En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
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CAPÍTULO 7: Nuestras reglas, nuestro mundo
Con el paso de los meses, nuestra vida fue tomando una forma propia, con sus propias costumbres y sus propios acuerdos.
No necesitábamos que nadie nos dijera cómo organizarnos; poco a poco fuimos construyendo nuestras reglas, sencillas pero claras, y con ellas hicimos de esa casa en Maipú un refugio donde solo entraba lo que nos hacía bien.
A veces pienso que esa tranquilidad era tan grande que casi parecía un sueño, pero cada detalle, cada gesto, cada palabra que nos decíamos era completamente real.
Nos levantábamos siempre a la misma hora, sin necesidad de que nadie nos despertara.
Nicole se movía con suavidad, abría las cortinas para que entrara la luz del sol y preparaba el desayuno con esa calma que la caracterizaba.
Me gustaba verla allí, en medio de la cocina amplia y bien equipada: su cabello rubio recogido con un lazo rosa, su delantal limpio, y moviéndose entre los muebles como si todo hubiera sido diseñado solo para ella.
Cuando me sentaba a la mesa, ya estaba todo listo: café o leche caliente, pan fresco, mermeladas y frutas cortadas con cuidado.
Mientras comíamos, repasábamos lo que haríamos durante el día, sin prisas ni agobios.
En el colegio, seguíamos siendo los mismos: aplicados, respetuosos y siempre juntos.
Nos habíamos ganado la confianza de los profesores y el respeto de nuestros compañeros.
Si alguien tenía algún problema o necesitaba ayuda, muchas veces acudían a nosotros, porque sabían que éramos discretos y leales.
Pero nosotros manteníamos cierta distancia, no por arrogancia, sino porque nuestro mundo era lo suficientemente grande para nosotros dos y no necesitábamos más para ser felices.
Al salir de clases, regresábamos a casa, y al cruzar su puerta sentíamos que entrabamos en un lugar donde nadie podía molestarnos ni juzgarnos.
Una de las costumbres que más nos gustaba era la de las tardes de lectura y música.
Después de terminar las tareas, encendíamos el equipo de sonido que teníamos en la sala y poníamos las melodías que nos gustaban, suaves y tranquilas.
Nicole se sentaba en el sofá, rodeada de almohadas de color rosa, y abría sus libros de poesía o de historias que le hacían soñar.
Yo me sentaba en el sillón más amplio, con sus detalles en negro, y leía novelas o revistas de historia y geografía, temas que siempre me habían interesado.
A veces, en medio del silencio, levantaba la vista y la encontraba mirándome; nos sonreíamos y no hacía falta decir nada para saber que estábamos en el mismo lugar.
También nos gustaba cuidar el jardín que rodeaba la casa.
Tenía rosales, arbustos verdes y algunas plantas que nos habían regalado nuestras familias.
Nicole se encargaba de las flores más delicadas, las regaba, les quitaba las hojas secas y las cuidaba con tanta dedicación como si fueran parte de nuestra propia familia.
Yo, por mi parte, me ocupaba de podar los árboles, arreglar las cercas y mantener todo en orden.
Trabajábamos uno al lado del otro, charlando de cualquier cosa, y al terminar nos sentábamos en el banco de madera para descansar y ver cómo se ponía el sol detrás de la cordillera.
El cielo se teñía de tonos naranjas y rosados, y ella decía que ese era el color más bonito que existía, mientras yo pensaba que nada se comparaba con el brillo de sus ojos verdes en esa luz.
Las cenas eran momentos especiales. No eran comidas rápidas, sino ratos para compartir con calma.
A veces venían nuestros padres, otras veces estábamos solos, pero siempre había un ambiente de paz.
Después de cenar, nos quedábamos un rato más en el comedor, conversando o mirando por la ventana cómo se encendían las luces del barrio.
Y cuando llegaba la noche, nos preparábamos para descansar, y siempre terminábamos en ese baño con jacuzzi que nos había acompañado desde el principio.
Allí, entre el calor del agua y la tranquilidad de la casa, nos decíamos lo mucho que nos queríamos y nos prometimos que, pasara lo que pasara, siempre estaríamos del mismo lado.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que vivíamos en una burbuja muy hermosa, pero también muy frágil.
Todo lo que teníamos parecía sólido: la casa, el dinero, el apoyo de todos, el amor que nos profesamos.
Pero no sabíamos que la envidia y la mentira no necesitan de grandes puertas para entrar; se cuelan por los rincones más pequeños, aprovechando cualquier descuido.
Por ahora, sin embargo, seguíamos disfrutando de cada instante, creyendo que esa felicidad nos pertenecería para siempre, sin sospechar que ya se estaban preparando las palabras que intentarían romperlo todo.