SIN ESPOILER
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CUATRO MESES DESPUÉS
Cuatro meses habían pasado desde aquella primera mañana en la que Lia se despertó sintiéndose extraña.
Cuatro meses.
Y las náuseas no habían desaparecido.
Al contrario.
Habían terminado convirtiéndose en parte de sus días.
Algunas mañanas eran más llevaderas que otras. Había momentos en los que Lia podía levantarse, caminar por la casa e incluso intentar ordenar un poco aquel lugar.
Pero había días en los que apenas conseguía salir de la cama.
Aquella mañana abrió los ojos lentamente.
Se quedó unos segundos mirando el techo.
Después llevó una mano a su rostro.
—Otra vez…
La sensación desagradable en el estómago había regresado.
Lia respiró profundamente y esperó.
No quería levantarse demasiado rápido.
Ya había aprendido que hacerlo podía provocarle mareos.
Finalmente se incorporó.
Permaneció sentada unos instantes antes de ponerse de pie.
Caminó hasta la pequeña cocina.
Sobre la mesa había un poco de comida que había guardado del día anterior.
Lia la miró.
No tenía hambre.
Últimamente ocurría muy seguido.
Comía porque sabía que debía hacerlo, pero muchas veces solo conseguía dar unos cuantos bocados antes de sentirse mal.
Aun así, tomó algo y trató de comer.
Cinco minutos después dejó el plato.
—No puedo…
Se apoyó en la mesa.
El estómago volvía a revolverse.
Cerró los ojos.
Esperó.
Cuando finalmente la sensación disminuyó, se quedó pensativa.
Había algo que no entendía.
Porque aunque llevaba meses comiendo muy poco…
había notado un cambio.
Su ropa comenzaba a quedarle diferente.
Algunas prendas que antes utilizaba con facilidad ahora le resultaban incómodas.
Lia observó una de sus blusas.
Después miró hacia su reflejo en un pequeño espejo que estaba apoyado contra la pared.
Se quedó callada.
—¿Qué está pasando?
No era la primera vez que se hacía aquella pregunta.
Pero ahora comenzaba a preocuparle más.
Durante semanas había pensado que su malestar se debía únicamente a que no se alimentaba correctamente.
Sin embargo, habían pasado cuatro meses.
Y seguía igual.
Incluso había comenzado a sentirse distinta de una manera que no sabía explicar.
Lia apartó la mirada del espejo.
No quería pensar demasiado en ello.
—Seguramente es por estar comiendo a deshoras.
Intentó convencerse.
Pero la explicación ya no le parecía suficiente.
---
Más tarde, Brayan llegó a la casa.
Encontró a Lia sentada cerca de una ventana.
—Princesa.
Ella levantó la mirada.
—Hola.
Brayan dejó sus cosas y se acercó.
—¿Otra vez con esa cara?
Lia suspiró.
—Me siento mal.
—¿Las náuseas?
Ella asintió.
—Desde hace meses.
Brayan frunció el ceño.
—Eso no es normal.
Lia guardó silencio.
Él la observó.
—¿Has comido?
—Un poco.
—¿Solo eso?
—No tengo apetito.
Brayan suspiró.
Lia bajó la mirada.
—Además…
—¿Qué?
Ella dudó.
—He notado que mi ropa me queda diferente.
Brayan la miró sin comprender.
—¿Qué quieres decir?
—No sé.
Lia se abrazó a sí misma.
—Siento que estoy cambiando.
Brayan permaneció callado.
—¿Has estado enferma?
—No lo sé.
—Entonces necesitas que te vea un médico.
Lia negó inmediatamente.
—No.
—Lia…
—No quiero.
Brayan intentó insistir, pero ella apartó la mirada.
—No quiero que nadie me haga preguntas.
Aquella respuesta hizo que el silencio se instalara entre ambos.
Lia tenía miedo.
Miedo de salir.
Miedo de encontrarse con alguien conocido.
Miedo de que descubrieran dónde estaba.
Miedo de tener que contar todo lo que había ocurrido durante aquellos meses.
Brayan terminó dejando el tema.
—Como quieras.
Lia no respondió.
Pero aquella conversación había dejado una inquietud en su cabeza.
---
Esa noche volvió a mirar el espejo.
Lo hizo durante varios minutos.
No encontraba una respuesta.
No entendía por qué las náuseas continuaban.
No entendía por qué tenía tan poco apetito.
Y tampoco entendía por qué su ropa comenzaba a quedarle diferente.
Lia tocó suavemente el borde del espejo.
—¿Qué me está pasando?
Su voz salió apenas como un susurro.
Recordó aquella primera mañana, cuatro meses atrás.
Había pensado que sería algo pasajero.
Después había pensado que se debía a su mala alimentación.
Luego creyó que simplemente estaba agotada.
Pero ahora…
Ahora empezaba a tener miedo de que hubiera algo más.
Se sentó sobre el colchón.
Miró la fotografía de sus padres que guardaba junto a ella.
—Mamá…
Sus ojos se humedecieron.
—Ojalá pudiera preguntarte qué hacer.
Apretó la fotografía entre sus manos.
Durante unos segundos permaneció completamente quieta.
Entonces sintió nuevamente las náuseas.
Se llevó una mano a la boca y cerró los ojos.
Cuando la sensación disminuyó, respiró profundamente.
—Esto no puede seguir así.
Por primera vez, Lia comenzó a considerar seriamente buscar ayuda.
No sabía cómo.
No sabía a quién acudir.
Pero sabía que algo no estaba bien.
---
Al día siguiente ocurrió algo que terminó de inquietarla.
Lia estaba buscando una prenda entre sus pocas pertenencias cuando encontró una camisa que llevaba meses sin utilizar.
La tomó.
La observó.
Después intentó ponérsela.
No le quedaba como antes.
Lia se quedó inmóvil.
Se miró nuevamente en el espejo.
Su expresión cambió.
Ya no parecía confundida.
Parecía asustada.
—Pero… ¿cómo?
Había estado comiendo poco.
Muy poco.
Entonces, ¿por qué estaba ocurriendo aquello?
Se sentó lentamente.
Su mente comenzó a buscar respuestas.
Tal vez era alguna enfermedad.
Tal vez necesitaba vitaminas.
Tal vez su cuerpo simplemente estaba reaccionando al abandono en el que había vivido durante meses.
Podían existir muchas explicaciones.
Pero ninguna la convencía.
Lia miró hacia la puerta.
Por primera vez deseó estar en otro lugar.
En un sitio seguro.
Con alguien que pudiera ayudarla.
No sabía que, muy pronto, esa posibilidad dejaría de ser un deseo.
Porque mientras Lia luchaba contra sus propias dudas, alguien ya había comenzado a acercarse a aquella casa.
Y no era Brayan.
Era un hombre que había escuchado hablar de una joven desaparecida.
Un hombre que llevaba días siguiendo pistas.
Un hombre cuyo apellido era conocido en todo el mundo criminal.
Navares.
Kiran todavía no sabía qué encontraría cuando llegara hasta ella.
Pero pronto descubriría que aquella joven necesitaba mucho más que protección.
Necesitaba una oportunidad para recuperar el control de su propia vida.
Y esa oportunidad estaba a punto de llegar.