Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 24
El aire en la estancia se volvió tan pesado que el silencio quemaba. Los ojos oscuros de Damián se clavaron en los de Cassandra, buscando cualquier indicio de duda o flaqueza en su mirada. No encontró ninguno. Solo halló la resolución pura y feroz de una mujer dispuesta a todo por defender su dignidad y a los suyos.
Marcos permanecía en la puerta con el semblante tenso, esperando una orden de su jefe. Don Mateo avanzó un paso, colocándose sutilmente al lado de su hija para respaldarla, mientras doña Elena apretaba la correa de su bolso.
Damián cerró los puños a los costados. Por dentro, el instinto indomable del Alfa le exigía cerrar las puertas de la propiedad, duplicar la guardia y prohibirle la salida. Pero al mirar la firmeza de Cassandra —y recordar la advertencia médica sobre el peligro del estrés en su estado— comprendió que forzarla en ese instante solo causaría una tragedia.
Dejó escapar un suspiro pesado, helado y lleno de una furia reprimida.
—Si cruzas esa puerta, no será bajo tus términos improvisados, Cassandra —dijo Damián con una voz grave que retumbó en los muros de madera—. No voy a permitir que mi hijo viva en condiciones precarias ni expuesto a ningún peligro.
—Mi casa es humilde, señor Rossi, pero limpia y segura —respondió Cassandra sin bajar la guardia.
—Tu casa no tiene un sistema de seguridad privado ni un equipo médico a tres minutos —replicó el Alfa con frialdad—. Si insistes en irte, Marcos pondrá una escolta discreta las veinticuatro horas en tu calle. Un vehículo de la clínica *Valentin* te recogerá para cada consulta y la nutricionista enviará tus alimentos diariamente. Si aceptas eso, te vas. Si no, te quedas aquí, aunque tenga que cerrar el perímetro ahora mismo.
Cassandra evaluó la propuesta. Sabía que negarse rotundamente a la seguridad pondría en riesgo la salud de su bebé y tensionaría las cosas al punto del colapso.
—Acepto la seguridad y las consultas médicas —cedió la joven con tono sereno—. Pero su familia no vuelve a acercarse a mis padres ni a mí. Y usted solo vendrá si hay una emergencia médica real.
Damián apretó la mandíbula. La condición de no verla lo golpeó como una bofetada directa al orgullo, pero asintió despacio, manteniendo la vista fija en ella.
—Trato hecho.
Diez minutos después, la camioneta negra del Grupo Rossi se detenía frente a la pequeña casa de la familia López en el barrio humilde de la ciudad. El contraste entre la opulencia de la mansión y las calles estrechas y familiares era abrumador.
Marcos bajó primero para abrir la puerta y sacar los equipajes, mientras varios vecinos curiosos se asomaban por las ventanas al ver la comitiva de vehículos blindados.
Don Mateo y doña Elena bajaron respirando el aire de su hogar con un profundo alivio.
—Gracias a Dios estamos de vuelta —murmuró la anciana, besando el portón de madera de su casa antes de entrar.
Cassandra se detuvo un segundo en la acera, sintiendo cómo el peso ahogante de la mansión Rossi comenzaba a disiparse de sus hombros. Sin embargo, al girarse hacia el vehículo de la escolta, notó que una camioneta gris con cristales ahumados se estacionaba en la esquina opuesta: los hombres de Damián ya habían tomado sus posiciones.
Al entrar a su antigua habitación, Cassandra se sentó en el borde de la cama. Pasó la mano con ternura sobre la suave prominencia de su vientre, sintiendo un pequeño y cálido brote de vida en su interior.
—Ya estamos en casa, mi amor —susurró con una sonrisa melancólica—. Aquí nadie va a decir que eres un trofeo ni a tratar a tu mamá como un objeto.
Mientras tanto, en la residencia principal, el ambiente era destructivo.
Damián se encontraba de pie en el gran salón del ala sur, observando la casa de huéspedes totalmente vacía. Doña Beatriz bajó las escaleras luciendo una sonrisa triunfal al enterarse de la partida de la joven.
—Damián, querido —dijo la suegra acercándose con voz melosa—. Me enteré de que esa muchacha se fue. Qué alivio para la familia, de verdad. Victoria llamará en cuanto aterrice de París y se alegrará mucho de saber que esa advenediza juntó sus cosas y...
Damián se giró hacia ella con una velocidad cegadora. La mirada del Alfa era tan oscura y letal que doña Beatriz se atragantó con sus propias palabras y retrocedió aterrorizada.
—Escúchame bien, Beatriz —siseó Damián con un hilo de voz que congelaba la sangre—. Cassandra se fue de esta casa por culpa de tu veneno y de las imprudencias de mi madre. Pero no te confundas: si a ella o a mi hijo le pasa el más mínimo percance estando en su casa, te prometo que voy a despojar a tu familia de cada propiedad, cada acción y cada centavo que tengan firmado con el Grupo Rossi.
Doña Beatriz palideció, abriendo la boca sin poder articular palabra.
—Tienes dos horas para hacer tus maletas y salir de mi propiedad —sentenció el magnate, dándole la espalda—. Si cuando regrese de la corporación sigues aquí, Marcos te sacará con la fuerza pública.
El Alfa caminó hacia la salida sin mirar atrás, dejando a la mujer temblando de rabia y miedo. Damián subió a su auto corporativo, sacó su teléfono personal y contempló el número de Cassandra en la pantalla, sabiendo que la verdadera batalla por la mujer y el hijo que deseaba desatadamente penas acababa de comenzar.
Los primeros tres días en el barrio transcurrieron en una calma reparadora pero extraña. Cassandra volvió a respirar el aire de su hogar: el aroma a café recién pasado por las mañanas, la voz de su padre tarareando mientras arreglaba los rosales del pequeño patio y las conversaciones sin tensión con las vecinas que pasaban a saludar.
Sin embargo, la presencia del imperio Rossi era imposible de borrar por completo. En la esquina de la calle, una camioneta negra de cristales polarizados permanecía estacionada las veinticuatro horas. Cada mañana, puntual a las ocho, un mensajero uniformado llamaba a la puerta para entregar una hielera sellada con los alimentos orgánicos y los suplementos prenatales enviados por la nutricionista de la clínica *Valentin*.
Cassandra recibía las provisiones en silencio, sabiendo que era el precio que había aceptado pagar a cambio de su libertad.
En la sede central del Grupo Rossi, el ambiente era insoportable. Los empleados del piso cuarenta caminaban sobre brasas. Desde la partida de Cassandra, Damián se había transformado en un líder despiadado, implacable en las reuniones y cerrado a cualquier intento de conversación personal.
Marcos ingresó a la oficina ejecutiva con una carpeta en la mano y se detuvo frente al escritorio de caoba.
—Señor Rossi —informó el jefe de seguridad con respeto—, la escolta en el barrio reporta que la señorita Cassandra y sus padres no han tenido ningún contratiempo. La señorita asistió a su caminata matutina y ha tomado sus alimentos a tiempo.
Damián alzó la vista de la pantalla del ordenador. Aunque intentaba mantener su postura fría e inexpresiva, las ojeras marcadas en su rostro delataban sus noches en blanco.
—¿Ha preguntado por mí? —inquirió el Alfa, con una voz baja en la que se filtraba, a su pesar, un hilo de expectación.
Marcos bajó levemente la mirada antes de responder.
—No, señor. La señorita no ha mencionado su nombre ni una sola vez.
Damián apretó los puños bajo el escritorio hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La indiferencia de Cassandra le dolía más que cualquier afrenta directa. Le había prometido que solo iría si había una emergencia médica, y ella estaba cumpliendo el pacto al pie de la letra, dejándolo completamente fuera de su vida.
—Prepara el coche —ordenó Damián bruscamente, poniéndose de pie y tomándose el saco del traje—. Mañana es su chequeo de la semana dieciocho en la clínica *Valentin*. Voy a ir personalmente.
—Entendido, señor.
A la mañana siguiente, la luz cálida del sol iluminaba la sala de espera privada de la clínica *Valentin*. Cassandra se encontraba sentada junto a su madre, luciendo un vestido sencillo de color turquesa que dejaba ver con total claridad su vientre ya prominentemente abultado.
La puerta de la recepción se abrió y la figura imponente de Damián irrumpió en el lugar. Vestía un traje gris oscuro impecable, pero sus ojos carmesí/oscuros se clavaron de inmediato en Cassandra, recorriéndola desde el rostro hasta la hermosa curva de su abdomen.
Al verlo entrar, el corazón de Cassandra dio un vuelco involuntario, pero recompuso su semblante en cuestión de segundos, alzando la barbilla con frialdad.
—Señor Rossi —saludó Cassandra con tono formal—. No creí que viniera. El acuerdo decía que solo vendría si había una emergencia.
Damián se acercó a ellas, saludando a doña Elena con un breve gesto de cabeza antes de fijar su mirada magnética en la joven.
—Se trata de la salud de mi hijo, Cassandra —respondió el Alfa, con una voz grave que hizo estremecer el aire entre los dos—. Estar presente en sus ecografías no es una emergencia, es mi derecho como padre.
Antes de que Cassandra pudiera replicar, la doctora salió de su consultorio con una sonrisa amable.
—Señorita López, señor Rossi, por favor pasen. Es hora de ver cómo sigue creciendo el bebé.
Los tres ingresaron al consultorio. Cassandra se acostó en la camilla de revisión y la médica le aplicó el gel frío sobre la piel del vientre. Damián se colocó justo al lado de la cabecera, tan cerca que Cassandra podía sentir el calor abrasador que emanaba de su cuerpo y el aroma a sándalo que lo acompañaba siempre.
El monitor se encendió y, de pronto, el sonido rápido y rítmico del corazón llenó la habitación.
*Tuc-tuc-tuc-tuc-tuc.*
La imagen en blanco y negro se aclaró, mostrando la silueta perfectamente formada del bebé, moviendo sus pequeñas manos dentro del vientre de Cassandra.
La doctora sonrió contemplando la pantalla.
—El desarrollo es extraordinario. Miren cómo se mueve... y bien, señor Rossi, señorita Cassandra, ¿quieren saber el sexo del bebé hoy?
Damián clavó sus ojos oscuros en Cassandra, buscando su mirada. Por un instante, toda la amargura, el contrato y las barreras parecieron desaparecer de la estancia, dejándolos solo a ellos dos frente al milagro de la vida que habían creado juntos.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏