En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría
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Capítulo 008
El "héroe" que había evitado la matanza resultó ser alguien alto y con una gran fuerza en su voz. No tenía la apariencia de ser un tipo solitario; alguien debía encargarse de alimentar ese ego tan visible que se cargaba.
Por su mirada, supuse que cruzó por su mente algún extraño pensamiento sobre lo que yo estaba haciendo con la sangre. Desvió los ojos y escudriñó de reojo mi traje de conserje.
—¿Eres nuevo? —demandó.
No tenía la menor intención de responder a sus preguntas, así que simplemente me incorporé y comencé a trapear el piso ensangrentado. Contrario a lo que esperaba, el tipo no se largó. Se acercó a paso firme y me sujetó con brusquedad por las solapas de la camisa.
—Te estoy haciendo una pregunta.
Esta clase de agresividad gratuita ni siquiera la había provocado de forma abierta. Al parecer, era un espécimen tan dominante que necesitaba que todo se hiciera exactamente como él deseaba. Supongo que su actitud resultaría bastante intimidante para cualquiera. Curiosamente, situaciones como esta me eran muy comunes; parece que los de su clase ven como una humillación personal el hecho de que no los tomen en serio. No representaba ningún peligro real para mí, y sabía que notar eso debía resultarle molesto.
Incomodo por la cercanía, alcé el brazo con la palma abierta, listo para aferrarlo por el cuello y aplastarlo hasta que derramara lágrimas mientras entraba en un estado de hipoxia...
—¡Tules! —llamó una voz desde la entrada.
Miré en dirección a la puerta. La muchacha que acababa de llegar guardaba un parecido evidente con el herido del pleito. Aquel tal Tules me soltó de inmediato y se apresuró hacia ella. Su rostro cambió por completo al verla.
—¿Qué te dijeron? —le preguntó él, ansioso.
—Debo ir al hospital, ya llamé a mis padres —respondió ella con la voz rota—. No he podido ver el estado de mi hermano... ¿Qué tan grave fue?
—Yo...
La duda del tal Tules para hablar me animó a intervenir. Quizás él no quería herir los sentimientos de la chica, pero a mí me importaba poco. Coloqué los utensilios en su sitio y me acerqué empujando el carrito de limpieza.
—Su cráneo está roto —declaré con total claridad—. Toda la zona frontal de su cabeza está hecha añicos. Probablemente aspiró su propia sangre y existe la posibilidad de que no vuelva a despertar.
Las pupilas de la chica se contrajeron hasta volverse tan pequeñas como las semillas de una fresa. Su rostro perdió todo rastro de color y por poco pierde el equilibrio para mantenerse en pie. Me pareció sumamente divertida la expresión de horror del chico a su lado y, solo por eso, decidí seguir hablando.
—Luces terrible —añadí—. Si ese chico sobrevive, deberías preguntarle qué fue lo que hizo. Vamos, nadie le revienta la cabeza a golpes a otro por pura nada, ¿no crees?
El tal Tules se giró enfurecido para lanzarme un puñetazo, pero mis reacciones ante el peligro no son tan lentas como las suyas. Para no causarle un daño excesivo, simplemente le disloqué la muñeca. Me bastó con atrapar su mano en el aire y sacudirla con un movimiento seco para separar la coyuntura ósea. Ver sus labios apretados por el dolor me produjo una profunda satisfacción.
—¿Qué eres? —le pregunté a la chica, ignorando los quejidos de su amigo.
—¿Eh? —respondió ella, completamente aturdida por mi previa declaración
—Tú. ¿A qué especie perteneces?
—Yo... un licaón.
«Un perro, ¿eh? Qué terrible», pensé. Un canino solitario no es más que una pulga. Eso explicaba la reacción de la chica; esa clase de animales son sumamente viscerales cuando se trata de defender a los suyos.
—Deberías correr —le aconsejé—. Tienes que ir a ver a tu hermano antes de que ocurra algo más horrible.
Ella asintió varias veces con la cabeza y, con la mirada completamente perdida, salió corriendo a toda prisa por el pasillo. Dejó atrás a Tules, quien chillaba en un intento por contener el dolor. Me agaché un poco para quedar a la altura de su rostro.
—Si no te tratas esa mano pronto, vas a necesitar una cirugía para reubicar la articulación —comenté con gracia—. ¿Por qué no corres de una vez a la enfermería?
—Tú... eres un maldito...
A pesar de sus maldiciones, el dingo hizo el intento de incorporarse para huir. Antes de que lo lograra, lo sujeté firmemente por la camisa.
—Tienes apenas unos minutos antes de que la muñeca se te enfríe y el dolor empeore. ¿Por qué no te quedas quieto y te respondo tu pregunta? —le sugerí con una sonrisa risueña.
—¿¡Estás jugando conmigo!? —me gritó, furioso y desesperado.
Con ese carácter volátil que lo caracterizaba, intentó usar la mano zurda para golpearme. Se notaba a leguas que no era su lado dominante, ya que detuve el impacto con total facilidad.
—Tenías una pregunta para mí. Repítela para que pueda respondértela —dictaminé.
Vi cómo una oleada de pensamientos invadía su mente. Creí que se resistiría, lo cual habría sido mucho más divertido porque él mismo habría desperdiciado el valioso tiempo que le di, pero decidió no hacerlo.
—¿E-eres nuevo? —tartamudeó al fin.
Hice un par de gestos pensativos, estirando la escena para derrochar a propósito unos cuantos segundos más.
—Lo soy —asentí—. Ahora respóndeme tú: ¿Qué eres?
—Un dingo.
—Claro...
Lo solté del suelo y lo alcé en vilo como si fuera un simple muñeco de trapo antes de dejarlo caer.
—Puedes irte.
Sin demoras, el dingo se largó a gran velocidad por el pasillo. Me sentí un poco decepcionado; creo que me había hecho una idea distinta de los depredadores de esta sección.
Debido al terrible acontecimiento del aula, el conserje me envió de vuelta a mi salón, tal vez porque le expliqué que yo había presenciado el inicio de la pelea. Hasta se tomó la molestia de darme un bocadillo. Lo acepté; quizá esa actitud tosca que mostraba al principio era solo un papel que adoptaba con los estudiantes castigados.
Cuando volví a mi sector, me encontré con un revuelo enorme entre todos los estudiantes. Como era de esperarse de unos amantes del chisme, el único tema de conversación era precisamente la pelea del ala carnívora. Antes de sentarme en mi pupitre, le tendí el bocadillo al jerbo y tomé mis cosas.