Durante dos años, Arabella lo dio todo por el hombre al que amaba: su jefe, el frío y poderoso heredero del Grupo Altamira. Creyó en cada beso a escondidas, en cada promesa susurrada dentro del ascensor. Hasta la mañana en que otra mujer abrió la puerta del apartamento de él... y lo llamó "cariño".
Traicionada y con un secreto latiéndole en el vientre, Arabella desaparece sin dejar rastro. No habrá aborto, no habrá súplicas, no habrá una segunda humillación: se marcha para reconstruirse lejos, dispuesta a criar sola a su bebé.
Cinco años después regresa convertida en otra mujer: una diseñadora exitosa, dueña de sí misma y de una niña de sonrisa idéntica a la del hombre que la abandonó. Pero la capital es pequeña para dos corazones rotos, y Mateo —arrepentido, obsesionado, decidido a recuperar lo que perdió— está a punto de descubrir que la mujer a la que dejó ir nunca estuvo sola.
Él quiere una segunda oportunidad. Ella quiere justicia. Y entre los dos hay una niña que no piensa compartir a su papá con nadie.
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La prueba de embarazo
En la casa, sumida en el silencio, solo se oían los sollozos de la mujer que acababa de confesar algo que había dejado a la familia en shock, todos callados, con los rostros golpeados por el dolor.
—Perdonen a Ara, papá, mamá —repitió con voz apagada.
Arabella estaba de rodillas en el suelo, mientras sus tres familiares permanecían sentados en las sillas; ella sollozaba con la cabeza gacha.
—¿De cuántos meses estás? —preguntó don Hernán con la mirada impasible.
Arabella seguía cabizbaja, sin atreverse aún a levantar la cara ni a mirar a sus padres.
—D-dos meses, papá —respondió con un hilo de voz.
Un golpe seco y violento hizo que Arabella se sobresaltara y cerrara los ojos, mientras doña Ana solo derramaba lágrimas en silencio.
Don Hernán se llevó la mano al pecho, que le dolía; era demasiada opresión escuchar la confesión de su hija.
Sam prefirió salir, tras patear una silla en el porche. Sentía unas ganas terribles de moler a golpes al hombre que había dejado embarazada a su hermana, o hasta de matar a semejante irresponsable. ¿Cómo podía ese hombre elegir casarse con otra mientras su hermana llevaba en el vientre una semilla suya?
Don Hernán decidió levantarse y marcharse, pero al pasar junto a Arabella, ella le sujetó las piernas y lo abrazó.
—Perdona a Ara, papá. Ara se equivocó. Ara los ha decepcionado a ti y a mamá —dijo con la voz entrecortada por el llanto.
Don Hernán solo pudo quedarse callado, pero luego sacudió la pierna para soltarse de Arabella.
—Papá. —Arabella lloró aún más desconsolada; el rechazo de su padre era la forma en que él le expresaba su decepción.
Doña Ana hizo lo mismo: dejó a Arabella entre sollozos lastimeros y prefirió irse detrás de su marido.
Arabella lloraba con amargura, la cara ya empapada de lágrimas, el cuerpo temblándole ante el dolor del rechazo de su familia.
—Perdóname —susurró, con el corazón herido.
La mañana previa a la boda...
El sonido del móvil no había parado desde hacía una hora, pero su dueño parecía sordo a aquel repiqueteo estridente.
Mateo contemplaba con los ojos anegados el pequeño objeto plano que tenía en la mano; llevaba dos días como un muerto viviente, sumido en un arrepentimiento sin fin.
—¿Por qué te fuiste y te lo llevaste, Ara? ¿Por qué te fuiste? —murmuró con el ánimo hecho pedazos.
No solo el ánimo tenía deshecho: su aspecto también era un desastre. El pelo revuelto, el rostro macilento, y unas ojeras negras bajo los ojos. Todo dejaba a la vista el caos en que había vivido esos dos días.
La noche anterior, cuando Mateo sintió unas náuseas tremendas hasta vomitar todo lo que tenía en el estómago, pasó casi una hora en el baño tratando de expulsar aquel malestar. Hasta que su mirada se detuvo en un pequeño cajón del baño, donde Arabella solía guardar sus cosas. No supo por qué, pero sintió unas ganas enormes de ver qué había dentro, y al abrirlo encontró un objeto que reconoció al instante.
—Una prueba de embarazo.
—¿Y bien? —preguntó Delia a su marido, Adán, que en ese momento se veía conteniendo la rabia.
Desde hacía rato, la familia de Karina venía llamando, porque la del novio no aparecía, cuando la ceremonia estaba a punto de empezar.
—Darío, ¡tráeme aquí a ese desgraciado! —ordenó Adán al asistente de su hijo.
—¿Qué pasa? ¿Por qué Mateo se comporta así? —murmuró Delia.
Adán rodeó los hombros de su esposa, transmitiéndole calma para que no se le disparara la presión.
Al minuto siguiente, el móvil de Adán volvió a sonar. Presionó el botón verde, dispuesto a increpar a quien estuviera del otro lado, pero, antes de poder soltar palabra, fue él quien quedó en shock.