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Destino En Beijing.

Destino En Beijing.

Status: Terminada
Genre:Romance / Completas
Popularitas:896
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.

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Capítulo 09: Confesión en la Noche

El coche se detuvo en una zona privada de las Colinas Fragantes, al noroeste de Beijing. Era un lugar alejado del bullicio industrial, donde el aire olía a pino y tierra húmeda. Li Wei la llevó hasta un mirador privado que pertenecía a una de las propiedades de su familia, una estructura minimalista de vidrio y acero que parecía flotar sobre el abismo, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad que se extendía abajo como un mar de joyas eléctricas.

Cuando salieron del coche, el silencio era casi absoluto, solo interrumpido por el susurro del viento entre los árboles. Mei Ling caminó hasta el borde del mirador, sintiendo el frío de la noche en sus hombros descubiertos. La vista era sobrecogedora. Desde allí, Beijing no parecía una jungla de asfalto y ambición, sino un organismo vivo, palpitante y frágil.

—Es magnífico —susurró ella, abrazándose a sí misma—. Casi hace que el trabajo que hacemos parezca insignificante.

Li Wei se acercó y, sin decir palabra, se quitó la chaqueta de su esmoquin y la colocó sobre los hombros de ella. El calor de la prenda y el aroma de él la envolvieron de inmediato.

—Nada de lo que hacemos es insignificante, Mei Ling. Construimos los escenarios donde la gente vive, ama y muere. Es la mayor responsabilidad que existe.

Él se apoyó en la barandilla a su lado. El rigor del CEO había desaparecido casi por completo. En su lugar, había un hombre que parecía cansado de cargar con el peso de su propio apellido.

—Me trajo aquí para decirme algo —dijo ella, girándose para mirarlo—. En la pista de baile, sus ojos decían mucho más de lo que sus palabras permitían.

Li Wei soltó una risa seca, sin rastro de alegría.

—Toda mi vida me han dicho que soy un dragón. Que soy fuerte, que soy implacable, que no tengo debilidades. Pero la verdad es que me siento como una estatua hueca. He construido imperios de cristal, pero no tengo nada real que meter dentro. Hasta que llegó usted con sus alas de fénix y su rechazo a mis normas.

—Yo no quería causar este caos en usted, Li Wei —respondió ella con sinceridad, sintiendo que su propio corazón se abría—. Solo quería construir algo que importara.

—Y lo hizo —él se acercó un paso más, reduciendo el espacio entre ellos hasta que Mei Ling pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Me hizo importar. Me hizo recordar que el hombre que pintaba en Italia no murió, solo estaba escondido, aterrado de que su padre tuviera razón y que la belleza lo hiciera débil. Pero estar con usted no me hace sentir débil. Me hace sentir... vivo. Por primera vez en tanto tiempo que ni siquiera puedo recordarlo.

Mei Ling sintió una lágrima traicionera resbalar por su mejilla. La honestidad de Li Wei era más abrumadora que cualquiera de sus órdenes ejecutivas.

—Tengo miedo, Li Wei. Tengo miedo de que esto sea solo un momento de locura bajo las luces de Beijing. Tengo miedo de perderme en su mundo y olvidar por qué empecé a dibujar en primer lugar. Usted es una fuerza de la naturaleza; arrasa con todo lo que toca.

—No quiero arrasar con usted —dijo él, su voz quebrándose ligeramente—. Quiero ser el suelo bajo sus pies para que pueda volar más alto.

Él levantó la mano y, con una delicadeza infinita, limpió la lágrima de su mejilla. Su pulgar acarició su piel, un contacto suave que envió descargas eléctricas por toda la columna vertebral de Mei Ling. Ella no se apartó. Al contrario, se inclinó hacia su toque, buscando el consuelo y la pasión que sabía que solo él podía darle.

—Confiese algo más —pidió ella en un susurro.

Li Wei la tomó por la nuca, sus dedos enredándose en los mechones sueltos de su peinado.

—Confieso que no puedo dormir porque mi mente redibuja su rostro en la oscuridad. Confieso que odio cada minuto que paso en esa oficina si usted no está al otro lado de la mesa. Y confieso... que quiero que esta noche no termine nunca.

Mei Ling no esperó más. Cerró la distancia y lo besó. Fue un beso nacido de la frustración de los días pasados, de la tensión de los planos compartidos y de la soledad de dos almas que se habían encontrado en la cima del mundo. Li Wei respondió con una urgencia contenida, rodeándola con sus brazos y pegándola a su cuerpo como si ella fuera la única cosa sólida en un universo que se desmoronaba.

El beso fue profundo, con sabor a whisky y a promesas prohibidas. En ese momento, la arquitecta y el CEO dejaron de existir. Solo quedaba la necesidad pura. Li Wei la alzó ligeramente, sus manos explorando las curvas de su vestido esmeralda, mientras Mei Ling se aferraba a sus hombros, perdida en la sensación de su boca contra la suya.

—Mei Ling... —murmuró él contra sus labios, su respiración agitada—. Si entramos en esa casa, no habrá vuelta atrás. Mañana seremos diferentes. El mundo será diferente.

—Ya es diferente —respondió ella, sus ojos brillando con una resolución feroz—. No quiero volver atrás. Solo quiero esto. Solo quiero a usted.

Li Wei la tomó de la mano y la condujo hacia el interior de la villa privada. La casa era un santuario de diseño moderno: suelos de madera oscura, luz tenue y grandes ventanales que seguían mostrando la ciudad, pero ahora Beijing era solo un telón de fondo para su propia historia.

En la habitación principal, la luz de la luna entraba en franjas plateadas. No hubo necesidad de más palabras. Cada prenda de ropa que caía al suelo era una capa de defensa que desaparecía. Li Wei la trató con una veneración que Mei Ling no esperaba, recorriendo cada centímetro de su piel con una mezcla de asombro y deseo, como si ella fuera la estructura más perfecta que jamás hubiera contemplado.

Hicieron el amor con una intensidad desesperada, una danza de sombras y susurros donde el tiempo se detuvo. En los brazos de Li Wei, Mei Ling encontró una fuerza que no sabía que poseía, y él, en la entrega de ella, encontró la redención que tanto había buscado. Fue una noche de confesiones mudas, de manos que buscaban anclarse en medio de la tormenta emocional, y de una conexión que iba mucho más allá de la piel.

Mucho después, mientras el sudor se enfriaba en sus cuerpos y Mei Ling descansaba su cabeza en el pecho de Li Wei, escuchando el latido constante de su corazón, el silencio volvió a reinar. Pero ya no era un silencio pesado; era el silencio de la paz después de la batalla.

—¿En qué piensas? —preguntó él, acariciando su brazo con suavidad.

—En que mañana saldrá el sol —respondió ella en voz baja—, y las sombras de la Torre Li volverán a buscarnos.

Li Wei la abrazó con más fuerza, besando la coronilla de su cabeza.

—Que nos busquen. Esta noche, hemos construido algo que ninguna excavadora puede destruir.

Mei Ling cerró los ojos, deseando que ese momento de perfecta armonía durara para siempre, aunque en el fondo de su alma de arquitecta sabía que ningún edificio, por muy sólido que sea, es inmune al paso del tiempo y a las presiones del mundo exterior. Por ahora, el fénix y el dragón descansaban, ignorando que el amanecer traería consigo una realidad que no aceptaría tan fácilmente su unión.

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Liliana Maria Pico
Excelente! Me gustó la trama y que sea una novela corta
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