La vida de Elif se vio trágica cuando el hombre más poderoso del pueblo la obligó a contraer matrimonio. Pero resultaba que era un hombre que cuatriplicaba en edad, por lo que en la consumación, murió de un infarto, quedando ella como heredera de toda esa fortuna.
Elif creyó que todo terminaba ahí, no obstante, aparecieron los familiares de aquel hombre, y la obligaron a contraer matrimonio con el nieto de su difunto esposo, un joven de 23 años, que la odiaba y despreciaba con cada segundo de su vida, por haberse quedado con todo lo que les pertenecía.
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19
Estando fuera, mientras esperaba el taxi, Emir preguntó:
—¿Puedes darme tu número?
Continuó de brazos cruzados. Los soltó cuando vio un taxi y le hizo seña para que se detuviera.
—¿Vas a irte sin darme tu contacto y dirección? —inquirió sonriente.
—Soy casada. No puedo dar mi número.
Aquello tomó por sorpresa a Emir, ya que se veía tan joven como para estar casada.
—Solo lo dices para que no te moleste, ¿verdad?
—Es cierto —dijo antes de ingresar al taxi—. Gracias por la ayuda.
Pero no iba a darle su contacto, aun cuando su matrimonio era solo un papel.
Elif recibió una llamada de Melisa y, antes de llegar a Nayón, se detuvo en una cafetería donde se encontraba su amiga.
Se quedó toda la tarde hablando con ella. Aunque la mujer le parecía de confianza, no se atrevía a contarle lo sucedido, pues le daba vergüenza que todos supieran que Burak la había hecho suya. Tampoco estaba convencida de que fuera un abuso, ya que ella no puso resistencia a pesar de que no quería. Cuando la noche cayó se dirigió a su casa.
En lo alto de la mansión, tras las grandes ventanas de cristal, el alto hombre la contemplaba bajar del taxi. Giró un poco el rostro y posó la mirada en el reloj.
Al momento en que Elif abrió la puerta, se puso rígida con la presencia del hombre que descendía la escalera. Las plantas de sus pies picaron por correr, pero sus piernas parecían estar cargadas de plomo y no pudo moverlas.
Parado frente a ella, Burak bajó la mirada al pecho de Elif, comprobando así que la blusa que vestía cuando estaba en la universidad no era la misma que vestía ahora.
Cuando levantó la mirada y la clavó en los ojos de Elif, esta dejó rodar la saliva.
—Mantente lejos de Emir Karahan —dijo con calma—. Por tu bien, aléjate de él.
Solo dijo eso y se fue. Elif lo tomó como una amenaza. Respiró aliviada cuando lo vio irse. Por un momento pensó que le recriminaría haber tomado la misma hora de clases, sobre todo la hora en que llegó. Pero, ¿por qué le molestaría que ella llegara tarde si a ese hombre no le importaba lo que sucediera con ella? Peor aún, ¿por qué le recriminaría la coincidencia en esa clase si ella no sabía el horario ni las materias que él tomaba?
Pensando en todo eso subió a su habitación, sacó los libros y empezó a realizar las tareas. Se concentró tanto en resolver sus deberes que el tiempo se le fue de prisa. Cuando se dio cuenta ya era casi medianoche, y sus tripas rugieron del hambre.
Ninguna empleada había ido a preguntar si quería cenar. Las nuevas empleadas no eran como las anteriores, que estaban pendientes de ella y de cada cosa. Esperaba que el día de mañana Mert enviara a la señora Juana para así tener a alguien que la acompañara mientras estaba en casa, y a Wilson para que cuidara de ellas dos.
Tras dejar todo ordenado salió de la habitación y bajó a la cocina para comer algo. Se encontró con esta limpia: no habían dejado nada, todo estaba ordenado, ni siquiera había algo sobrado en el refrigerador.
La joven mordió su labio y agarró un par de frutas. Se proponía a subir cuando escuchó la voz de su esposo proveniente del bar.
Sus piernas temblaron al saber que estaba bebiendo y que probablemente nuevamente se metería a su habitación.