Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 8
Antonia entró al despacho con la cabeza baja, los hombros caídos y el corazón pesado como si llevara plomo en el pecho. No tuvo que decir nada: Aarón, que la esperaba de pie junto al ventanal, vio en su mirada apagada que la batalla había terminado.
—Has tomado tu decisión —dijo él, sin preguntar, con tono de quien ya conoce la respuesta.
Ella asintió lentamente, apretando los puños a sus costados.
—Sí. Acepto. Haré lo que usted pida. Pero… —alzó la vista de golpe, con una chispa de dignidad que aún no se apagaba— tengo una sola condición. Y si no la acepta, me marcho ahora mismo y asumo las consecuencias.
Aarón arqueó una ceja, sorprendido de que aún tuviera fuerzas para poner condiciones.
—Habla.
—Que nadie de mi familia se entere jamás —dijo ella con voz firme, aunque le temblaban los labios—. Ni mi madre, ni Lorenzo. Ellos deben creer que usted solo es un benefactor que ayuda al teatro, que me ha dado una beca o un aumento por mi trabajo. Que nada de esto tiene que ver conmigo… ni con lo que usted quiere de mí. Si acepta eso… me quedo. Si no, váyase al diablo.
El magnate la observó en silencio unos segundos, sopesando sus palabras. Al final, una media sonrisa fría se dibujó en su rostro.
—Es un precio pequeño. De acuerdo. Nadie sabrá nada. Será nuestro secreto. El primero de muchos.
Se acercó al escritorio, tomó un grueso cuaderno de hojas timbradas y lo puso frente a ella, junto a una pluma de oro.
—Todo queda por escrito. Aquí tienes el contrato. Léelo.
Antonia pasó las páginas con manos temblorosas, leyendo cláusula tras cláusula: disponibilidad absoluta, prohibición de hablar con terceros sobre su relación, prohibición de salir con amigos o tener vínculos sentimentales, obligación de asistir a donde él ordene, sin derecho a rechazo… cada línea era una cadena nueva.
—Esto… esto me quita hasta mi propio albedrío —susurró ella, sintiendo náuseas—. No puedo hacer nada sin su permiso.
—Exacto —respondió él, apoyándose en el respaldo de la silla—. Eres mía, Antonia. Y lo que es mío, lo cuido… y lo controlo. No toleraré mentiras, no toleraré retrasos, y mucho menos intentos de huir. Si cruzas una sola línea… recuerda lo que está en juego.
—Lo recuerdo —respondió ella, con un hilo de voz—. Mi familia.
—Exactamente. Así que piénsalo muy bien antes de desobedecerme. Una falta… y el trato se rompe. Y entonces, ya no habrá vuelta atrás para nadie.
Antonia miró la pluma sobre la mesa, luego miró a Aarón, y finalmente miró hacia la puerta, sabiendo que al firmar estaría cerrando su propia jaula. Respiró hondo, secó una lágrima que se le escapó, y tomó el instrumento entre sus dedos.
—Prométame que cumplirá su parte —dijo ella, antes de trazar su firma con mano temblorosa—. Que mi madre recibirá su tratamiento, que Lorenzo podrá estudiar tranquilo… que nada les pasará.
Aarón se inclinó sobre ella, rozando apenas su oído con sus labios, con una voz que heló su sangre:
—Lo prometo. Mientras tú cumplas la tuya. Bienvenida a tu nueva vida, Antonia.
Cuando la pluma soltó el papel, el trato estaba sellado. Antonia Valentini ya no se pertenecía.
Antonia recorrió una vez más las últimas líneas del documento, sintiendo que cada palabra le quemaba los ojos. Levantó la mirada hacia él, con una súplica muda que se ahogó en su garganta.
—¿No hay nada que pueda cambiar? —preguntó con voz quebrada—. ¿Ninguna cláusula que me permita conservar al menos un pedazo de mi vida? ¿De mi libertad?
Aarón negó lentamente, sin rastro de compasión. Se sentó frente a ella, entrelazando los dedos bajo su barbilla, observándola como quien admira una pieza recién adquirida.
—La libertad tiene un precio muy alto, Antonia. Y tú ya has decidido pagar con ella la vida de tu madre. No intentes buscar rendijas por donde escapar: no las hay. Si firmas, te entrego mi palabra de que ellos estarán a salvo. Pero tú… tú pasas a ser propiedad mía. Cada hora, cada minuto, cada pensamiento. ¿Quedó claro?
—Clarísimo —susurró ella, sintiendo que el aire se le escapaba.
Tomó la pluma con manos que temblaban violentamente. La apoyó sobre la línea punteada, y antes de trazar su nombre, cerró los ojos viendo el rostro de su madre sonriéndole, y la ilusión de Lorenzo por ser ingeniero. Con un suspiro que le salió del alma, escribió: Antonia Valentini.
El sonido de la pluma rozando el papel resonó en toda la habitación como un golpe final. Aarón tomó el documento al instante, lo revisó con calma y guardó una copia en su caja fuerte, como si guardara un tesoro invaluable. Luego se levantó, caminó hacia ella y le extendió la mano.
—A partir de este momento, las cosas cambian —le dijo, con una voz firme y autoritaria—. Mañana enviaré un coche a buscarte a las ocho. No vendrás al teatro por la puerta de siempre: entrarás por mi despacho. Te compraré la ropa que usarás cuando estés conmigo: no quiero ver más esos vestidos gastados. Quiero que brilles… porque ahora me perteneces.
Antonia se puso de pie, sintiéndose extraña en su propio cuerpo.
—¿Y si algún día quiero terminar? ¿Si mi madre mejora y…?
Aarón la interrumpió de inmediato, acercándose hasta invadir su espacio personal, tomándola suavemente pero con firmeza del mentón.
—El contrato no tiene fecha de vencimiento, mi querida marioneta. Terminará cuando yo decida que ha terminado. Ni un día antes. Y ahora… puedes irte. Pero recuerda: nuestra vida juntos empieza mañana. No llegues tarde. Odio la impuntualidad.
Antonia salió del despacho como una autómata, sin sentir el suelo bajo sus pies. Al llegar a la calle, el sol le pareció demasiado brillante, el ruido demasiado fuerte. Se llevó la mano al pecho, donde su corazón golpeaba desesperado. Había salvado a los que amaba… pero acababa de perderse a sí misma para siempre.
Dentro de la oficina, Aarón se quedó mirando la firma sobre el papel, y una sonrisa de satisfacción pura se dibujó en sus labios.
—Por fin —murmuró al vacío—. Ya tienes los hilos puestos. Ahora solo queda aprender a bailar a mi ritmo.