Alelí juró vengar la muerte de sus padres infiltrándose en la mafia, pero jamás planeó enamorarse del hijo de su peor enemigo.
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La marca.
Alelí solía pensar que los recuerdos dolían menos con el tiempo, pero había noches en las que la ausencia de sus padres pesaba como una losa sobre el pecho. Esa noche fue una de ellas. Estaba sentada en el borde de su cama, con la luz apagada y la ventana entreabierta, dejando entrar el murmullo lejano de la ciudad. Cerró los ojos y, sin quererlo, los recuerdos regresaron con una claridad cruel.
Vio a su madre sonriendo, arrodillada en el jardín, con las manos manchadas de tierra y el cabello recogido pero al mismo tiempo alborotado. Recordó su dulce voz, explicándole por qué las flores de alelí eran tan especiales.
—Son fuertes —le decía—. Crecen incluso en los lugares más difíciles. Y su aroma permanece, aunque nadie las mire.
Fue por eso que le puso ese nombre. Alelí.
Un nombre elegido con amor, con esperanza, con la certeza de que su hija sería alguien capaz de resistir cualquier tormenta.
Su padre aparecía después en esos recuerdos, con el ceño fruncido por el cansancio y los ojos llenos de una preocupación que Alelí, siendo niña, nunca comprendió del todo. Ahora sí. Ahora entendía cada silencio, cada mirada larga, cada advertencia velada. Él sabía demasiado. Y por eso lo habían matado.
Alelí apretó los puños. Había pasado años entrenando su cuerpo, su mente y su paciencia. Había aprendido a esperar. Pero esa noche, entre lágrimas silenciosas, algo cambió dentro de ella.
—No quiero ser solo una sombra —susurró—. Quiero que sepan quién soy… y por qué lo hago.
Fue entonces cuando la idea nació, clara y definitiva. Si algún día se enfrentaba al jefe de la mafia que destruyó su vida, quería que supiera que no era una venganza al azar. Quería que entendiera que cada golpe tenía un origen, una historia, un nombre. Dejaría una marca. Una firma imposible de ignorar.
Una flor de alelí.
Pasaron algunas semanas sin que nada alterara su rutina. Universidad por la mañana, entrenamientos por la tarde, el club nocturno por las noches. Pero la calma era solo aparente. Alelí observaba, escuchaba, memorizaba. Siempre alerta.
La noticia llegó un lunes por la mañana, como un golpe seco. Los murmullos recorrían los pasillos de la universidad, cargados de miedo e incredulidad. Una chica había desaparecido. Una de sus compañeras. Nadie sabía nada. No había mensajes, no había llamadas, no había pistas. No dejo ni rastro.
Los padres de la chica aparecieron ese mismo día. Desesperados, con el rostro desencajado y los ojos enrojecidos de tanto llorar. Suplicaban ayuda, información, cualquier cosa. Verlos así removió algo profundo en Alelí. Vio reflejados en ellos a sus propios padres, en los últimos días antes de morir, cuando el peligro ya los rodeaba y nadie parecía escuchar.
—No puedo quedarme de brazos cruzados —pensó.
Sin decirle nada a nadie en la universidad, ni siquiera a su mejor amiga Anita. Alelí comenzó a moverse en silencio. Contactó a personas del bajo mundo, viejos conocidos con los que había intercambiado favores e información. Preguntó sin preguntar demasiado, para no ser tan evidente, escuchó más de lo que habló. Las piezas comenzaron a encajar lentamente.
No era una desaparición cualquiera.
Era una trata de blancas.
La rabia le recorrió el cuerpo como fuego. Aquella mafia no solo destruía familias, sino que convertía a mujeres jóvenes, bonitas y vírgenes en mercancía para viejos depravados. Eran basura humana protegida por el dinero y el poder. Exactamente el tipo de gente que ella había jurado eliminar del mundo.
—Es momento —se dijo frente al espejo—. Voy a librar al mundo de algunos malditos.
La infiltración no fue sencilla. Requirió paciencia, mentiras bien construidas y sangre fría. Alelí se presentó como alguien interesada en “trabajar”, usando contactos falsos y una historia creíble. Observó el lugar desde dentro, memorizó rutas, horarios, rostros. Cada detalle contaba.
Cuando encontró a la chica, su corazón se encogió. Estaba viva, pero asustada, rota, humillada, golpeada, llena de moretones, con la mirada perdida, vestía ropa muy corta, sin duda ya había pasado la peor de las experiencias. En ese instante, Alelí dejó de ser solo una mujer en busca de venganza. Se convirtió en algo más peligroso.
La salida fue violenta. No había otra forma. Los hombres que custodiaban el lugar no eran inocentes, ni estaban ahí obligados; eran cómplices, abusadores, depredadores. Alelí actuó con precisión, sin dudar. Cada movimiento era fruto de años de entrenamiento y dolor acumulado.
Hubo gritos. Golpes. Sangre.
Cuando todo terminó, el silencio cayó pesado sobre el lugar. Algunos cuerpos yacían en el suelo. Ninguno merecía compasión. Alelí respiró hondo, obligándose a no mirar atrás. Tomó a la chica, la cubrió y la sacó de allí.
Antes de irse, volvió sobre sus pasos. De su bolsillo sacó una pequeña flor de alelí, blanca y delicada, que había conservado cuidadosamente. La dejó en el centro del lugar, visible, imposible de ignorar.
Esta era su marca.
La noticia explotó como pólvora. Una banda de trata de blancas había sido desarticulada. Una joven había sido rescatada con vida. Nadie sabía quién había sido responsable. Nadie tenía un rostro, un nombre, una pista clara. Solo una flor.
—Dicen que la dejaron ahí a propósito —murmuraban algunos.
—Una flor… como una firma —decían otros.
La flor de alelí empezó a convertirse en un símbolo. En un rumor. En una advertencia.
Alelí observaba todo desde lejos, en silencio. Vio a los padres abrazar a su hija, llorar de alivio, agradecer al mundo entero. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió paz. No alegría. No satisfacción plena. Pero sí una tranquilidad profunda, real.
—El mundo se libró de un par de malditos —pensó—. Y una chica volvió a casa.
Esa noche, al acostarse, volvió a recordar a su madre. Sonrió levemente al imaginarla orgullosa. La flor de alelí ya no era solo un recuerdo del pasado. Era una promesa.
Y también una amenaza.
Porque ahora, en algún lugar, las mafias comenzaban a preguntarse quién era esa mujer invisible que acabo con una organización pequeña de trata de blancas…