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Fuera De Juego Y Negocios

Fuera De Juego Y Negocios

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Romance / CEO
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Esme libros

Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.

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Capítulo 20

​La marea mediática que la declaración de Aksel provocó en televisión no se disipó con la noche; al contrario, para el martes por la mañana se había transformado en una marejada ejecutiva dentro de Mega-Market Prime. Si el lunes los pasillos del sótano olían a burla disimulada y susurros a mis espaldas, para las diez de la mañana la atmósfera en los pisos superiores era de pura paranoia corporativa. Los teléfonos del conmutador central no dejaban de sonar, el departamento de Relaciones Públicas corría de un lado a otro intentando controlar los titulares de la prensa deportiva y financiera, y las menciones en redes sociales sobre la empresa alcanzaban picos históricos.

​Sin embargo, la pequeña burbuja de alivio que sentí al saber que Aksel había dado la cara por mí con semejante contundencia duró muy poco.

​Estaba frente al monitor de mi laboratorio, analizando los primeros gráficos de elasticidad y resistencia del hilo de cáñamo procesado por la maquinaria alemana que él había financiado, cuando la puerta de cristal se abrió. No era Aksel, ni tampoco uno de los técnicos del equipo de mantenimiento. Era la secretaria ejecutiva del comité directivo, sosteniendo una carpeta rígida de piel negra contra el pecho y luciendo una expresión de helada severidad.

​—Ingeniera Elena —dijo con un tono monótono y desprovisto de calidez—. Se le requiere de carácter urgente en la sala de juntas del último piso.

​Sentí un vuelco frío e incómodo en la boca del estómago. Guardé el archivo de los análisis técnicos en el servidor antes de responder.

​—¿De qué se trata, Beatriz? —pregunté, tratando de mantener la voz firme mientras me ponía de pie.

​—El señor Marcus y el comité de ética y finanzas han convocado a una junta extraordinaria de evaluación —contestó sin pestañear—. La están esperando. Tiene cinco minutos.

​Inhalé aire despacio, buscando llenar mis pulmones con la serenidad que me transmitía la luz blanca y moderna de mi nuevo espacio de trabajo. Me quité la bata blanca de ingeniería, alineé las solapas de mi saco oscuro frente al espejo del sanitario y tomé mi tableta con los informes de rendimiento. Sabía perfectamente a lo que me enfrentaba. La declaración pública de Aksel en televisión nacional había herido el orgullo de la vieja guardia de la empresa. Marcus no iba a quedarse de brazos cruzados viendo cómo su poder se desmoronaba; utilizaría cada recoveco de la burocracia corporativa para intentar destruir mi reputación antes de que el proyecto viera la luz.

​Mientras el elevador privado ascendía silenciosamente hacia el piso ejecutivo, me miré las manos. Me temblaban ligeramente, pero la voz de Aksel resonaba en mi memoria con una claridad absoluta: «Ninguno de ellos sabe lo que vales ni lo que has trabajado en este sótano».

​Cuando las puertas del elevador se abrieron, el contraste con mi laboratorio fue abrumador. La sala de juntas principal era un espacio colosal de paredes de cristal templado que ofrecían una vista panorámica de los rascacielos de la ciudad. Una mesa de caoba pulida de diez metros de largo dominaba el centro de la habitación, bajo una iluminación fría que acentuaba los rostros sombríos de los asistentes.

​Alrededor de la mesa estaban sentados ocho hombres y dos mujeres: los directores de finanzas, legal, recursos humanos y el comité de ética. Todos ellos personas mayores, vestidas con trajes oscuros de corte impecable, cuyas miradas cargadas de un prejuicio evidente se clavaron en mí en cuanto crucé el umbral.

​En la cabecera, luciendo una sonrisa de satisfacción mal disimulada, se encontraba Marcus.

​—Tome asiento, señorita Elena —indicó el presidente del comité de ética, un hombre de cabello canoso y arrugas marcadas por la severidad, señalando una silla solitaria situada en el extremo opuesto de la mesa. La distancia era calculada; querían que me sintiera aislada, procesada y pequeña.

​Me senté manteniendo la espalda recta, colocando la tableta sobre la madera lustrada.

​—Hemos convocado esta reunión de emergencia —comenzó Marcus, poniéndose de pie con lentitud y abriéndose el saco con gesto teatral— debido a la gravedad de los acontecimientos de las últimas cuarenta y ocho horas. La exposición mediática desmedida a la que Mega-Market Prime ha sido sometida tras las declaraciones del inversionista Aksel Larsson es sencillamente inaceptable para los estándares de esta corporación.

​Marcus caminó alrededor de la mesa y arrojó sobre el centro del tablero una serie de carpetas con impresiones a color: fotografías de los tabloides, capturas de pantalla de portales de noticias y la imagen congelada de Aksel frente a los micrófonos durante la rueda de prensa.

​—Lo que estamos atestiguando aquí no es solo una falta grave de profesionalismo —continuó Marcus, alzando la voz para que retumbara en el recinto—, sino un conflicto de intereses flagrante. La ingeniera Elena ha utilizado su vínculo personal con un socio mayoritario para saltarse los conductos regulares, asegurar un presupuesto desproporcionado para el área de empaques y convertir un espacio operativo en su laboratorio personal.

​—Eso es una difamación, Marcus —intervine, manteniendo un tono pausado pero firme a pesar del nudo que amenazaba con cerrarme la garganta—. El presupuesto del taller fue aprobado con base en los parámetros de sustentabilidad que la empresa firmó el año pasado. Cada recurso asignado a la fibra de cáñamo tiene un respaldo técnico y un reporte de viabilidad económica.

​—¡Silencio! —interrumpió el presidente del comité de ética, golpeando la mesa con la palma de la mano—. A usted no se le ha concedido el uso de la palabra, señorita. Lo que este comité está evaluando no son sus ecuaciones, sino el impacto moral y la reputación de la firma. La prensa internacional está asociando el nombre de Mega-Market con favoritismos de pasillo y escándalos románticos.

​—Efectivamente —añadió el director financiero, ajustándose los anteojos con desprecio—. La imagen institucional se ha visto comprometida. Se murmura en los pasillos que cualquier empleado puede obtener recursos millonarios si logra la atención de un inversionista de alto perfil. No podemos permitir semejante precedente.

​Marcus sonrió con suficiencia, apoyando las manos sobre el respaldo de su silla.

​—Por esa razón —declaró Marcus, mirando fijamente a los miembros de la junta—, como director del departamento de desarrollo y jefe directo de la señorita, solicito formalmente la suspensión inmediata del proyecto de fibra sustentable, la cancelación del piloto comercial en tiendas y la rescisión del contrato de la ingeniera por faltas éticas y violación al código de conducta.

​Un murmullo de aprobación recorrió la mesa. Los directores intercambiaron miradas de asentimiento mientras hojeaban los documentos que Marcus les había preparado minuciosamente. Para ellos, yo no era una ingeniera textil con mención de honor ni la creadora de un empaque revolucionario; era una asociada de piso que había osado volar demasiado alto, una distracción mediática que debía ser eliminada para devolver la "tranquilidad" a la empresa.

​Sentí una punzada de impotencia recorrer mi pecho. Años de investigación, noches sin dormir midiendo resistencias de materiales, el esfuerzo invertido desde mis años universitarios... todo estaba a punto de ser tirado a la basura por un grupo de ejecutivos que jamás habían pisado el sótano para ver cómo funcionaba una prensa hidráulica.

​—Tienen sobre la mesa los informes de laboratorio —dije, poniéndome de pie y apoyando las palmas de las manos sobre la caoba, negándome a quedarme callada ante la injusticia—. Si leyeran los datos en lugar de alimentarse del morbo de los periódicos, sabrían que el hilo biodegradable redujo un cuarenta por ciento los costos de producción en las pruebas cerradas. Mi trabajo habla por sí solo. Mi vida privada no ha afectado un solo gramo de la calidad del producto.

​—Su vida privada ya es un asunto público, señorita —sentenció el presidente de ética con voz de hielo—. Y esta junta no va a arriesgar la estabilidad del corporativo por los caprichos de una ingeniera junior.

​Marcus soltó una pequeña risa burlona y se acomodó en su asiento, saboreando lo que parecía su victoria definitiva. Los directores tomaron sus estilográficas para firmar el acta de suspensión y dar inicio a la votación formal para mi despido.

​En ese preciso instante, cuando el pánico amenazaba con quebrarme la postura, un sonido seco y contundente retumbó en todo el piso ejecutivo.

​Las dos pesadas puertas de madera de la sala de juntas se abrieron de par en par. El eco del golpe enmudeció la sala de inmediato. Los directores detuvieron sus plumas en el aire y la sonrisa de Marcus se extinguió al instante.

​En el marco de la puerta, vistiendo aún la ropa oficial de entrenamiento del club —la sudadera deportiva con el escudo en el pecho y el pantalón de utilería que delataban que venía directo del campo de juego—, estaba Aksel. Traía la respiración ligeramente agitada y una mirada fría que denotaba una furia contenida. Su presencia imponente en atuendo deportivo contrastaba brutalmente con los trajes caros de los directores. Detrás de él, dos asistentes legales con maletines de piel intentaban seguirle el paso. La tormenta finalmente había subido al último piso.

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