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La esposa muda del jefe de la mafia

La esposa muda del jefe de la mafia

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor tras matrimonio / Arrogante / Mafia / Novia sustituta / Ascenso de clase social / Enfermizo / Romance oscuro
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.

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Capítulo 6

Capítulo 6: Lengua de señas

Alejandro había escrito la nota a las siete de la mañana, sentado en su silla junto a la estufa, cuando Nana Toña ya se había ido al mercado y la puerta del cuarto de huéspedes seguía cerrada. Nueve palabras en una hoja arrancada de la libreta del mandado. En la Suburban, camino a Santa Fe, se repitió que no era una nota sino una instrucción: una mujer que se desmaya en tu casa es un problema, y una que desayuna, no. Por lo mismo le había cargado el celular. Alguien que no puede gritar necesita por lo menos un teléfono con batería. Lo de la madrugada, la mano en su frente, los veinte minutos de pie junto a la cama con la pierna quejándose, no tenía por qué explicárselo a nadie, ni a sí mismo.

—¿Todo bien, jefe? —preguntó Fermín por el retrovisor.

—Maneja.

* * *

El miércoles a las cuatro, Fermín entró a la oficina del piso 38 de la Torre Iturralde con el celular en la mano.

—La señora salió a pie de la privada a las nueve y diez y tomó un pesero a la colonia Juárez. Se inscribió en el Centro Seña y Voz: curso de LSM para adultos y asesoría para el examen del CENEVAL. Beca completa. —Bajó la pantalla—. El titular es Gabriel Solórzano.

Alejandro levantó la vista del contrato. Los Solórzano y los Iturralde llevaban años sin sentarse a la misma mesa si podían evitarlo, y de todos los lugares de la ciudad ella había ido a dar justo a ese.

—¿Quién la llevó?

—Nadie, licenciado. En la caseta le enseñó el celular al guardia y le preguntó qué pesero pasaba a la Juárez. El centro lo encontró ella sola. ¿Quiere que la paremos?

Anteayer tenía treinta y nueve de fiebre y una aguja en el brazo. Hoy se subía a un pesero con la cara todavía blanca a pedir una beca, sin pedirle un peso a él ni a nadie.

—Déjenla. Síganla de lejos.

Media hora después entró Ulises, cerró con seguro y dejó una tableta sobre el escritorio. Le explicó en tres frases de dónde salía: una empleada de pisos la había encontrado en la suite 1204 del Iturralde Reforma, bloqueada por mantenimiento desde enero; era de la gerente Zúñiga, se había sincronizado con la nube antes de que alguien la apagara, y Seguridad sacó una copia antes de mandarla a objetos perdidos. Le dio play. La imagen estaba casi a oscuras, una cabecera, una sábana, la risa de una mujer, y luego una voz de hombre, baja, pegada al micrófono.

—Si el sobrino se queda en la silla, el consejo me da la dirección en junio.

Alejandro la oyó dos veces. A la segunda, la pierna se le tensó debajo del escritorio hasta que el dolor le subió a la cadera. Era su tío Fausto, el que en cada junta le decía sobrino con la mano en el hombro. La servilleta del comedor de empleados, la gerente que salió a hablar por teléfono antes de las siete, el viaje a Pachuca: todo apuntaba al mismo lugar.

—¿La llevamos a la Fiscalía?

—¿Con qué? ¿Con una tableta que alguien encontró en un cuarto que oficialmente no existe? —Apagó la pantalla—. Esto sirve para saber, no para probar. A la Casa le basta para vigilarlo; a la Fiscalía, no para encerrarlo. Quiero las dos cosas. Un señor que habla de sillas en la cama todavía no es un señor que manda secuestrar a nadie. Seguimos en la silla. Nadie toca a Fausto hasta que yo lo diga. —Empujó la tableta hacia Ulises—. ¿La 1204 sigue a nombre de mantenimiento?

—Desde enero.

—Que recepción cumpla el reglamento. Todo huésped se registra con su nombre real. Hoy.

Ulises bajó la cabeza para que no se le notara la sonrisa.

* * *

Esa noche, en Bosque Alto, Nana Toña lo esperaba en el recibidor con el delantal puesto y le tomó los puños de la silla antes que Fermín.

—Tu señora quiso cocinar, mijo. Para darte las gracias. No le vayas a hacer el feo.

En el comedor había un solo plato servido, en la cabecera: mole de olla, con chambarete, calabacitas y elote. Paloma esperaba de pie junto a la puerta de la cocina. Destapó el plumón, escribió y le puso el pizarrón enfrente.

*Gracias por el doctor.*

—Lo llamó Nana.

Ella asintió como si esa fuera la respuesta que esperaba, borró sin prisa y volvió a su lugar junto a la puerta. Alejandro probó la primera cucharada por educación. Cuando Nana le sirvió otra vez, se dio cuenta de que se había terminado el primer plato sin levantar la cabeza. Paloma se sirvió en un plato hondo y se lo llevó a la cocina, y él la oyó acomodarse en el banco junto a la estufa.

No comemos en la misma mesa. La regla era suya, y ella la cumplía mejor que él. Miró la silla vacía al otro extremo del comedor y por primera vez le pareció una regla estúpida. No la llamó.

* * *

A las doce y veinte, con la casa dormida, se levantó de la silla de ruedas en el estudio y abrió la laptop de pie, apoyado en el escritorio. Tecleó rápido, como si alguien pudiera verlo: *LSM para principiantes. Lección 1: el alfabeto manual*. Una mujer de suéter negro formó la A frente a la cámara. Lo cerró. No tenía nada que decirle; ella escribía y él leía, y así funcionaba.

Pero mañana ella iba a sentarse en un salón lleno de gente que hablaba con las manos, en el centro de un Solórzano, y de lo que se dijera ahí sobre la casa, la silla o él, no iba a entender una sola palabra. Lo abrió otra vez. Regresó tres veces el video en la C, una mano curva que parecía sostener un vaso.

Ulises tocó y entró sin esperar respuesta, y se quedó quieto a medio paso. Miró la pantalla, miró a su jefe de pie, miró la pantalla otra vez.

—El alfabeto manual —leyó en voz alta, sin ninguna expresión.

—No es para hablar con ella. —Alejandro no bajó la tapa—. Es para saber qué dice de mí.

—Por supuesto, licenciado. —Ulises dejó una carpeta sobre el escritorio—. Recepción cambió el registro de la 1204 a las ocho. A las once, alguien ya le había llamado a la señora Téllez. Acaba de salir de su casa. Con un rodillo.

—Yo solo pedí que se cumpliera el reglamento.

—Eso mismo le dije al gerente de noche.

* * *

El jueves a las siete y media, Sociales MX ya tenía la foto en portada. La había tomado un fotógrafo de bodas hospedado en el mismo piso: Fausto Iturralde en el pasillo, con una bata blanca del hotel y las manos en alto, y su tía Tencha frente a él, en pants y con el pelo a medio pintar, levantando un rodillo de madera. A mediodía la foto ya era sticker en el grupo de WhatsApp de las amigas de su madre, y Ulises le avisó en dos líneas que la gerente Zúñiga había sido despedida por violar el reglamento interno, con la familia Téllez presionando. Nadie en la Torre había tenido que mover un dedo.

En la cena de la casona, Ignacio esperó a que sirvieran la sopa y regañó a su hermano delante de todos: los Iturralde no salían en los periódicos en bata. Fausto no levantó la vista del plato en toda la noche. Solo al despedirse, en el recibidor, se inclinó hacia la silla de ruedas de su sobrino y le sonrió, una sonrisa ancha y tranquila que no le llegó a los ojos. Alejandro se la devolvió igual.

Pasadas las once, ya en Bosque Alto, Ulises le marcó con otra línea en espera.

—Licenciado, tengo a un reportero de Sociales MX que pide respuesta oficial antes de publicar. Lo enlazo.

Hubo un clic y una voz joven, demasiado contenta.

—Licenciado Iturralde, buenas noches. La nota sale mañana a primera hora: la esposa de Iturralde es muda. Tenemos el testimonio de una extrabajadora de los Linares. ¿Algún comentario?

Al fondo del pasillo, bajo la puerta del cuarto de huéspedes, había luz. Ella seguía despierta, y mañana a las siete toda la ciudad iba a saber lo que él le había ordenado esconder. Nadie más que un hombre humillado en bata tenía tantas ganas de devolverle el golpe ese mismo día. Cortó al reportero y se quedó con Ulises en la línea.

—Mi tío.

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