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LA REINA DEL ASFALTO

LA REINA DEL ASFALTO

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / CEO / El Ascenso de la Reina / Romance / Completas
Popularitas:3.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalianna Elizondo

Cuando era pequeña, soñaba celebrando llena de emoción, con una alegría que no sé cómo explicar; solo recuerdo que mi pecho se llenaba de una sensación abrumadora al levantar en mis manos una gran copa.
Sin embargo, jamás imaginé que, para plasmar esa fantasía, tendría que sacar una fuerza que ni siquiera sabía que tenía: una especie de coraje como el de una leona que protege a su familia con uñas y dientes, o la fortaleza de una madre en pleno alumbramiento.
Pero, en fin, esta es mi historia, que espero les sirva de inspiración para perseguir de manera incansable todos sus sueños, aunque el mundo se oponga y diga que no puedes lograrlo.

NovelToon tiene autorización de Dalianna Elizondo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

ISMARA

La rabia que sentía inundaba todo mi ser. Quería que detuviera el auto y romperlo a golpes; él es un maldito manipulador de mierda, no me importa conocerlo, no creo en santos que orinan o clichés románticos. No me interesa nada más esa llave USB para poder ayudar a mi amigo a que vuelva con todas sus locuras y jamás voy a permitir que este patán me manipule con sus chantajes.

Apreté los puños sobre mis muslos hasta que los nudillos se me pusieron blancos. El motor del deportivo rugía con una ferocidad brutal mientras el auto salía disparado de la zona industrial, dejando atrás las luces de neón y el denso olor a neumáticos quemados en un abrir y cerrar de ojos. La aceleración nos hundió contra los asientos, pegándome la espalda al respaldo con una fuerza bruta que amenazaba con sacarme el aire.

—¡¿Qué demonios te pasa?! —grité, aferrándome a la manija de la puerta mientras los árboles del arcén se convertían en un borrón difuso a través del cristal—. ¡Detén el maldito auto ahora mismo, Ethan! ¡Detenlo!

Él no contestó de inmediato. Tenía la mirada fija en el asfalto nocturno, las manos firmes en el volante, ejecutando cambios de marcha con una precisión implacable. No había rastro del chico coqueto y arrogante de hacía un momento; en su lugar, la luz del tablero iluminaba la expresión fría y enfocada de un piloto calculando cada metro de trayectoria a más de doscientos kilómetros por hora.

—Tranquilízate, Ismara —dijo con la voz extrañamente calmada, sin desviar la vista ni un segundo—. Si quisiera estrellarnos, ya lo habría hecho.

—¡Me importa un carajo tu habilidad al volante! ¡Me dijiste que haríamos un trato y ahora estás huyendo como un desquiciado!

—No estoy huyendo —repuso con una sonrisa ladeada que comenzó a dibujársele despacio en los labios—. Solo estoy cambiando el escenario. Allá atrás había demasiado ruido, demasiadas distracciones. Y yo necesito toda tu atención.

Ethan redujo drásticamente la velocidad al tomar un desvío hacia una carretera secundaria que serpenteaba hacia la parte alta de las colinas que rodeaban la ciudad. El pavimento allí era angosto, sin iluminación pública, flanqueado únicamente por la sombra oscura de la vegetación y los abismos laterales. Tras un par de curvas pronunciadas en las que ni siquiera rozó el freno, detuvo el vehículo en un mirador apartado con vista a las luces distantes de la ciudad.

Apagó el motor. El silencio de la noche nos cayó encima de golpe, roto únicamente por el crujido metálico del escape caliente enfriándose.

—Incompetentes hay en todos lados, Ismara... allá abajo solo había aficionados jugando a ser rápidos —anunció, soltándose el cinturón de seguridad y girándose por completo hacia mí—. Aquí arriba podemos hablar sin máscaras.

—Estás enfermo —solté entre dientes, sintiendo el pulso retumbándome en los oídos por la adrenalina y la ira—. Me arrastras hasta aquí, juegas con la libertad de Michael y te comportas como un demente al volante... ¿Qué es lo que pretendes probar, Ferrara? ¿Crees que me vas a asustar?

—Quiero probar de qué estás hecha realmente, señorita Bodra —respondió, apoyando un brazo en el respaldo de mi asiento y reduciendo el espacio entre los dos. La penumbra de la cabina acentuaba la mirada intensa de sus ojos—. Toda la noche te has escudado tras esa armadura de chica ruda y distante, diciéndome que soy un mimado y que no entiendo nada. Pero cuando bajaste la ventanilla allá, analizaste esos autos... vi quién eres de verdad. Vi la precisión con la que desarmaste la mecánica de esos coches en tres segundos. Tienes el fuego en las venas, Ismara. Y te niegas a dejarlo salir por pura terquedad.

—No confundas mi conocimiento con ganas de complacerte —escupí con desprecio, clavándole la mirada sin dar un paso atrás—. Esto no se trata de tu ego ni de mi talento, se trata de que tienes una evidencia que usas para acorralarme como si fuera un trofeo.

—La evidencia está en mis servidores y registrada en mi propiedad —corrigió con una sobriedad que me puso los pelos de punta—. Y no te estoy acorralando, te estoy dando una salida digna. No quiero tu dinero, no me interesan tus disculpas ni me sirve de nada que me acompañes a cenar con cara de pocos amigos solo por cumplir una obligación.

—¿Entonces qué quieres de mí? —exigí, cruzándome de brazos.

Ethan llevó la mano a su bolsillo, sacó la pequeña memoria USB y la colocó sobre la consola central, justo a escasos centímetros de mis dedos.

—Un reto real —sentenció con voz firme—. Una carrera. Tú y yo, mano a mano.

Lo miré fijamente, tratando de descifrar si hablaba en serio o si era otra de sus manipulaciones.

—¿Una carrera? —repetí con incredulidad.

—Así es. Trae el auto que quieras, modifícalo como se te dé la gana, usa todas las enseñanzas que dices haber heredado de tu familia. Nos vemos este fin de semana en el tramo abandonado de la ruta vieja hacia la cordillera. Si me ganas en un tramo limpio... la memoria USB es tuya sin condiciones, borro tu número y no vuelves a saber de mí en la vida.

—¿Y si "ganas" tú? —inquirí marcando las comillas con veneno.

—Me das la oportunidad de invitarte a salir, sin chantajes, sin videos de por medio, partiendo de cero. Como dos personas normales.

Guardé silencio. El aire dentro se volvió denso, sofocante. La oferta estaba sobre la mesa, directa y salvaje. Parte de mí quería abalanzarse sobre la consola, arrebatarle la memoria USB y salir corriendo, pero sabía que un tipo con sus reflejos la recuperaría antes de que yo lograra destrabar la puerta.

Miré la memoria plateada brillando bajo la débil luz que filtraba la luna. Por primera vez en la noche, la sensación de ser una víctima atrapada se disipó en mi pecho, reemplazada por una chispa fría y calculadora que conocía muy bien: la misma frialdad con la que el abuelo Ismael analizaba un motor antes de entrar a boxes.

Si jugaba a la defensiva, este tipo seguiría acorralándome con cuentos. Pero en una pista... en una pista la charlatanería no sirve de nada. Ahí solo habla el asfalto.

—Un tramo plano es demasiado fácil para un auto de F1 de calle, Ferrara —dije con voz serena, permitiéndome esbozar una sonrisa gélida que pareció tomarlo por sorpresa—. Tu coche de fábrica tiene más caballos de fuerza y mejor tecnología de tracción. Si vamos a hacerlo, lo haremos bajo mis reglas.

Ethan entornó los ojos, intrigado.

—Te escucho, princesa.

—Ruta de montaña, cinco kilómetros en bajada, tramo revirado con horquillas cerradas y asfalto irregular. Sin asistencia electrónica, sin control de tracción. Solo mecánica pura, suspensión y manos. Si tu auto de lujo se va al barranco por no saber controlar la sobreaceleración en curva, es tu problema.

Una chispa de pura fascinación cruzó la mirada de Ethan. La arrogancia condescendiente que había llevado toda la velada desapareció por completo, reemplazada por un respeto oscuro y expectante.

—Cinco kilómetros en bajada, sin asistencias —repitió, paladeando las palabras—. Trato hecho.

—Y una última cosa —añadí, señalando la memoria USB—. Mientras consigo el coche y preparamos el tramo, vas a enviarle una copia de ese video al abogado de Michael de forma anónima. No vas a retener la inocencia de mi amigo como rehén mientras competimos. La carrera es por mi tranquilidad y para que te despegues de mi vida, no por la de él. Si no me demuestras mañana mismo que el abogado tiene ese archivo... no hay carrera y me encargo personalmente de que la prensa se entere de lo que haces durante la noche.

Ethan soltó una carcajada limpia y sonora, la primera que no sonaba ensayada ni burlesca en toda la velada.

—Vaya... De verdad eres peligrosa, Ismara —murmuró, guardando la USB y encendiendo el motor de nuevo—. El archivo estará en el correo de su abogado antes del mediodía. Prepararé el tramo. Asegúrate de conseguir un auto que esté a tu altura... no querrás dar lástima en la montaña.

—Preocúpate por tu propio cuello, Ferrara —respondí, girándome hacia la ventanilla mientras el auto daba la vuelta para regresar a la ciudad—. Porque te voy a enseñar cómo se maneja de verdad.

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Olga Silva
muy bella felicidades autora 👏
Tere Jimenez
gracias empieza muy interesante
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