Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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Recuerdos de un dios que no teme
La bruma se disipó y las puertas de obsidiana se cerraron tras ellos, dejándolos solos en la inmensa calma del palacio. Pero Hades no miraba las flores ni las sombras. Miraba hacia el vacío, con la mente puesta en aquel día, en el momento exacto en que había decidido subir al Olimpo, algo que casi nunca hacía. Su expresión se había vuelto sombría, y sus manos, descansando sobre sus rodillas, se cerraron en puños lentamente, como si aún recordaran la tensión de aquel instante.
—¿Sabes por qué estaba allí? —preguntó de pronto, su voz grave y baja, rompiendo el silencio—. No fue casualidad. No fui por azar. Sentí el golpe. Sentí tu dolor atravesar los mundos, como si la tierra misma me gritara que una de sus hijas estaba siendo destruida. Y supe, en cuanto supe que era él quien te lastimaba, que si no iba, te mataría. No conozco límites cuando la furia lo ciega. Ni él los conoce.
Perséfone lo miró, sorprendida por la intensidad de sus palabras, y él continuó, sin apartar la vista del horizonte oscuro de su reino:
—Conozco su carácter. Lo conozco mejor que nadie. He visto cómo pierde el control, cómo la ira lo cegaba hasta el punto de olvidar que somos dioses, que la vida es sagrada. Ya antes había intervenido en otras ocasiones, cuando su furia amenazaba con destruir a cualquiera que estuviera cerca. Una vez, mató a un semidiós por una ofensa trivial, y todos callaron. Otra vez, incendió un bosque entero porque no le gustó la sombra que proyectaba. Ni Zeus se atrevía a detenerlo. Nadie lo hacía. Todos bajaban la cabeza, esperando que pasara, que se le pasara. Pero yo… yo no tengo miedo de él. Yo no le debo nada. Y él lo sabe.
Una sombra de una sonrisa fría, antigua y peligrosa, apareció en sus labios al recordar algo lejano, algo que pocos se atrevían a mencionar.
—Hace siglos, ocurrió algo que pocos recuerdan. Apolo, cegado por su propio brillo, creyó que su luz podía conmigo. Creyó que era más fuerte, más poderoso, más digno de respeto que el dios de la muerte. Y me enfrentó. Aquí mismo, en la entrada de mi reino. Gritó que yo no era nada, que la oscuridad desaparecía ante su sol, que debía cederle paso y postrarme ante su brillo. Sus rayos quemaron la tierra negra a mis pies, creyendo que así me doblegaría.
Hades hizo una pausa, y en sus ojos brilló el recuerdo de aquella batalla, el choque de dos fuerzas que no deberían haberse medido.
—Lo enfrenté sin dudarlo. No levanté la voz. No necesité gritar. Cuando él lanzó su ataque más feroz, yo lo detuve con una sola mano, como si fuera una pluma. En el instante en que mis manos rodearon su cuello, vi el miedo en sus ojos. El verdadero miedo, el que nunca admite ante nadie. Casi muere aquel día. Casi lo arrastro conmigo a las profundidades para siempre, para que aprendiera a respetar lo que no puede iluminar. Y justo antes de terminarlo, lo solté. Me eché a reír, una risa que heló la sangre de todos los que miraban desde la orilla, y le dije: Debes conocer tu lugar, sol brillante. La luz nace de la oscuridad, y a ella vuelve. No olvides quién soy. Desde ese día, nunca más me miró a los ojos de frente. Sabía. Sabía que yo era más fuerte. Sabía que su brillo era solo una capa delgada sobre la nada.
Guardó silencio un momento, y su expresión se endureció aún más, volviéndose sombría y pensativa, como si un hilo sospechoso se hubiera tejido en su mente desde entonces.
—Y desde entonces… desde aquel día, empecé a notarlo. Su salud empezó a quebrarse. Una dolencia extraña, una tos profunda que no se iba, un dolor que lo debilitaba poco a poco, sin que nadie supiera de dónde venía. Los sanadores del Olimpo no encontraban causa. Las hierbas no servían. Las plegarias no eran escuchadas. Y yo… yo empecé a sospechar. Algo, o alguien, lo estaba consumiendo. No era enfermedad natural. Era demasiado perfecto, demasiado conveniente. Mi mente fue directa a quien más tenía que ganar: a él mismo, o a su madre, Leto. Quizás aquella derrota lo humilló tanto que buscaron una forma de debilitarme a mí a través de él, o de envenenarlo lentamente para quitarle poder y culparme a mí. O quizás… quizás fue su propia maldad acumulada envenenándolo desde dentro, comiéndolo desde el alma. No lo sé aún. Pero lo averiguaré. Tengo toda la eternidad para investigar cada rincón, cada pacto, cada receta olvidada.
Giró la cabeza lentamente y miró a Perséfone, con una determinación feroz y una promesa grabada en la mirada, profunda y absoluta.
—Y si descubro que tuvieron algo que ver con esa enfermedad, con todo lo que sufrió, y sobre todo… con todo lo que te hicieron sufrir a ti… entonces cobraré. Y cobraré con intereses que les harán desear nunca haber nacido. Que tengan paciencia. Yo tengo toda la eternidad para esperar. Pero cuando llegue el momento… ellos sabrán lo que es temblar de verdad. Sabrán lo que es estar a merced de alguien que no tiene prisa, pero que nunca olvida.