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90 Minutos Para Volver A Tí

90 Minutos Para Volver A Tí

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.

NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El vuelo que no llegó

CAPÍTULO 8 — Hugo:

Hay noticias que uno escucha y que el cuerpo se niega a procesar, como si entre el oído y el corazón existiera una distancia demasiado grande para que la información viaje completa.

—El avión de Miami... el que traía a las familias —empezó Bruno, con el teléfono todavía temblándole en la mano, la pantalla iluminando su cara pálida en la penumbra de mi habitación de hotel—. Hugo, perdió contacto con la torre hace cuarenta minutos. Cayó cerca de la costa. Los servicios de rescate están en la zona pero...

No escuché el final de la frase. O tal vez sí lo escuché, pero mi cuerpo decidió, en algún acto de protección desesperada, no dejarlo entrar del todo.

—No —fue lo único que pude decir, retrocediendo hasta chocar con el borde de la cama—. No, no, Delfina y Emilia no iban en ese vuelo. Iban en el vuelo de las familias, el que organizó la Federación, no en...

—Era ese vuelo, Hugo —dijo Bruno, con los ojos llenos de lágrimas, acercándose a sostenerme por los hombros como si supiera que en cualquier momento mis piernas iban a dejar de responder—. Era el mismo avión.

El resto de esa noche existe en mi memoria como fragmentos sueltos, como si alguien hubiera cortado la película de mi vida en pedazos y los hubiera pegado sin ningún orden. Recuerdo llamar al número de Delfina una y otra vez, escuchando el tono de espera hasta que finalmente entraba el buzón de voz con su risa grabada diciendo que en ese momento no podía atender. Recuerdo al presidente de la Federación entrando a mi habitación con la cara descompuesta, acompañado de dos médicos del cuerpo técnico. Recuerdo un vaso de agua que alguien me puso en la mano y que nunca llegué a tomar.

Recuerdo, sobre todo, la palabra que nadie quería decir en voz alta, esa palabra que finalmente pronunció el director deportivo de la Selección casi a las cuatro de la madrugada, con la voz quebrada, después de que los equipos de rescate confirmaran lo que todos, en el fondo, ya sabíamos desde el primer minuto.

No hubo sobrevivientes.

Delfina, mi esposa, la madre de mi hija, la mujer con la que había construido una vida que el mundo entero admiraba desde afuera sin saber jamás lo que realmente había detrás de esa perfección. Y Emilia. Mi Emilia. Dos años. Rulos rubios. La niña que dos días antes me había prometido, con toda la seguridad del mundo, que yo iba a ser campeón, y que me iba a dar un beso cada vez que hiciera un gol.

Las dos personas que sostenían mi vida entera, las dos personas por las que corría hacia la tribuna después de cada festejo, ya no estaban. Se habían ido en un vuelo que nunca debió estrellarse, en un cielo despejado, sin ninguna explicación clara todavía, apenas unas horas después de que yo llorara en un campo de fútbol por perder una final que ahora, comparada con esto, me parecía la tragedia más insignificante del universo.

No recuerdo bien cómo pasé los días siguientes. Recuerdo el funeral, con miles de personas afuera de la iglesia, con cámaras de televisión de medio mundo esperando alguna imagen, alguna declaración, algo que alimentara la noticia que ya recorría cada rincón del planeta: "Tragedia en el fútbol mundial: la familia del ídolo de la Selección muere en un accidente aéreo horas después de la final del Mundial". Recuerdo a Bruno sin soltarme un solo minuto, durmiendo en el sillón de mi casa durante semanas porque no confiaba en dejarme solo. Recuerdo, sobre todo, un vacío tan profundo que ni siquiera el fútbol, lo único que había amado con la misma intensidad desde niño, lograba llenar.

El país entero me acompañó en el duelo, de una manera que todavía hoy me cuesta procesar. Recibí cartas, mensajes, homenajes de clubes rivales, minutos de silencio en estadios de medio mundo. Pero nada de eso llenaba el espacio que Delfina y Emilia habían dejado en mi casa, en mi cama, en cada rincón silencioso donde antes había risas.

Fue en esas semanas de dolor absoluto, revisando entre lágrimas las cosas de Emilia porque no encontraba la fuerza para guardarlas todavía, que encontré, en el fondo de un cajón de su cuarto, una pequeña caja de música que yo no recordaba haberle regalado nunca. La abrí sin pensar demasiado, esperando encontrar alguna melodía infantil.

En cambio, encontré una fotografía vieja, algo doblada, escondida entre el forro de terciopelo del fondo. Una fotografía que evidentemente no era mía, que jamás había visto antes, y que mostraba, con una nitidez que me heló la sangre, el rostro de una chica joven, de unos dieciocho años, con el maquillaje corrido y los ojos vidriosos, siendo sostenida por alguien fuera de cuadro.

No tenía idea de por qué esa fotografía estaba escondida ahí, ni de cómo había llegado a las cosas de mi hija. Pero al darla vuelta, encontré una fecha escrita a mano, con una letra que no era la mía ni la de Delfina.

Era la fecha exacta de aquella noche de discoteca, cuatro años atrás.

Y en ese instante, en medio del duelo más profundo de mi vida, empecé a entender que el destino, con toda su crueldad y toda su ironía, apenas estaba empezando a mostrarme la verdad completa de lo que había pasado esa noche que llevaba cuatro años atormentándome en sueños.

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