Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
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Caballo de Troya
Cristian
Ajusté el nudo de mi corbata frente al espejo de mi habitación en el apartamento de Miranda. El reflejo me devolvía la imagen de un hombre exitoso, un inversionista de élite que acababa de aterrizar en las oficinas de PDVSA para revolucionar su tecnología. Pero por dentro, me sentía como un traidor profesional. O quizás, como el único hombre honesto en un mundo de mentiras.
Hace siete años, en el liceo, yo era el amigo silencioso que observaba cómo David desperdiciaba el tesoro que tenía al lado. Hoy, soy el hombre que tiene que sentarse a cenar con él, estrechar su mano y fingir que no sé que la mujer con la que comparto mi vida es la misma a la que él destruyó.
Salí de mi cuarto y la vi. Miranda estaba en el pasillo, envuelta en esa bata de seda lila que tanto me gustaba. Se veía tan frágil y, al mismo tiempo, tan letal.
—Recuerda, Cris... —me dijo, y su voz era un susurro que me erizó la piel—. Esta noche no eres mi Cristian. Eres el mejor amigo de David. Deberás hacer como si yo no te importará en lo absoluto, no dejes que nada te afecte.
—Lo sé —respondí, acercándome para besar su frente—. Pero no olvides que cada palabra que le diga a él, es un paso más cerca de devolverte lo que te quitaron.
Salí del edificio. Noté a unos hombres nuevos en la entrada, tipos con trajes oscuros y una mirada gélida que no había visto antes. Supuse que eran nuevos guardaespaldas contratados por Alan o por el padre de Miranda. Ella siempre decía que su familia era "protectora", pero no le di más importancia. Mi mente estaba en la cena.
Llegué al restaurante a las ocho en punto. Era un lugar pretencioso, lleno de gente que quería ser vista. Divisé a David de inmediato. Estaba igual: esa sonrisa de suficiencia, el cabello perfectamente peinado y ese aire de superioridad que siempre me había revuelto el estómago. A su lado, Laura. Se veía radiante, pero para mí, su belleza era como un cuadro mal restaurado; sabía lo que había debajo.
—¡Cristian! ¡Hermano! —David se levantó y me envolvió en un abrazo rompe-costillas—. ¡Mírate! España te ha sentado de maravilla. Pareces un jodido magnate.
—Exageras, David —dije, forzando una sonrisa y estrechando su mano. Sentí una punzada de asco, pero la oculté bajo mi máscara de cortesía—. Es bueno verte.
—¡Hola, Cristian! —Laura se acercó y me dio dos besos en la mejilla. Sus ojos brillaban con una curiosidad que me puso en guardia—. No puedo creer que estés aquí. David no ha dejado de hablar de tu regreso.
—Es un placer, Laura. Felicidades por el compromiso. Vi la foto en Instagram —mentí con naturalidad. En realidad, esa foto fue la que casi hace que Miranda rompa el televisor la noche de nuestra última cena en España.
Nos sentamos y pedimos vino. David empezó a alardear de sus contactos en el gobierno y de cómo su empresa de logística estaba moviendo millones. Yo lo escuchaba, asintiendo, mientras por dentro tomaba notas mentales.
—Y cuéntame de ti, Cristian —David se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. ¿Cómo es que un tipo como tú termina con acceso total a la directiva de la estatal? Me han dicho que mueves fondos que harían temblar a cualquiera.
—Contactos, David. En España conocí a gente con mucha visión... y mucha influencia —respondí, pensando en la familia de Miranda, y en lo que yo había logrado desde las sombras, aunque él no lo sabía—. Me contrataron para auditar y modernizar. Es un trabajo técnico, sobre todo.
—Ya, técnico... —David guiñó un ojo—. Escucha, tenemos que hablar de negocios. Mi empresa necesita un empujón tecnológico, y quién mejor que mi mejor amigo para echarme una mano.
—Podemos verlo, claro —dije, sintiendo cómo la red se cerraba. Él mismo me estaba pidiendo que entrara en sus sistemas. Era demasiado fácil.
La conversación fluyó hacia los años del liceo donde el era el capitán del equipo de básquet y yo de el de fútbol. Era el terreno más peligroso.
—¿Te acuerdas de Miranda? —soltó David de repente, después de su tercera copa de vino.
Sentí que el mundo se detenía. Laura se tensó visiblemente, dejando su copa sobre la mesa.
—Sí, la recuerdo —dije, manteniendo mi voz plana, aburrida—. La chica que se fue a España, ¿no? Al final le perdí el rastro.
—Se volvió loca —dijo David, encogiéndose de hombros con una frialdad que me dio ganas de saltarle al cuello—. Desapareció de la noche a la mañana. Laura y yo intentamos ayudarla, pero ya sabes cómo era ella de dramática.
—Fue una lástima —añadió Laura, fingiendo una tristeza que no le salía—. Pero bueno, la vida sigue. Ahora tenemos a nuestra pequeña y estamos enfocados en el futuro.
—¿Tu pequeña? —pregunté, fingiendo ignorancia absoluta. Miranda me había contado la historia, pero escuchar a Laura hablar de "su" hija me revolvió las entrañas.
—Sí, tuvimos una niña poco después de que Miranda se fuera —explicó David—. Pero... —su rostro se ensombreció por un segundo—, hubo complicaciones al nacer. Los médicos dijeron que no sobreviviría. Fue un golpe duro, Cristian. La dimos por muerta durante días, pero fue un milagro. Aunque... bueno, es una historia larga.
Me quedé helado. "La dimos por muerta". Los hilos de la historia de Miranda empezaban a enredarse en mi cabeza. Ella me había dicho que se llevó a la niña para salvarla, pero estos dos realmente creían en un "milagro" o en una muerte que nunca ocurrió. ¿Qué clase de infierno vivieron? No podía sentir lástima por ellos, no después de lo que le hicieron a Miranda.
Casi dos horas después, me despedí de ellos con la promesa de una reunión en su oficina. Caminé hacia mi coche, sintiendo que necesitaba ducharme para quitarme el olor a hipocresía.
Al llegar al apartamento, todo estaba en silencio. Fui directo a la habitación de Miranda. La puerta estaba entornada. Entré y la vi sentada en el borde de la cama, con un libro en el regazo, pero con la mirada perdida en la pared lila.
—¿Cómo fue? —preguntó sin mirarme.
Me senté a su lado y le tomé la mano. Estaba helada.
—Son los mismos de siempre, Miranda. Solo que ahora tienen más dinero y menos escrúpulos. David quiere que trabaje con él. Me ha abierto la puerta de par en par.
Ella finalmente me miró. Sus ojos estaban inyectados en sangre, como si hubiera estado llorando o sin dormir durante horas.
—¿Hablaron de la niña? —su voz era un hilo.
—Dijeron que fue un milagro que sobreviviera. Que la dieron por muerta. Miranda... ¿qué pasó realmente en ese hospital?
Ella apartó la mano y se levantó, caminando hacia la ventana.
—Pasó lo que tenía que pasar para que ellos pagaran —respondió ella, dándome la espalda—. Mañana Philip traerá los equipos nuevos para el consultorio. No hagas más preguntas, Cristian. Solo quédate conmigo.
Me acerqué y la abracé por detrás, escondiendo mi rostro en su cuello. No sabía quién era Philip, ni por qué Miranda parecía tener un ejército invisible moviéndose a su alrededor. Solo sabía que la amaba y que, aunque ella estuviera rodeada de secretos oscuros, yo prefería estar en la oscuridad con ella que en la luz con cualquier otra persona.
—No preguntaré nada más —susurré—. Pero prométeme que cuando todo esto acabe, quedará algo de nosotros.
Ella no respondió. Solo se dio la vuelta y me besó con una desesperación que se sentía como un adiós y un ruego al mismo tiempo. Esa noche, mientras la sostenía en mis brazos, me di cuenta de que Miranda Rinaldi no solo estaba ejecutando una venganza; estaba librando una guerra santa, y yo era el único soldado que no conocía el verdadero mapa del campo de batalla.