En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 2: La flor invisible
A quince millas de distancia, la residencia de la familia Thorne resplandecía con el fulgor sofocante del oro y la hipocresía. Los candelabros de cristal de Bohemia arrojaban una luz cálida sobre las paredes tapizadas de damasco, y el sonido vibrante de un piano de cola intentaba sepultar las risas ensayadas de la alta sociedad.
En el extremo del salón principal, casi sepultada por la sombra de los cortinajes de terciopelo verde, Rosalie Thorne permanecía sentada en un sillón de respaldo alto. Sus manos, pequeñas y pulcras, descansaban entrelazadas sobre el pliegue de un vestido de seda azul pálido. Era un diseño hermoso pero deliberadamente apagado, confeccionado por orden directa de su madre para garantizar que no llamara la atención de nadie.
Rosalie poseía una belleza serena, de esas que no gritan pero que, de permitírselo, podrían cautivar imperios. Sus ojos, de un avellana profundo cargado de una inteligencia viva, estaban enmarcados por pestañas tupidas. Su piel tenía la textura del alabastro pulido y sus labios dibujaban una curva dulce, aunque casi siempre tensa por la contención.
Sin embargo, para los Thorne, Rosalie no era más que un accesorio secundario. El centro del universo familiar era Clarissa, su hermana menor por un año. Clarissa era ruidosa, de cabellera rubia como el trigo al sol, ojos descarados y una habilidad nata para el coqueteo superficial y la manipulación social. La madre de ambas, una mujer ambiciosa que medía el valor de sus hijas en función de los títulos nobiliarios de sus pretendientes, había decretado hacía mucho tiempo los roles de la casa: Clarissa era la estrella destinada a un matrimonio aristocrático deslumbrante, mientras que Rosalie debía asumir la posición de la hermana sumisa, dócil e invisible, cuya única función era no eclipsar jamás a la favorita.
—Rosalie, mantén la espalda erguida y deja de mirar al suelo como si fueras una sirvienta atrapada en una falta —le murmuró su madre al pasar a su lado, sin detenerse siquiera a mirarla a los ojos, con el tono de quien corrige una mancha en el mantel.
—Sí, madre —susurró Rosalie, bajando aún más la mirada.
Con el paso de los años, Rosalie había aprendido el arte de encogerse. Aprendió a modular su voz para que sonar suave, a no intervenir en las conversaciones sobre literatura o política —a pesar de haber leído tres veces más libros que los hombres que pretendían a su hermana— y a vestir tonos sobrios que la mimetizaran con el mobiliario. Los pocos caballeros que intentaban entablar conversación con ella eran rápidamente desviados por su madre hacia Clarissa, dejando a Rosalie flotando en un mar de soltería forzada y abandono emocional.
Se sentía sofocada. El corsé apretaba sus costillas, pero el verdadero ahogo venía de la certeza de que su vida transcurriría como una espectadora silenciosa del triunfo ajeno.
Pero cuando la fiesta finalmente concluía, cuando las velas se apagaban y la casa Thorne se hundía en el silencio nocturno, Rosalie se despojaba de la pesada vestimenta y se deslizaba entre las sábanas de su cama de dos doseles.
En el instante en que sus párpados se cerraban, el cautiverio terminaba. Al igual que Dorian, Rosalie había descubierto en la infancia que podía despertar dentro de su propia mente durmiente. En el vasto territorio de sus sueños, ella no le debía sumisión a nadie. Allí creaba jardines sin barreras, colinas cubiertas de flores silvestres y vientos libres que no le exigían guardar compostura.
Para Rosalie, el sueño era el único espacio donde existía como un ser completo.