Capítulo 9
El tiempo pasó despacio esa semana.
Como si el universo, por fin, hubiera entendido que Gabriel necesitaba lentitud.
Las noches aún eran difíciles — pesadillas, recuerdos antiguos que venían como puñales.
Pero ahora, cuando él se despertaba jadeando en medio de la madrugada, ya no estaba solo.
Miguel estaba en el sofá.
O en la cocina.
O leyendo algo apoyado en el marco de la puerta.
Siempre allí.
Siempre callado.
Siempre quedándose.
El jueves, al final del turno, Miguel apareció en la sala de los médicos con dos cafés.
— Supe que casi matas a un residente de vergüenza hoy — comentó, sentándose al lado de Gabriel.
— Él quería operar a un paciente con sospecha de hemorragia sin chequear el tipo sanguíneo.
— ¿Sonreíste cuando lo corregiste?
Gabriel rió.
— No. Pero fui gentil.
Miguel le dio un sorbo al café.
Después, con naturalidad, apoyó el hombro en el de Gabriel.
Sin ceremonia.
Sin pedir permiso.
Y Gabriel no retrocedió.
Se quedaron así por algunos minutos. Dos médicos cansados, sentados lado a lado. Pero había algo en el aire… algo leve. Casi imposible de nombrar.
Por la noche, en casa, Miguel cortaba legumbres en la cocina.
Gabriel apoyado en la encimera, observando.
— Cocinas demasiado bien para alguien que vive de guardia.
— Mis padres tenían restaurante.
Aprendí temprano que la comida es la forma más fácil de decir “me importas” sin usar palabras.
Gabriel sonrió, bajo.
— ¿Entonces es eso lo que has estado haciendo?
— ¿Qué?
— ¿Diciendo que te importo… con comida?
Miguel lo miró. Después desvió la mirada, avergonzado.
— Es que hablar… nunca fue mi fuerte.
— Lo sé. Pero has sido mi silencio más seguro.
Miguel dejó de cortar.
— ¿Puedo preguntarte una cosa?
— Claro.
— ¿Aún sientes ganas de hacerte daño?
El silencio que siguió fue denso, pero necesario.
Gabriel respiró hondo.
— A veces. Cuando todo aprieta.
Pero… ahora he recordado que hay alguien que repara si desaparezco.
Y eso lo cambia todo.
Miguel no dijo nada. Pero extendió la mano por encima de la encimera.
Gabriel la agarró.
Fuerte.
Con cuidado.
Y se quedó allí.
Agarrando lo que aún no tenía nombre.
Más tarde, sentados en la sala, Miguel cabeceaba con un libro en el regazo.
Gabriel lo observaba de lejos.
Pensó en todo lo que pasó.
En el niño que fue.
En el hombre que se convirtió.
Pensó en el amor que dio callado, en el amor que casi lo mata.
Y en aquel amor nuevo… extraño… aún sin definición.
Que ahora dormía en el sofá.
Y, por primera vez, él no sintió miedo.
Miguel se despertó con una manta sobre él y Gabriel ya durmiendo en el cuarto.
En la mesita de noche, una nota de letra pequeña:
> “Gracias por quedarte, incluso cuando no soy fácil de entender.”
“Me estás enseñando lo que es ser visto… sin ser juzgado.”
“Buenas noches. G.”
Miguel sonrió.
Dobló la nota con cuidado.
La guardó en el bolsillo.
Y pensó:
Tal vez ya fuera amor.
Aunque ninguno de los dos supiera decirlo.
Era fin de tarde cuando Gabriel se detuvo delante de la puerta del cuarto hospitalario.
Del otro lado, André, el hermano que él casi perdió.
El corazón de Gabriel latía despacio, pero con fuerza.
No era miedo.
Era expectativa.
Era añoranza.
Respiró hondo y golpeó con los nudillos.
— Puede entrar — dijo la voz apagada, aún cansada.
Gabriel abrió la puerta despacio.
André estaba acostado, con el brazo inmovilizado, un libro en el regazo y ojeras profundas.
Cuando vio a Gabriel, sonrió.
— Tienes la misma cara de cuando me rompías los muñecos para no dividir.
— Y tú aún consigues jugar con todo — respondió Gabriel, entrando.
Se miraron por un tiempo.
Como si midieran el tanto de dolor y de silencio entre los dos.
Gabriel jaló una silla. Se sentó.
Miró hacia el suelo.
— Yo… lo siento mucho.
— ¿Por qué?
— Por todo. Por que hayas venido a verme y… y esto haya sucedido.
André se acomodó despacio.
— La culpa no es tuya, Gabriel.
Fue una fatalidad.
— Nuestra familia cree que fui yo. Ellos dicen que tú solo sufriste porque me protegiste demasiado.
— Ellos dicen muchas cosas. Pero yo sé la verdad.
Yo fui porque quise. Porque tú necesitabas.
Porque nadie más te estaba viendo.
Gabriel bajó los ojos.
— Yo casi me iba, André.
— Lo sé.
El silencio entre ellos se hizo más denso.
Después André extendió la mano — la que aún se movía — y tocó el brazo del hermano.
— Pero te quedaste. Y eso ya es todo.
Gabriel sintió las lágrimas venir.
Pero no lloró.
Apenas apretó la mano del hermano con fuerza.
— Pensé que te perdería.
— Y yo pensé que ibas a continuar haciéndote daño en silencio.
Se miraron.
— ¿Prometes que vas a pedir ayuda cuando no aguantes más solo?
— Prometo.
André sonrió. Una sonrisa cansada, pero entera.
— ¿Y el médico? ¿El “duro”? ¿Aún está por ahí?
Gabriel rió, débil.
— Sí. Duerme en el sofá casi todas las noches.
— Hmm. Pensé que tenías buen gusto.
Gabriel se ruborizó.
— No es nada.
— Aún. Pero se parece a todo.
Aquella noche, Gabriel volvió a casa con el corazón más ligero.
Miguel estaba en la cocina, de camiseta gris y pantalón de chándal, mirando el celular.
— ¿Cómo está él? — preguntó, sin mirar.
— Mejor. Conversamos. De verdad.
Miguel levantó los ojos y sonrió.
— ¿Y tú?
— Aún intentando entender todo. Pero… me sentí entero con él hoy.
Por primera vez en mucho tiempo.
Miguel asintió con la cabeza.
Pero el silencio que siguió fue diferente.
Denso.
Lleno de palabras no dichas.
— ¿Miguel?
— ¿Hmm?
— ¿Por qué aún estás aquí?
Miguel respiró hondo. Después dejó el celular de lado.
— Porque este…
— Él hizo un gesto vago en dirección al pequeño apartamento.
— … se volvió el único lugar donde quiero estar.
Gabriel se aproximó. Despacio.
El corazón acelerado.
No de miedo — sino de deseo, de ternura, de algo que finalmente hacía sentido.
— Yo no soy fácil. No soy ligero.
— Yo tampoco — Miguel respondió. — Pero tal vez no necesitemos serlo.
El silencio se tornó palpable.
Entonces, sin promesas, sin prisa, Gabriel apoyó la frente en el hombro de Miguel.
Se quedaron así.
Respirando juntos.
Cansados.
Vivos.
Enteros.
Y, por primera vez, Gabriel percibió que finalmente había encontrado un lugar donde él cabía.
Sin máscaras.
Sin miedo.
Un lugar que él nunca tuvo.
Pero ahora… no quería perder más.