Mateo Rivera es el capitán del equipo de fútbol: impulsivo, extrovertido y el centro de atención donde sea que va.
Izan Vogel es el capitán del equipo de natación: metódico, reservado y obsesionado con el control perfecto de su vida.
Para ellos, el instituto siempre ha sido un terreno de juego dividido en dos mundos que nunca deberían cruzarse. Pero cuando un recorte de presupuesto los obliga a compartir instalaciones y organizar juntos la Gala del colegio, la rivalidad entre ambos explota.
Lo que empieza como una tregua forzada a regañadientes se convierte rápidamente en una tensión difícil de ignorar. Entre vestidores vacíos, competencias decisivas y miradas que dicen más de lo que admiten, descubrirán que la distancia más peligrosa no está en el marcador, sino entre los dos.
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CAP 8: Rumores en el pasillo
Perspectiva de Mateo
El problema de estudiar en un instituto donde todos se conocen desde la infancia es que los secretos tienen una vida útil ridículamente corta. Y aunque estaba seguro de que nadie nos había visto esa noche en la trastienda del escenario, la forma en que Izan y yo nos comportábamos ahora dentro del campus no estaba pasando desapercibida para absolutamente nadie.
El entrenamiento de fútbol de esa tarde fue un caos para mí. Mis compañeros de equipo notaron desde el primer minuto que mi actitud había cambiado drásticamente: ya no soltaba quejas a viva voz cuando el equipo de natación invadía el pasillo central, ni hacía comentarios irónicos sobre el "capitán congelado" cuando nos cruzábamos cerca de la cafetería. De hecho, el entrenador tuvo que gritarme en dos ocasiones durante la práctica táctica porque mi mente no estaba en el balón, sino fija en la barandilla de la grada superior, por donde sabía que Izan solía caminar al terminar sus series de velocidad.
Cuando la sesión por fin terminó, me duché a toda prisa, me cambié en cinco minutos y salí hacia el patio central. Las luces doradas del atardecer teñían los edificios de un tono anaranjado brillante. Cerca de la gran fuente de piedra, vi a Izan rodeado por dos de sus compañeros de natación. Parecían estar discutiendo sobre los turnos de uso de los carrilis para el día siguiente, pero la postura de Izan era excesivamente rígida, con los brazos cruzados apretadamente contra el pecho y la mandíbula tensa.
Apreté el paso y me acerqué al grupo, deteniéndome a una distancia prudente para no parecer invasivo pero dejando clara mi presencia.
—¿Todo bien por aquí o hay que llamar a los árbitros? —pregunté, metiendo los pulgares en las trabillas de mis jeans.
Los dos chicos de natación se giraron al instante, mirándome con una mezcla de sorpresa y sospecha. En cualquier otra circunstancia, mi llegada habría significado el inicio de un cruce de indirectas pesadas. Pero Izan se giró hacia mí y, por un milisegundo imperceptible para el resto, vi cómo sus hombros bajaban un par de centímetros y un destello de alivio absoluto cruzaba sus ojos azules.
—Todo bajo control, Rivera. Solo estábamos coordinando el uso de los bloques de salida para la práctica de la mañana —respondió Izan, forzando un tono de voz neutral y distante para mantener la fachada frente a su equipo.
—Entendido. Solo pasaba a recordarte que el director Olmedo quiere la revisión final del inventario de la Gala antes de las cinco —inventé en el acto, improvisando la excusa más creíble que se me ocurrió para sacarlo de esa conversación.
Izan captó la jugada sin dudarlo un segundo. Se despidió de sus compañeros con un asentimiento rápido de cabeza, tomó su bolso deportivo del suelo y comenzó a caminar a mi lado en dirección al edificio de la biblioteca. A medida que nos alejábamos del grupo y nos adentrábamos en el pasillo arbolado, la distancia entre nuestros hombros comenzó a reducirse de forma natural hasta que terminamos rozándonos suavemente al andar.
—Olmedo no nos pidió absolutamente ningún inventario para hoy —murmuró Izan, dejando ver una sonrisa diminuta e inusual en la esquina de sus labios.
—Lo sé —sonreí de lado, mirándolo de reojo mientras disfrutaba del tono relajado de su voz—. Pero tenías una cara de cansancio que se veía a kilómetros y resulta que soy un experto en rescatar capitanes en apuros.
—Eres un desastre impredecible, Rivera.
—Pero soy tu desastre preferido, no intentes negarlo.
Izan no respondió con palabras, pero agachó la cabeza ligeramente para ocultar una sonrisa torcida que delató que estaba completamente de acuerdo con cada palabra.