"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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El despertar de la farsa
Lucía abrió los ojos y, por un segundo, se sintió en el paraíso. El brazo de Dante rodeaba su cintura con una firmeza posesiva incluso en sueños. Su piel contra la de él se sentía como el único lugar correcto en el mundo. Pero la paz duró lo que tarda un dispositivo electrónico en romper el silencio.
Sobre la mesa de mármol, el teléfono de Dante comenzó a vibrar. No era un mensaje; era una llamada de FaceTime.
Dante se tensó al instante, despertando con la agilidad de un depredador. Lucía alcanzó a ver la pantalla antes de que él la cubriera: Alessia Van Doren. Y no era solo una llamada, era una imagen de ella con un vestido de novia, probablemente desde una prueba exclusiva en la Quinta Avenida.
Dante apagó el teléfono con un gesto brusco, pero el daño ya estaba hecho. Lucía se sentó en la cama, cubriéndose con las sábanas de lino, sintiendo que el frío de la realidad la calaba hasta los huesos.
—Lucía, no es lo que parece —dijo Dante, su voz ronca por el sueño y la culpa.
—Es exactamente lo que parece, Dante —respondió ella, con una calma que le dolía más que un grito—. Ella está eligiendo el vestido para casarse contigo mientras tú estás en esta cama conmigo. Mis principios, mi educación... nada de esto encaja con lo que soy. No puedo ser "la otra". No puedo vivir escondida en áticos de lujo mientras tú le pones un anillo a otra mujer frente al mundo.
Dante se levantó, caminando desnudo por la habitación con la frustración grabada en cada músculo.
—¡Sabes que ese contrato es una soga! Mi padre vinculó las acciones de la compañía a esta fusión. Si rompo el compromiso ahora, miles de empleados perderán sus puestos, la empresa de mi familia se hundirá. Necesito tiempo para desmantelar el acuerdo legalmente sin causar una catástrofe.
—¿Tiempo? —Lucía soltó una risa amarga—. El tiempo solo hará que Alessia sospeche más, que mi reputación se destruya y que yo me rompa en mil pedazos. No, Dante. No voy a hacer esto.
Ella se levantó y comenzó a recoger su ropa del suelo con manos temblorosas. Dante la sujetó por los hombros, obligándola a mirarlo. Sus ojos grises estaban encendidos, enceguecidos por un amor que lo estaba volviendo irracional.
—No te vas a ir. Te amo, Lucía. Por primera vez en mi vida, no me importa el imperio, solo me importa que estés aquí.
—Si de verdad me amaras, no me pedirías que me rebajara a esto —sentenció ella, zafándose de su agarre—. Me voy a la Fundación. Trabajaré para Isabella porque necesito el empleo, pero entre tú y yo... esto se acabó. No habrá más noches clandestinas.
Dante se quedó allí, de pie en medio de la opulencia de su refugio secreto, sintiéndose más pobre que nunca. Estaba entre la espada y la pared: el legado de su padre contra el latido de su corazón.
Lucía llegó a la Fundación dos horas después, con el corazón blindado. Se sumergió en el trabajo, tratando de ignorar el vacío en su pecho. Sin embargo, a media mañana, Isabella entró en su oficina. La hermana de Dante no necesitaba que le dijeran nada; vio las ojeras de Lucía y la tensión en su mandíbula.
—Se lo has dicho, ¿verdad? —preguntó Isabella suavemente, cerrando la puerta—. Le has dado el golpe de realidad que mi hermano tanto necesitaba.
—No puedo ser esa mujer, Isabella —confesó Lucía, derrumbándose por un momento en su silla—. Lo amo tanto que me asusta, pero no voy a sacrificar mi integridad por un hombre que no puede ser libre.
Isabella se sentó frente a ella y le tomó las manos.
—Dante está enceguecido. Él cree que puede tenerlo todo: el imperio y a ti. Pero nuestro padre lo crió para ser un estratega, no para ser feliz. Escúchame, Lucía, voy a ayudarte. Mi abogado personal está revisando las cláusulas de salida del contrato Van Doren. Si hay una grieta, la encontraremos. Pero mientras tanto, tienes que ser fuerte. Alessia vendrá hoy aquí.
Lucía palideció. —¿Aquí? ¿A la Fundación?
—Sí. Quiere que la Fundación patrocine una de sus galas benéficas. Es su forma de marcar territorio ahora que sabe que estás trabajando para mí. Tienes que actuar como si anoche nunca hubiera pasado. ¿Puedes hacerlo?
Lucía asintió, aunque sentía que se iba a desmayar. La cruda realidad de Nueva York no tenía la magia de Milán. Aquí, cada paso era una mina terrestre, y Alessia Van Doren estaba a punto de entrar por la puerta principal.