En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
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Capítulo 01
Emara observa la luna llena desde su aldea.
El aire nocturno en las tierras altas de Eloria siempre tenía un rastro de escarcha y el aroma penetrante de los pinos centenarios. Emara Alarcón se encontraba de pie en el afloramiento rocoso que coronaba la aldea de su clan, un lugar donde el viento silbaba entre las piedras como el lamento de un ancestro. Sobre ella, la Luna de Plata reinaba de forma absoluta. Era una esfera inmensa, casi táctil, cuya luz bañaba los tejados de paja y madera de la aldea con un resplandor que convertía la realidad en un sueño de cuarzo.
Para cualquier otro, sería una noche hermosa. Para Emara, era una carga que sentía vibrar en la médula de sus huesos. Como una mujer lobo de linaje puro, la luna no era un adorno, sino una presencia constante que tiraba de sus instintos, exigiendo una entrega que ella se esforzaba por dominar.
—Sabía que te encontraría aquí. Tienes esa mirada otra vez, Emara. Como si quisieras saltar y morder el cielo.
Emara no necesitó girarse para reconocer la voz profunda de Tibor Alarcón, su padre y el líder del clan. Escuchó sus pasos pesados sobre la grava y sintió el calor que emanaba de él, una característica de su raza incluso en su forma humana.
—No quiero morder el cielo, padre —respondió ella, sin apartar los ojos de la luminaria blanca—. Solo intento entender por qué se siente tan diferente esta noche. Hay algo en el aire... un peso. ¿No lo sientes?
Tibor se colocó a su lado, cruzando sus brazos macizos. Sus ojos, habitualmente grises, tenían ese matiz amarillento que delataba al lobo que dormitaba bajo su piel.
—Es el plenilunio de la Profecía de los Eones —dijo él con gravedad—. Los ancianos, como Bartolomé Alcalá, están nerviosos. Dicen que el velo entre nuestro mundo y el Abismo está más delgado que nunca. Por eso hay patrullas dobles en la frontera del bosque.
—¿Demonios? —preguntó Emara, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con el frío—. Ha pasado casi un siglo desde la última incursión seria. ¿Creen que los Príncipes del Abismo romperían el pacto ahora?
—Los demonios no entienden de pactos, solo de oportunidades —gruñó Tibor—. Y nosotros somos los guardianes de esta tierra. Si ellos cruzan, nosotros los devolveremos a las sombras. Prométeme que no te alejarás de los límites de la aldea, hija. Tu hermano, Martín, ya está con los guerreros. No necesito preocuparme por ti también.
Emara asintió mecánicamente, pero dentro de ella, la inquietud crecía. Observó cómo su padre se alejaba para supervisar los preparativos de la ceremonia nocturna. La aldea estaba llena de vida; vio a Erika Borja y a la joven Ada Barceló preparando las hogueras rituales. Había risas, pero eran risas tensas, cargadas del miedo ancestral a lo que acechaba en la oscuridad total, donde la luz de la luna no podía llegar.
Se quedó sola una vez más. Su mente divagó hacia las historias que su abuela le contaba: cuentos sobre el origen de su raza, creados para proteger la pureza de la luz lunar contra la corrupción de las sombras. Se decía que los demonios eran el vacío mismo, seres sin alma que buscaban consumir la vitalidad de Eloria para alimentar su propio reino agonizante.
—¿Realmente son solo monstruos? —se preguntó en voz baja.
De repente, la luna pareció pulsar. Fue una fracción de segundo, un parpadeo de luz que hizo que sus pupilas se dilataran al máximo. El instinto del lobo en su interior se erizó, no con agresividad, sino con una curiosidad punzante. Emara se inclinó sobre el borde de la roca, agudizando sus sentidos al máximo. Sus orejas captaron el crujir de una rama a kilómetros de distancia, y su nariz percibió un olor que no pertenecía al bosque.
Era un aroma metálico, como sangre y ozono, mezclado con algo dulce y decadente que la mareaba.
Sus ojos recorrieron la densa línea de árboles que marcaba el inicio del bosque prohibido, una zona que ni siquiera los cazadores más valientes del clan Alarcón se atrevían a pisar durante la luna llena. Allí, entre los troncos retorcidos de los robles negros, algo cambió.
No era la luz blanca de la luna, ni el brillo ámbar de las antorchas de la aldea. Era un fulgor intermitente, de un color violeta profundo, casi negro, que parecía succionar la luz a su alrededor en lugar de emitirla. El brillo parpadeaba rítmicamente, como un corazón latiendo en la oscuridad del follaje.
—¿Qué es eso? —murmuró para sí misma, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado.
Sabía que debía dar la voz de alarma. Debía llamar a Martín, a Tibor o a Sergio Alfaro, el capitán de la guardia. Sin embargo, una parte de ella, una parte que siempre se había sentido fuera de lugar en los rígidos rituales de su clan, se sintió irresistiblemente atraída hacia aquel fenómeno. El susurro de la luna en su mente se volvió un grito, instándola a investigar, a descubrir qué era aquello que se atrevía a desafiar la hegemonía de la noche plateada.
Sin pensarlo dos veces, y movida por una fuerza que no podía explicar, Emara se deslizó por la parte trasera de la roca, evitando las patrullas principales. Con la agilidad natural de su especie, corrió hacia la linde del bosque, dejando atrás la seguridad de las hogueras.
Un extraño brillo en el bosque llama su atención.