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CINCO AÑOS
Esa tarde, Gael llegó a casa con un pensamiento que no lograba apartar de su mente; una y otra vez recordaba las palabras de su nueva maestra al despedirse:
"Chao, mi amor. Nos vemos mañana."
Nadie le había hablado así antes, aquel gesto, que para Nathaly había sido una despedida espontánea y llena de cariño, para Gael había significado mucho más. Era una muestra de afecto que nunca había recibido y que, sin darse cuenta, había llenado un pequeño vacío en su corazón.
Mientras permanecía en su habitación, esperaba que su padre llegara para contarle cómo había sido su primer día con la nueva profesora.
Al cabo de un rato, Yan Marcos entró en lacasa. Al ver a su hijo, se acercó, le revolvió el cabello con una mano y preguntó:
YAN MARCOS: ¿Ya tienes nueva maestra?
Gael sonrió con ilusión y dijo.
GAEL: Sí papá, ella es...
Pero Yan Marcos miró la hora en su reloj y lo interrumpió antes de que pudiera terminar.
YAN MARCOS: Me alegra que ya tengas maestra, tengo que revisar un trabajo urgente. Regreso en quince minutos.
Sin esperar una respuesta, se dirigió rápidamente hacia su oficina, Gael bajó la mirada, las palabras que había preparado para contarle a su padre se quedaron atrapadas en su garganta. No era la primera vez que ocurría; Yan Marcos creía que con preguntar era suficiente, sin darse cuenta de que su hijo necesitaba algo más que una pregunta rápida, necesitaba que lo escucharan. Con un suspiro, Gael decidió guardar silencio.
No volvió a intentar contarle cómo había sido su día ni hablarle de Nathaly. Sin embargo, una pequeña sonrisa apareció en su rostro al recordar nuevamente la despedida de su maestra.
"Chao, mi amor..."
Repitió aquellas palabras en su mente como si fueran un tesoro.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía ilusión por regresar a la escuela, no solo quería aprender; también deseaba volver a encontrarse con aquella maestra que, con unas pocas palabras llenas de cariño, había conseguido que se sintiera importante.
Al día siguiente, Gael despertó mucho más temprano de lo habitual. A diferencia de otras mañanas, se levantó con entusiasmo mientras se cambiaba el uniforme, una sonrisa aparecía de vez en cuando en su rostro, solo pensaba en una cosa, volver a ver a su nueva maestra.
En la planta baja, Yan Marcos ya estaba listo para salir rumbo al trabajo, Gael bajó y lo vio tomar las llaves de su vehículo y, antes de irse, se acercó a su hijo.
YAN MARCOS: Buenos días, campeón, ya me voy, pórtate bien.
GAEL: Sí, papá, me portaré bien.
Yan Marcos le dio una palmada en el hombro y salió de la casa con prisa, Gael observó cómo la puerta se cerraba detrás de él. Durante unos segundos permaneció en silencio; le habría gustado que su padre se quedara un poco más, que le preguntara cómo se había sentido el día anterior o que simplemente desayunaran juntos.
Pero ya estaba acostumbrado a esas despedidas rápidas, bajó la cabeza con un poco de tristeza. Sin embargo, casi de inmediato recordó el rostro sonriente de Nathaly y las palabras con las que lo había despedido el día anterior.
"Chao, mi amor. Nos vemos mañana."
Sin darse cuenta, una pequeña sonrisa volvió a iluminar su rostro, por primera vez en mucho tiempo, ir a la escuela no le parecía una obligación.
En la escuela, Nathaly ya esperaba a sus alumnos en la puerta del salón. Recibía a cada uno con una sonrisa y un cordial saludo.
NATHALY: ¡Buenos días mis amores!
Poco después apareció Gael, caminaba despacio, pero al ver a Nathaly, su expresión cambió por completo. Ella le sonrió con la misma calidez del día anterior y le dijo:
NATHALY: ¡Buenos días, mi amor! ¿Cómo estás?
Gael levantó la mirada, sus ojos, que casi siempre reflejaban tristeza, se iluminaron de inmediato. Una sonrisa sincera apareció en su rostro.
GAEL: Buenos días... profesora. estoy bien
Nathaly notó el cambio al instante, no era solo una sonrisa, era la forma en que el niño reaccionaba al recibir una simple muestra de afecto. Aquellas palabras parecían llenar un vacío que llevaba mucho tiempo dentro de él.
Mientras Gael entraba al salón, Nathaly comprendió lo que estaba ocurriendo; no era un niño caprichoso ni malcriado, era un pequeño con una enorme necesidad de afecto. Sin embargo, también recordó las advertencias de la directora. Debía mantener una relación profesional con sus estudiantes y respetar los límites establecidos por la institución.
Aun así, hizo una promesa en silencio, sin romper ninguna norma, procuraría que Gael, y cada uno de sus alumnos, encontraran en el aula un lugar donde fueran escuchados, respetados y tratados con cariño. Porque, para Nathaly, un niño que se siente valorado también aprende a creer en sí mismo.
Con el paso de los días, Nathaly entendía mejor la situación de Gael, una mañana durante la clase de arte, ella se acercó a su mesa. Gael estaba dibujando una casa grande con un jardín y una familia tomada de las manos.
NATHALY: Es un dibujo muy bonito
Ella lo dijo sonriendo, pero Gael bajó la mirada y dijo.
GAEL: Ojalá mi familia fuera así.
Aquellas palabras sorprendieron a Nathaly, Gael para sus cinco años sabia mucho, vivía en una enorme mansión y tenía todo lo que muchos soñaban, pero no lo que el quería.
Gael comenzó a confiar en ella, le contó que su madre había fallecido cuando él era muy pequeño y que su padre era un empresario tan ocupado que apenas pasaba tiempo con él.
Sin darse cuenta, ella empezó a convertirse en una de las personas más importantes en la vida del pequeño, mientras Gael encontraba en su maestra el cariño y la atención que tanto necesitaba.